La Odisea de Chirstopher Nolan (2026) es sin duda el estreno más grande del año, un proyecto lleno a rebosar de estrellas lideradas por Matt Damon interpretando a Odiseo, y tiene a sus mandos a uno de los mejores y más exitosos directores del siglo XXI.

Todo ello se combina para contarnos una adaptación del poema épico de La Odisea de Homero, obra clave de la cultura occidental, base estructural de la mayoría de las historias contadas en siglos posteriores.

Sin embargo, como sucede con todo proyecto, existen puntos positivos y también puntos negativos, más o menos graves en función de cómo influyen en el conjunto.
Es por eso que en esta serie de artículos vamos a analizar en profundidad los diversos aspectos que conforman una película, dividiéndolos en dos ámbitos: lo técnico-artístico y lo narrativo.

Para ello, en el primer artículo (enlace aquí) nos centramos en la dirección, la fotografía, el reparto escogido (aunque no sus interpretaciones, ya que influyen en lo narrativo) y la banda sonora.

En cambio, en este segundo, hablaremos de los aspectos narrativos analizando el guion y sus aciertos y fallos como adaptación; del diseño de producción, vestuario, maquillaje y efectos; y de las interpretaciones que hacen cada uno de los actores y actrices de sus respectivos personajes.
Esperamos que así todos puedan disfrutar de un análisis profundo y claro de esta superproducción que es La Odisea de Christopher Nolan.
PRIMEROS PUNTOS A CONSIDERAR
En este artículo vamos a intentar desgranar qué hace de esta adaptación buena o mala desde varios prismas:
Como película en sí misma, donde se tendrá que ver qué hace bien o mal en los aspectos esenciales para que una película funcione.

Como película épica que busca seguir la tradición de otras grandes películas épicas como Ben-Hur (Dir. William Wyler, 1959) o Lawrence de Arabia (Dir. David Lean, 1962).
Y también como adaptación de La Odisea en comparación con otros intentos previos entre los que destaca la Ulises de 1954 con Kirk Douglas como protagonista, producida en Italia con distribución de Paramount Pictures y dirigida por Mario Camerini con un reparto mayoritariamente italiano (y que por comparar, aún ajustándose la inflación, tuvo un presupuesto equivalente a unos 6 millones de dólares de hoy por los 250 millones que ha costado la de Nolan).

LA ADAPTACIÓN
La Odisea de Christopher Nolan, como todos sabemos, no es una historia original (o al menos no debería serlo) ya que adapta el poema épico de Homero que se escribió en el siglo VIII o VII a.C. y que es una de las obras esenciales de la cultura occidental.
Por poner brevemente en contexto al lector, La Odisea es un poema épico y, por tanto, se compone de cantos. En este caso, son 24 cantos en los que, en un tipo de verso que se puede llamar homérico (el hexámetro dactílico), se cuenta la historia de Odiseo (también conocido como Ulises en Latín y en ciertas traducciones, además de en la película de 1954) en su camino por el Mediterráneo donde se encuentra diversos pueblos, criaturas mitológicas y mágicas, y deidades del panteón griego.

Hasta aquí la lección sobre la estructura del poema en sí y centrémonos en el protagonista, su arco evolutivo, su historia y su viaje.
El protagonista, Odiseo, aquí interpretado por Matt Damon, es en el poema un personaje orgulloso, hasta cierto punto vanidoso y excesivamente confiado en sí mismo, algo prepotente y gamberro y a quien podría describirse como impetuoso. Además de lo anterior, su principal cualidad es su ingenio e inteligencia, al mismo tiempo una bendición por ser capaz de sacarle de muchos apuros, pero también una maldición que le hace cometer errores por soberbia y arrogancia (la hybris en griego). También hay que añadir que Odiseo es bastante mujeriego y que esto se ve reflejado en su viaje pues, aunque Penélope es su igual y la pareja perfecta para él, esto no impide que cada mujer atractiva que se cruce en su camino acabe siendo objeto de sus amoríos y relaciones sexuales, desde Circe y Calypso hasta Nausicaa.

Sin embargo, en el guion que nos presenta Christopher Nolan, Odiseo no posee prácticamente ninguna de esas cualidades.
Si me apuras, quizá esa inteligencia e ingenio estén presentes pero en ningún momento se presentan como una baza que le supone una enorme ventaja frente al resto (hasta el punto de que el Eumeo de John Leguizamo puede llegar a parecer el más inteligente de los personajes).

E incluso añadiría que esa inteligencia del Odiseo de Nolan no sólo no tiene apenas impacto en la trama, sino que tampoco se muestra visualmente (algo que sí hizo en Oppenheimer en 2023 al situarnos dentro de la cabeza del protagonista en varias ocasiones), ni es motivo para un castigo ni causa ninguno de los errores que él mismo se puede achacar en el viaje.

Y eso nos lleva al viaje de Odiseo y lo que el viaje supone para él pues, en el texto original, la idea es que Odiseo evoluciona, cambia y aprende gracias a lo que le ocurre en el viaje.
Esto es uno de los elementos clave que, gracias a textos fundacionales como La Ilíada y La Odisea, aún sigue presente en las historias que nos inventamos hoy.
Ese arco evolutivo, ese cambio que se obra en el personaje ocurre en todas las grandes historias en mayor o menor medida y se suele construir en base a lo que Aristóteles llamaba hamartia (algo así como defecto fatídico) el rasgo más problemático del personaje.
Ya sea tras un viaje lleno de peligros como el del personaje de Ryan Gosling en Proyecto Salvación (Dir. Phil Lord & Chris Miller, 2026), o en uno en el que el peligro físico es mínimo como en cualquier obra de Jane Austen.
Ya sea en una historia con un gran arco evolutivo en las opiniones y creencias del personaje, como puede ser la Oppenheimer del propio Nolan, o con una mínima evolución como la que sufre Indiana Jones en En busca del Arca Perdida (Dir. Steven Spielberg, 1981) quien pasa de creer al principio que los artefactos históricos no tienen nada de magia a ser plenamente consciente del poder de la misma aún antes de que se abra.
Lo cierto es que las mejores historias de siempre, en mayor o menor medida, beben de los clásicos homéricos y que ese arco de Odiseo es esencial para el personaje.
Pero en La Odisea de Christopher Nolan este arco es inexistente pues su Odiseo ya ha aprendido la lección y ya es consciente de sus errores, sus pecados y sus debilidades desde el mismo momento en que ve cómo los griegos saquean Troya gracias a su ingeniosa idea del caballo, y es, por tanto, un personaje amargado, decepcionado y triste.

Así, lo que tenemos en el viaje no es un castigo de los dioses, pues no le queda nada que aprender por el camino y, en cambio, su regreso a casa se convierte en una tortura que le infligen los dioses sin objetivo alguno en lugar de un viaje del que debe aprender antes de volver a Ítaca como un rey más sabio, humilde y consciente.

Esto me lleva al viaje y lo que debería haber sido su recorrido.
Todos los que hemos oído hablar de La Odisea, aunque sea de pasada, tenemos alguna idea de ciertos elementos que caracterizan su historia. Desde el cíclope a las sirenas, casi todos somos conscientes de que los elementos icónicos que la mayoría conoce del texto original son los mitológicos.
Y esto no es casualidad pues, si bien es cierto que tanto La Ilíada como La Odisea tienen deidades de por medio, La Odisea es sin lugar a dudas la que está estrechamente vinculada con la mitología, la magia y las deidades griegas.
Por tanto, estamos ante una historia que, si la tenemos que ubicar en algún género, es en la «fantasía».
Pero sorprende que su director es alguien que se aleja de todo lo fantástico desde el principio. En El Truco Final (2007), Nolan expone toda la magia de la prestidigitación rodeándola de todas las explicaciones científicas que puede. Su trilogía de Batman (2005-2011) es habitualmente descrita con la palabra “realista”.
Sabiendo esto, de primeras, uno no esperaría un relato de fantasía que viniera de Christopher Nolan. Y, por desgracia, como adaptación de La Odisea, esto se nota y mucho.
Por un lado, Nolan añade episodios muy detallados (con una duración aproximada de veinte o veinticinco minutos de los 165 totales) que realmente pertenecen a La Ilíada y no a La Odisea, consiguiendo así reducir los minutos de metraje del viaje de Odiseo y, con ello, reducir los encuentros mitológicos y líos amorosos de Odiseo.

Por otro lado, su otro mecanismo para evitar lo fantástico lo máximo posible es añadir los cuatro cantos con Telémaco (Tom Holland) de protagonista (también conocidos como la Telemaquía), los cuales son también menos mitológicos que la mayoría de los veinte cantos restantes y que, de hecho, en la mayoría de los casos, suelen ser los primeros que se descartan o se resumen mucho para reducirlos al máximo. Pero aquí a Nolan le sirven para añadir otros veinte minutos aproximados de metraje que reduzcan aún más el espacio para el viaje en el metraje total.

Así las cosas, de dos horas cuarenta y cinco minutos de duración, apenas quedan dos horas aproximadas para todo el viaje de Odiseo, así como para el bloque final cuando llega a Ítaca y resuelve la situación con los pretendientes que aspiran a casarse con su mujer y arrebatarle el trono.
Pero eso no es todo, sino que más grave es cómo Nolan adapta las distintas situaciones del viaje de Odiseo y también cuáles excluye.
Empezando por lo icónico, el episodio más destacado y conocido es el de la isla del cíclope llamado Polifemo, que en el texto original habla con Odiseo para acabar no sólo derrotado, sino arrastrado a una burla en la que Odiseo hace uso de su ingenio y que el protagonista lleva hasta el extremo.


Este episodio queda muy bien reflejado en la Ulises de Kirk Douglas, película en la que, con muy pocos recursos en comparación con la de Christopher Nolan, consiguen imágenes verdaderamente sorprendentes.

Y en cambio, Nolan opta por eliminar todo atisbo de inteligencia y capacidad para la conversación del cíclope, reduciendo su expresión oral a un quejido puntual para sorpresa de los compañeros de Odiseo, el cual es más parecido a una vocalización en una película de David Lynch o algún proyecto extraño de la productora A24 que a un personaje con capacidad verbal; y, por supuesto, no hay ningún atisbo de esa inteligencia y burla por parte del Odiseo de Matt Damon.
Además, su diseño es demasiado parecido al del hombre pálido de El laberinto del fauno (Dir. Guillermo Del Toro, 2005) cuando los cíclopes en la mitología griega se han representado peludos y harapientos.





Igualmente, otro episodio clave y muy conocido es el de las sirenas, en el que Odiseo pide ser atado al mástil para poder escuchar sus cantos mientras sus hombres se taponan los oídos con cera para evitar oírlos y sentirse atraídos hacia la muerte.
Aquí, aparte del aspecto físico de las sirenas, las cuales en la mitología griega y las esculturas que nos han llegado hasta nuestros días tenían una apariencia más parecida a un ave, lo que las asemeja más con las arpías que con La Sirenita de Walt Disney, Nolan pierde una oportunidad de aportar profundidad a su Odiseo.

Por volver a comparar con la Ulises de Kirk Douglas, en este episodio, esa película nos sitúa en la perspectiva de Ulises y escuchamos todo lo que esos cantos de las sirenas le transmiten; y, en cambio, Nolan nos sitúa en la perspectiva de uno de sus compañeros, de Euríloco (Himesh Patel), para sólo verle sufrir y luego escuchar en pocas palabras lo que ha sentido.
¿Por qué toma Nolan esta decisión? Porque el poder de las sirenas en la mitología griega reside en que pueden atraerte con todo el saber del mundo y el futuro, y transmitirte tus mayores temores, y esto implica magia que el director puede evitar si no oímos cantar a las sirenas y sólo escuchamos una explicación de lo que Odiseo ha aprendido.
Esto nos conecta con el que quizá sea el personaje más mágico de todos los presentes en el texto, aun a pesar de no tratarse de un monstruo o criatura mitológica. Hablo de la hechicera Circe, llamada la “diosa de hermosos cabellos” y de quien se cuenta en el texto original que es una de las amantes de Odiseo, que pasa un año a su lado antes de marcharse.
No sólo eso, el texto original plantea a Circe como la perfecta rival de Penélope, el opuesto a ella, pues también trabaja en un telar como la esposa de Odiseo, además de poseer amplios poderes mágicos.
Es por ello que en Ulises, muy inteligentemente, los italianos optaron por emplear a la misma actriz (Silvana Mangano) interpretando tanto a Penélope como a Circe, sólo que iluminando a la segunda con ese tono verdoso habitualmente vinculado en el cine a la magia.


En cambio, no sólo es que Nolan nos la presente como una mujer que no atraiga al protagonista (recordemos que su Odiseo no es mujeriego en absoluto) sino que, además, da a entender que Circe carece de verdadero poder más allá del que tendría una simple hechicera.
Y esto se ve en que, aunque cumple con el acto mágico que se espera de ella en ese episodio de la historia, en lugar de emplear una varita como en el poema, la forma de mostrar cómo ejecuta sus hechizos visualmente parece propia de una película de terror corporal (body horror) y le supone tanto esfuerzo que en ningún momento da la sensación de que tenga un poder como el que se le supone a una hechicera de su calibre.
Así, llegamos al episodio del inframundo, en el que, a pesar de habernos mostrado mucha Ilíada, Nolan opta por no meter de por medio a Aquiles (cosa que sí hicieron en la versión de 1954), ni por supuesto a la madre de Odiseo, quien en el texto original resulta clave para que él consulte la situación en su hogar.

También están presentes:
El episodio de Escilla y Caribdis, rápidamente superado.

El del ganado del dios del sol, el cual es menos mágico y, por tanto, mostrado sin tanto temor en su totalidad.
El que sea el primero en reconocer a Odiseo cuando llega a Ítaca disfrazado de un mendigo sea su perro, Argos (episodio que también aparece en la versión de 1954).


Y, por supuesto, la estancia de siete años de Odiseo en Ogigia (cuyo nombre ni se menciona), la isla de castigo de Calypso de la que sólo se puede salir con ayuda de los dioses (de hecho, en el texto original le visita Hermes en la isla).

Sin embargo, Nolan muestra esta isla de modo que, en lugar de un paraíso donde Odiseo queda atrapado, parece que ha acabado en los campos Asfódelos del inframundo, lugar en el que vagar eternamente, yermo y carente de interés.

De hecho, es bastante molesto el trato que Nolan le da a Calypso (aquí interpretada por Charlize Theron), quien es otra de las amantes de Odiseo y que, en esta versión, es tratada casi como una enfermera enamorada de su paciente, quien no tiene ningún interés sexual en ella.

Este episodio, de hecho, también conecta con otros episodios obviados en la adaptación de Christopher Nolan como el de la isla de los comedores de Loto, aquí reducido a unas flores que le da Calypso a Odiseo para que se recupere de sus heridas y que, casualmente, le hacen olvidar quién era.
Y es más, para una película tan larga (dura unos 45 minutos más que la de 1954), resulta muy sorprendente (aunque sabiendo los añadidos y prioridades del director no lo sea tanto) que se obvien personajes clave en la historia como Nausicaa.

Este personaje, tanto en el texto original como en la adaptación de 1954, aparte de ser la tercera amante de Odiseo, es quien le rescata al encontrarle sólo e inconsciente en la playa (en la versión de Nolan este rol se le asigna a Calypso) y quien le ayuda en su regreso a casa junto con otro personaje femenino muy potente en el original, la reina Arete, madre de Nausicaa, mujer de Alcínoo rey de los feacios.
(Si os interesan estos personajes descartados por Nolan, recomiendo esta entrevista de Mary Beard: https://www.mujerhoy.com/vivir/ocio/odisea-decepcion-mary-beard-papel-mujeres-criticas-20260725002958-nt.html)


Y todo eso, sin mencionar la libre introducción de Sinon (Elliot Page), quien es realmente un personaje de La Eneída con el que, de nuevo, Nolan se agarra a otro tipo de narrativa que no pertenece realmente al texto que adapta; al igual que el hecho de introducir en repetidas ocasiones la Ley de Zeus y, sobre todo, los Pueblos del Mar como apoyo para el que es su argumento: que la historia de Odiseo sea la de alguien que, al ver el error que ha cometido utilizando el engaño del caballo, pasa a ser consciente de que ha sentado un precedente en el que los invitados a casas ajenas pueden saltarse las leyes de la hospitalidad y saquear al prójimo (lo cual, como mensaje en sí mismo puede estar muy bien, aunque no es para nada la esencia del texto original sino una invención).

En conjunto, como adaptación del texto original, la película escrita por Christopher Nolan resulta muy pobre por haber modificado al protagonista hasta quitarle su esencia, por reducir al máximo los momentos principales del viaje y sustituirlos por capítulos o escenas de La Ilíada o La Eneída, y por excluir determinados personajes o modificar episodios clave del viaje de Odiseo por el simple hecho de que van en contra de sus ideas para el protagonista o porque son momentos mágicos y mitológicos que prefiere evitar o minimizar.
Estos motivos deberían ser suficientes para molestar a la mayoría, ya que, en su momento, con la película de Troya (Dir. Wolfgang Petersen, 2004) se hizo una crítica muy exhaustiva y dura de las libertades que se habían tomado con respecto a La Ilíada, las cuales son menores en importancia y afectaban a puntos menos esenciales del texto original.
Pero, tal y como se ha realizado esta adaptación, resulta bastante sorprendente que una adaptación mucho más libre del viaje de Odiseo como la que hizo Rick Riordan en Percy Jackson y el Mar de los Monstruos (que se corresponde con la temporada 2 de la serie de Disney+), se preserve mucho más esa esencia del recorrido por las distintas islas y aventuras, así como de la esencia misma del aprendizaje del viaje.
Es por eso que, tal vez, si esta película se hubiera vendido como «Furia de Titanes 3: La Odisea» (siguiendo a las dos últimas películas de Furia de Titanes o Clash of the Titans de 2010 y 2012 con Sam Worthington como Perseo, y en las que hay tal vez mucha más fantasía que en la película de Nolan), quizá se podrían haber perdonado esas libertades creativas para con un texto tan esencial y clave para la literatura y la cultura occidental.
(Este debate puede continuar y podéis leer más sobre ello en el artículo de la BBC en el que se habla de diversas cuestiones que ya comenté en mi crítica y en estos dos análisis: https://www.bbc.com/mundo/articles/cvg76w27x9do)
EL GUION: DIÁLOGOS, ESTRUCTURA, ESCENAS…
Christopher Nolan es un muy buen guionista. Fue él mismo quien escribiendo Oppenheimer fue capaz de conectar ambas historias para que, incluso, en ciertos momentos, rimasen al repetirse diálogos de uno u otro personaje cuando más encajaba. También es cierto que con otros guionistas ha tenido éxito, al menos hasta que dejó de hacerlo tras Interestelar (2014), el último proyecto que co-escribió con su hermano Jonathan Nolan (Westworld, 2016-2022).
Y esta película, en lo que se refiere al guion en sí mismo, es decir, los diálogos, la construcción de las escenas, la estructura y otros elementos, y no tanto al trabajo de adaptación, es bastante bueno aunque con ciertas pegas, especialmente en la parte de los diálogos.
Por empezar de lo más grande a lo más pequeño, que supone empezar por la estructura del mismo, Nolan emplea todos los trucajes que le han caracterizado siempre y que son menos comunes de lo que la gente piensa en las películas de otros grandes directores. Estos trucajes son la estructura no-lineal con escenas desordenadas con el propósito de ocultar información al espectador hasta que sea oportuno dársela, flashbacks que sirven para contextualizar y complementar narraciones de eventos en voz en off de otros personajes, secuencias de montaje con música en las que se suceden imágenes de diversas escenas y momentos que entrelazados transmiten una información específica…

Incluso, aunque el poema de La Odisea no exige que se termine de ese modo, la película emplea un final muy propio de Christopher Nolan, con una de estas secuencias de montaje (aunque no revelaré qué se ve en ella) antes de saltar a negro y que aparezca el título en pantalla.
Y es quizá este punto lo que más tiene a su favor la película, ya que son las herramientas narrativas con las que más cómodo se siente Nolan como guionista y director y, por tanto, lo que mejor hace.
Pasando entonces a un nivel inferior y centrándonos en la construcción narrativa de cada escena, aquí de nuevo Nolan resuelve con solidez algo que lleva haciendo más de dos décadas y que, además bebe mucho de la estructura general ya que su forma de construir un guion completo hace que ciertas escenas encajen sólo en un lugar de la narrativa por situarnos in-media res, es decir, situarnos en la escena justo en mitad de algo que ya está sucediendo porque así nos ha querido situar la estructura del guion en su conjunto al ser necesario llegar a ese momento por conexión con algo acontecido en la escena anterior.
Esto, de nuevo, es algo con lo que Christopher Nolan se siente cómodo ya que forma parte de su lenguaje narrativo y, por esa razón, ninguna escena parece fuera de lugar ni transmite la sensación de que sobre, de que falte, o de que habría necesidad de alguna otra escena antes o después.

Pero, por desgracia en una obra tan importante por el poema épico que adapta, los actores involucrados y las dimensiones del proyecto y, casi podría decirse que en una obra clave para el propio director por su escala y por intentar situarse de igual a igual con los otros directores y guionistas de la historia del cine que son conocidos por sus grandes épocas, el diálogo no acompaña.

Se ha hablado mucho, incluso antes del estreno y a raíz de los trailers de esta película de su diálogo moderno y que desentona con el contexto histórico de la película. A esto, Christopher Nolan respondió diciendo que no somos capaces de concebir que en la antigüedad, en concreto en este caso en la Edad de Bronce, la gente hablaba entre sí de un modo coloquial.
Y aquí, por supuesto, tiene razón en esa afirmación, pues es verdad que en cada época de la historia ha habido una forma coloquial de comunicarse, igual que la hay actualmente.
Sin embargo, comete un error en su defensa y es que el argumento queda desprotegido al plantear que aspiraba al realismo y por ello minimizó la influencia de los dioses del poema original y redujo considerablemente los otros factores menos realistas de la historia.

¿Por qué el realismo rompe con su argumento? Porque basta con escuchar conversaciones coloquiales de grabaciones de gente de principios del siglo XX o, incluso, de personas que vivieron la mayor parte de su vida en el siglo XIX (y las hay) para poder comprobar que el lenguaje coloquial nos suena distinto, hasta un punto arcaico y puede que artificial. Y si ocurre eso con menos de doscientos años de diferencia, imaginemos cuando hay milenios de por medio.
Es por eso que ese realismo que Nolan buscaba en todos los aspectos de la película no es coherente con el argumento con el que defiende los diálogos y lo más adecuado habría sido algo que sí que hizo en Oppenheimer, que es dar distintas voces y niveles culturales a cada personaje y aportarle ingenio a los diálogos.
E, incluso, por una cuestión estética, quizá habría salido ganando si hubiera añadido cierto aire poético a los diálogos como sí se habían escrito en Troya (Dir. Wolfgang Petersen, 2004), la cual ha sido muy criticada durante años por cuestiones similares a las que se están pasando por alto en esta adaptación de La Odisea y que, sin embargo, en el apartado de los diálogos es bastante superior a la película de Nolan; o en Ulises en 1954, la cual, a pesar de tener muchos actores italianos, no duda en construir sus diálogos para que suenen adecuados a la historia.

Debido a ello, el conjunto, como guion, independientemente de lo adecuada que sea la adaptación, no deja de ser una película de Christopher Nolan, aunque quizá carezca de esa chispa que tenían los diálogos en Oppenheimer y de esas grandes líneas de diálogo que se podían escuchar en su trilogía de Batman en la que hasta Bane suena más poético y culto de lo que lo hace cualquier personaje en La Odisea.
LAS INTERPRETACIONES
Las interpretaciones de los actores son excelentes. Por algo estamos ante gran parte de la élite de Hollywood.

El hecho de que los personajes que se les han asignado a cada uno no coincidan necesariamente en personalidad y carácter con respecto al texto original no quita que, con el texto recibido, hagan un gran trabajo.

Por supuesto, no podemos pasar sin mencionar el gran trabajo dramático y físico que hace Matt Damon en esta película, aun a pesar de interpretar a un Odiseo algo desencajado con respecto al original; el considerable esfuerzo de Tom Holland por hacer desaparecer a Spiderman y tratar de que se vea a Telémaco en su lugar; y a Anne Hathaway, quien no desentona en absoluto y mantiene el tipo en sus escenas con Pattinson.

Sin embargo, mención especial aparte merecen unos cuantos de ellos y, por ese motivo, voy a ir uno por uno comentando su trabajo, empezando por Robert Pattinson quien ya ha dejado atrás al Edward Cullen de la pentalogía de Crepúsculo (2008-2012) y se ha asentado como un gran actor con muchos matices al que suelen obviar como candidato a James Bond ahora que es el Batman actual y, sin embargo, demuestra en esta película que su repertorio puede ir de la elegancia sutil y amistosa que muestra en Tenet (Dir. Christopher Nolan, 2020) a la falsedad y manipulación más desagradable y la cobardía calculadora que presenta al interpretar a Antínoo.

De hecho, quizá, Pattinson podría ser considerado uno de los puntos más destacados de la película. Y lo es hasta el punto de que, si Nolan hubiera optado por contar sólo la parte de La Odisea con los pretendientes, del modo en que ya se hizo con Ralph Fiennes en El regreso de Ulises (Dir. Uberto Pasolini, 2024), aparte de que a Nolan le habría sentado como un guante (al contar sólo los cantos que encajan más con el género del thriller dramático y que carecen de mitología y magia), Pattinson habría tenido aún más presencia en pantalla, permitiéndole así mostrar aún más matices si cabe de lo que el tiempo del que dispone aquí le permite.

Otro punto a destacar es Jon Bernthal quien, diálogos y tono de voz aparte, interpreta a un Menelao cuyo aspecto físico explica por qué Helena se habría ido con el bello Paris a Troya en La Ilíada, pero cuya personalidad resulta magnética ya que es el único cuyo tono es discordante con respecto al del resto de interpretaciones. Y no es discordante para mal sino que supone un soplo de aire fresco en un conjunto de personajes serios en exceso ya que es el único que presenta matices emocionales que no se limitan a la tristeza, ira o desesperación, sino que es también capaz de expresar diversión, alegría, preocupación o empatía.
Quizás si el conjunto de interpretaciones hubieran tenido más matices al haberse permitido a Odiseo tener una evolución y a Circe y Calypso expresar algo más de personalidad, o si el diálogo hubiera sido más elaborado, la interpretación de Bernthal podría haber sido problemática en caso de haber mantenido su acento y tono. Pero, con el guion tal y como está escrito, su presencia es un soplo de aire fresco que supone un antes y un después en el conjunto de la película.
Y finalmente, y también debería decir la más sorprendente de todas, es la interpretación de John Leguizamo como Eumeo, pues no sólo trae consigo la dificultad de actuar como una persona invidente, sino que además es un personaje bastante complejo y cargado de matices, cuyas escenas son de las más dramáticas de la historia y que es el único que presenta algo de inteligencia en su forma de expresarse.

Y todo esto viene de un actor que en toda su carrera ha tenido como papel más importante el de Sid el perezoso en las películas de Ice Age (2002-2016), lo cual es, de nuevo, una demostración de una realidad que suele obviarse en el cine, y es que los actores encasillados en un tipo de género (ya sea comedia o drama) pueden tener capacidad para adaptarse perfectamente al tono opuesto a pesar de que no se les suele permitir hacerlo.
LA RECREACIÓN HISTÓRICA
Son muchos los documentales que ha habido y que seguirán surgiendo en los próximos años sobre la estética de todo lo relacionado con épocas y periodos antiguos porque cada año se hacen nuevos descubrimientos y hallazgos arqueológicos que añaden información a nuestros conocimientos del pasado.
Eso no evita que seamos plenamente conscientes a día de hoy de que la apariencia de piedra desnuda blanca de la mayoría de las esculturas y ruinas de edificaciones de La Edad de Bronce, del periodo helenístico o de La Antigua Roma es sólo fruto del paso del tiempo. Su apariencia real era colorida y brillante por la aplicación de pigmentos minerales naturales y, sin embargo, debido a que las vemos siempre en esa piedra desnuda, creemos que es así como eran.

Aquí tenemos, por tanto, un error grave por parte de La Odisea de Christopher Nolan, la cual se ha centrado mucho en ser lo más exhaustiva posible en su búsqueda de rodar todo lo posible en localizaciones reales del Mediterráneo que encajan con lo descrito en el texto original.
Y, sin embargo, en este caso en el que se busca recrear el periodo del modo lo más realista posible (siendo realista una palabra que han usado como excusa en otros momentos para reducir la mitología, para justificar las decisiones lumínicas, etc.), lo más realista, aunque resulta contradictorio con las creencias de Nolan sobre cómo rodar una película, era construir todos los escenarios y localizaciones desde cero (del mismo modo que ya lo había hecho con Los Álamos en Oppenheimer, de hecho) para asegurarse de que la estética era lo más auténtica posible pues el espacio real ya no tiene el aspecto correcto.

De hecho, otro factor grave es que, estas edificaciones están muy maltratadas por el paso del tiempo y en diferentes estados que, desde luego, no habrían sido los que habríamos encontrado de haber vivido en el periodo ya que no se habría tolerado que el rey viviera en un palacio con muretes agrietados y otros desperfectos que, si bien en la actualidad son fruto del paso del tiempo, tampoco permitiríamos en nuestras construcciones habitadas actuales.
Lo mismo aplica a las esculturas, algunas de las cuales, además de carentes del colorido original, están deterioradas en exceso, lo cual es lógico si son estatuas originales, pero que no es realista pues no sería el estado en que se encontrarían en su periodo.

Finalmente, aunque se podría ser mucho más exhaustivo con todo lo anterior (para lo que recomiendo una investigación o el visionado de documentales con mucho más margen para aportar detalles e información específica sobre estos temas), quedan por mencionar las armaduras, armas y barcos.
Desde el principio, con la primera foto de Matt Damon como Odiseo, se ha atacado duramente su armadura y, posteriormente, la apariencia de los barcos y de las armas y armaduras de personajes como Agamenón (Benny Safdie), de la que se ha dicho que parece la armadura de Batman.

Lo cierto es que en el texto original se describe el casco de Odiseo como casco de colmillos de jabalí, un objeto arqueológico real del periodo micénico usado en misiones nocturnas e, incluso, sin necesidad de guiarse por el texto, basta con un estudio de las armaduras del periodo de la Edad de Bronce para comprobar lo poco realista (de nuevo esa palabra) que resulta una armadura de soldado del periodo helenístico en este contexto.

Igualmente, la de Agamenón tiene su propia descripción “se vistió el destellante bronce. Primero sobre las canillas se colocó las grebas… Diez eran las tiras de oscuro esmalte que tenía, doce de oro y veinte de estaño” y, según esas palabras, encajaba más la que portaba Brian Cox en su interpretación del personaje en Troya que la que viste Benny Safdie, la cual peca de nuevo de anacrónica, aparte de ser muy rara estéticamente.


En cuanto al barco, debería llevar el ojo pintado siguiendo la tradición y, además, usaron un drakar vikingo para las escenas en lugar de un pentecóntero de la Edad de Bronce.


En su conjunto, todos estos elementos, y muchos más que los expertos habrán detectado, no son necesariamente un problema para ver la película.
Pero, cuando tu director justifica todo con el argumento de que su intención era alcanzar el “realismo”, lo cierto es que resulta contradictorio e incoherente y, por tanto, conviertes estos problemas estéticos de armaduras, edificaciones o esculturas, en serios errores que rompen con dicho realismo.
¿Merece la pena la visita al cine? Es una película de una escala monumental y, por tanto, como experiencia en sala de cine merece la pena, especialmente si la visita permite su visionado en IMAX o en proyección analógica de 70mm (Cine Paz en Madrid, Palafox en Zaragoza o Phenomena Experience en Barcelona). Pero es una película que tiene muchas y muy variadas carencias a nivel técnico que hacen que no sea, ni de lejos, uno de los mejores proyectos de su director.





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