La Odisea de Chirstopher Nolan (2026) es sin duda el estreno más grande del año, un proyecto lleno a rebosar de estrellas lideradas por Matt Damon interpretando a Odiseo, y tiene a sus mandos a uno de los mejores y más exitosos directores del siglo XXI.

Todo ello se combina para contarnos una adaptación del poema épico de La Odisea de Homero, obra clave de la cultura occidental, base estructural de la mayoría de las historias contadas en siglos posteriores.

Sin embargo, como sucede con todo proyecto, existen puntos positivos y también puntos negativos, más o menos graves en función de cómo influyen en el conjunto.
Es por eso que en esta serie de artículos vamos a analizar en profundidad los diversos aspectos que conforman una película, dividiéndolos en dos ámbitos: lo técnico-artístico y lo narrativo.

Para ello, en este primer artículo nos centraremos en la dirección, la fotografía, el reparto escogido (aunque no sus interpretaciones, ya que influyen en lo narrativo) y la banda sonora.

En cambio, en el segundo, que publicaremos también esta semana, hablaremos de los aspectos narrativos analizando el guion y sus aciertos y fallos como adaptación; del diseño de producción, vestuario, maquillaje y efectos; y de las interpretaciones que hacen cada uno de los actores y actrices de sus respectivos personajes.

Esperamos que así todos puedan disfrutar de un análisis profundo y claro de esta súperproducción que es La Odisea de Christopher Nolan.
PRIMEROS PUNTOS A CONSIDERAR
En este artículo vamos a intentar desgranar qué hace de esta adaptación buena o mala desde varios prismas:
Como película en sí misma, donde se tendrá que ver qué hace bien o mal en los aspectos esenciales para que una película funcione.

Como película épica que busca seguir la tradición de otras grandes películas épicas como Ben-Hur (Dir. William Wyler, 1959) o Lawrence de Arabia (Dir. David Lean, 1962).
Y también como adaptación de La Odisea en comparación con otros intentos previos entre los que destaca la Ulises de 1954 con Kirk Douglas como protagonista, producida en Italia con distribución de Paramount Pictures y dirigida por Mario Camerini con un reparto mayoritariamente italiano (y que por comparar, aún ajustándose la inflación, tuvo un presupuesto equivalente a unos 6 millones de dólares de hoy por los 250 millones que ha costado la de Nolan).

LA DIRECCIÓN DE CHRISTOPHER NOLAN
La dirección de Christopher Nolan se mueve entre sus ya habituales puntos positivos y negativos.
Sus protagonistas siempre destacan mucho por las elecciones en el montaje priorizando sus mejores planos y las excelentes interpretaciones que suele conseguir de sus actores.

En cuanto a su lenguaje visual, nos encontramos con que, como siempre, sus planos no son elaborados, ni emplea una puesta en escena con múltiples composiciones sin cortar, ni movimientos de cámara coordinados. Aunque eso aporta mucha sencillez a su lenguaje visual que no tiene por qué estar mal en función de cómo se utilice.

También hace un casi constante uso de la cámara en el hombro, incluso tal vez en exceso por emplearla en momentos en que no tiene sentido transmitir esa inestabilidad que se suele buscar con esa forma de rodar.

Y aun así, todos estos factores le habían permitido contar una historia muy dramática y bien dirigida en Oppenheimer (2023) por la que se llevó todo los premios importantes.
Sin embargo, esta película no es Oppenheimer y tiene mucha más acción. Y es ese punto donde más cojea Nolan, especialmente en lo que se refiere a los combates cuerpo a cuerpo.

En la trilogía de El caballero oscuro que dirigió entre 2005 y 2011 ya sucedía que, cuando el plano era abierto y mostraba acción a gran escala entre grupos grandes o persecuciones por las calles de Gotham, las imágenes eras claras y comprensibles; mientras que, en cambio, cuando Batman peleaba cuerpo a cuerpo con distintos antagonistas y villanos, esa claridad se veía reducida.
Hay que admitir que el hecho de que las cámaras IMAX sean más pesadas y menos manejables le había ido forzando a buscar mayor claridad en su narración visual, algo que se notó mucho en la pelea entre Batman y Bane en El caballero oscuro: La leyenda renace (2011), la cual es mucho más visual y clara que lo que muestra en Batman Begins (2005).
Pero en esta película esos avances se pierden bastante y, especialmente en las escenas nocturnas y de oscuridad, esa claridad vuelve a su nivel de 2005 y se torna poco clara y por momentos confusa (algo a lo que no acompaña que la iluminación haga que los distintos espacios iluminados por antorchas se vean demasiado similares).
Esta forma de narrar acción es algo que empleando un negativo tan nítido, lleno de detalle y calidad de imagen como el inmenso negativo de IMAX 65mm (8 veces más grande que el 35mm que usó en la mayoría de la trilogía de Batman) supone desperdiciar una oportunidad, ya que con esa nitidez y detalles extra se podrían haber mostrado peleas con planos de larga duración y que permitieran al espectador pasear la mirada y observar muchos más elementos y momentos de la escena sin cortar.

De hecho, ese es el motivo por el que, con el paso de los años, y destacando Dunkerque (2017) y Tenet (2020) en ese aspecto, Nolan había evolucionado hacia un lenguaje en la acción mucho más claro que aquí desaparece.
Por todo lo anterior, en su conjunto, es una dirección que encaja dentro de lo esperado por parte de Christopher Nolan, con sus puntos positivos y negativos. Pero no son ni los unos ni lo otros lo que determina la calidad de este proyecto.
EL REPARTO
El problema del reparto no reside en el aspecto físico de los personajes, a pesar de que hay ciertas descripciones en el poema épico que no se han respetado del todo y, además, tenemos suficientes esculturas como para tener ya interiorizado ese «perfil griego» que sí tenía Kirk Douglas en Ulises y que no tiene ninguno de los actores escogidos (excepto tal vez Jon Bernthal quien lo tiene pero con la nariz rota).

El problema del casting es el origen de los intérpretes por la ausencia de actores originarios del Mediterráneo.
Al fin y al cabo, La Odisea es un poema que tiene su origen en la cultura mediterránea.

Por ello, resulta extraño que en una época como la actual, en la que muchas veces se justifica que unos personajes tengan un color de piel de un tipo u otro con la idea de que hay que promover la diversidad y la representación cultural, no se haya buscado esa representación y variedad étnica en las regiones en las que se originó y donde se desarrolla la historia.
Es más, el Mediterráneo no es una región de sólo blancos caucásicos. Aquellos originarios de los países de la costa oriental y del norte de África tienen rasgos árabes, dentro de los cuales hay, de por sí variedad en su aspecto. A su vez, los griegos y los países con costa en el Adriático tienen rasgos distintos de los árabes. Y los nacidos en la Península Itálica, en el sur de Francia, en España, o en las islas dispersas por todo el mar Mediterráneo tienen otro aspecto físico.
Eso es diversidad étnica.

E incluso dentro de los blancos caucásicos cuyos rasgos se asocian normalmente con los europeos, los mediterráneos no son el mismo tipo que los anglosajones. Basta con ver cómo los británicos o alemanes que suelen visitar las costas mediterráneas, al pasar tiempo al sol acaban con la piel sonrosada, mientras que a los blancos caucásicos originarios del propio Mediterráneo, el sol les aporta un color tostado.

Sin embargo, La Odisea de Christopher Nolan carece de actores cuyo origen sea esta región con tanta variedad étnica y que le habría permitido tener diversidad en el aspecto físico de sus intérpretes siendo respetuoso con la representación cultural.

Y tampoco es que fuera necesario que todos fueran originarios del Mediterráneo, pues en la Ulises que protagonizó Kirk Douglas, él era de origen ruso (aunque el hecho de que pudiera pasar por griego por su perfil muy parecido a las esculturas ayudaba) y Antínoo lo interpretó Anthony Quinn, de origen mexicano, sin que supusiera un gran problema ya que el resto de personajes, secundarios y extras sí eran mediterráneos, mayoritariamente italianos.

Y esto contradice la argumentación de que las películas clásicas solían tener menor representación cultural.
Un hecho que también se ve contradicho en otras grandes producciones épicas clásicas como Lawrence de Arabia (Dir. David Lean, 1962) en la que aparte del propio Anthony Quinn, de Alec Guinness (Obi Wan Kenobi en la trilogía original de Star Wars) y de José Ferrer (Moulin Rouge, Dir. John Huston, 1952), quienes interpretaban a árabes y turcos sin serlo, el resto de personajes los interpretaron actores ingleses para los ingleses y a los árabes actores árabes, liderados por Omar Sharif, un gran actor egipcio (cuyas películas aprovecho para recomendar).
Y no es que esta ausencia de mediterráneos en La Odisea de Nolan ocurra porque no hay candidatos capaces de interpretar los papeles en un perfecto inglés.
Basta con saber que hay actores de la edad de Matt Damon como Javier Bardem, que no desentonan en producciones americanas; con pensar que Penélope Cruz también tiene un Óscar y se llama igual que la mujer de Odiseo; o que Monica Bellucci ha hecho papeles en películas en inglés durante décadas y encaja perfectamente en todas. Pero también tenemos a Vincent Cassel, quien es un actor extraordinario que ya ha participado en películas con el propio Matt Damon como la segunda y tercera parte de la trilogía de Ocean’s; o más recientemente a Javier Cámara, quien ha actuado en proyectos en inglés en series como Narcos (2015-2017) o El Joven Papa (2016).

Incluso, si de actores griegos se tratase, no se puede negar que hay suficientes para poblar la película porque, durante 4 temporadas, la BBC produjo una serie protagonizada por muchos actores griegos y unos pocos ingleses en Los Durrell (2016-2019).
Y si preocupa la posibilidad de no tener candidatos para los personajes más jóvenes, no hay sino que mirar a Matilda De Angelis (Citadel: Diana, 2024; Leonardo, 2021; y The Undoing, 2020), Dafne Keen (Logan, 2017) o, incluso, sin irse a actores nacidos en la región, basta con irse a la multitud de actores y actrices de padres inmigrantes que hay ya en Estados Unidos y otros países de habla inglesa como Timothée Chalamet o Anya Taylor Joy.
Todo esto resulta curioso porque, si se tratase de una historia situada en África o en América Latina y se hubiera obviado a los intérpretes de origen local, se habría montado un escándalo enorme. Y, sin embargo, aquí el escándalo ha sido por el color de piel de un par de personajes cuando no es ese el problema.
Lo que nunca sabremos es el porqué de este reparto tan diverso y a la vez tan poco representativo.
Quizá, con la experiencia y escarmiento que aún es la Cleopatra de Elizabeth Taylor (Dir. Joseph L. Mankiewicz, 1963) por casi hundir en la bancarrota a 20th Century Fox, y el miedo que le sigue desde entonces a las películas sobre la antigüedad (ya sean de griegos, romanos o egipcios), el estudio que financió esta adaptación de La Odisea (Universal Pictures) quiso poder controlar una de dos variables que pueden suponer un fracaso comercial: el altísimo presupuesto necesario o el reparto estelar como reclamo para la audiencia. Y si lo escogido fue lo segundo, explicaría este reparto lleno de principio a fin de estrellas de la pantalla de diversas generaciones con las que atraer a públicos de todas las edades.
O quizá, simplemente, Nolan quería a estos intérpretes para su adaptación. Eso nunca lo sabremos. Aunque es cierto que resulta bastante sorprendente porque en Oppenheimer fue muy cuidadoso y trató de que la mayoría de científicos tuvieran intérpretes que encajasen con su país de origen.

LA FOTOGRAFÍA
La fotografía de Hoyte van Hoytema no es mala en sí misma. De hecho, estamos ante un hito fotográfico por rodar la película por primera en IMAX real en 65mm, ya que, hasta el momento, en películas rodadas en este formato, se recurría al 65 mm tradicional (también llamado Super Panavision 70 o Todd AO) para las escenas de diálogo por lo excesivamente ruidosas que eran hasta ahora las cámaras IMAX.
Por ese motivo, Nolan y otros directores y cinematógrafos como el propio van Hoytema, Jordan Peele o Paul Thomas Anderson impulsaron la creación de una nueva cámara por parte de IMAX, lo que desembocó en el debut de la IMAX Keighley, una nueva cámara adaptada a las necesidades de una producción moderna y con un blimp que aisla la cámara y bloquea el ruido que necesitan los motores para mover la película a la velocidad necesaria.
Sin embargo, este hito no hace que ciertos errores se deban pasar por alto. No cuando tu director de fotografía tiene un Óscar por Oppenheimer y el presupuesto es de 250 millones de dólares.
El primero (y menos grave) de los problemas es en las composiciones, las cuales no son precisas y no aprovechan adecuadamente el gran formato del IMAX 65mm y su nitidez y profundidad. Esto ocurre porque este formato tiene una relación de aspecto muy parecida al cuatro tercios, es decir, casi cuadrada. Pero, IMAX en su proyección analógica (de la que hay apenas sólo un puñado de cines en el mundo) tiene la exclusiva de ese formato.
Los algo más comunes IMAX digitales (por muchos considerados falsos por no ser proyección del material rodado en su formato original) tienen una relación de 1,90:1 que es un rectángulo bastante similar al 16:9 de las televisiones actuales y conllevan un recorte bastante pronunciado arriba y abajo de la imagen, además de la necesidad de componer pensando en asegurarse de que no se pierde imagen esencial en ese recorte.
Pero ahí no acaba la cosa pues el 70mm, el otro medio de proyección analógico más parecido en nitidez y detalle al IMAX 65mm, es mucho más panorámico con 2,20:1, obligando a una pérdida de imagen y un recorte aún mayores, que se exageran aún más cuando vamos al recorte más panorámico aún que se muestra en la mayoría del resto de cines globales.

Con una desproporción tan exagerada que casi la mitad de la imagen se pierde al pasar de un cine IMAX 65mm a un cine común, los planos no están compuestos de forma bella y precisa siguiendo la regla de los tercios (también llamada proporción áurea) y sólo dependen de colocar todo lo más centrado posible.
(En esta web: https://www.odysseymovie.com/explore-formats/ podéis ver cómo cambia la imagen en cada formato)
El segundo problema es, sin embargo, el más grave.
Se trata del cómo se ruedan las escenas nocturnas, tanto con luz natural como con luz artificial de antorchas.

En el intento de hacer una iluminación realista y en la que se prioriza iluminar por ambientes, lo que acaba sucediendo es que todos los planos de todas las escenas iluminadas por luz de fuego o antorchas se vean igual. Y como esa luz es monocromática (amarillenta) en todos esos ambientes, no hay nada que permita distinguir un espacio de otro.

Esto se puede evitar con decisiones artísticas, como ya se ha visto en otros proyectos recientes de aspiraciones similares y también rodados en analógico como Nosferatu (Dir. Robert Eggers, 2024) en la que su director de fotografía Jarin Blaschke intentó que todas las escenas que se iluminasen por fuego y velas lo hicieran sólo con esas fuentes de luz. Pero, escogiendo con mucha precisión la ubicación de esas fuentes, consigue que en unos casos la iluminación propiciase las siluetas, en otros generase tridimensionalidad cayendo sobre los intérpretes desde un lado, y en uno muy especial iluminara todo de forma uniforme e intensa dando a entender que se estaba ante un incendio.

Sin embargo, van Hoytema aquí no hace este esfuerzo, lo cuál resulta sorprendente porque en Oppenheimer sí que se aseguró de que cada ambiente nocturno pareciera diferente sin dejar de lado el realismo que aportan sus fuentes de luz naturales y colocadas acorde a las necesidades de la escena e, incluso, llegó a emplear la iluminación de forma expresionista en la escena del interrogatorio.
Es por esto que resulta extraña esta rigidez con el realismo que ha hecho que en pantalla todos los ambientes parezcan el mismo. Algo que también sucede con las escenas de la hora azul, nada más caer el sol, que se ven iguales ya estemos en el inframundo (rodado en Islandia) que en Trinacia (rodada en una isla mediterránea) donde se encuentra el rebaño del dios sol.


De hecho, esto conecta con el último punto que es una pega a la fotografía: el que el Mediterráneo se muestre más habitualmente gris, oscuro y sin luz, casi pareciendo el Mar del Norte, en lugar de iluminado, caluroso y brillante.

Y aunque es cierto que el Mediterráneo se vuelve el mar de los monstruos para Odiseo, eso no quita que se pudiera conseguir una estética más acorde al lugar con un poco de luz rebotada y algún otro mínimo apoyo lumínico que, en determinados momentos, está claro que no se emplea por priorizar el realismo y no iluminar ni controlar la luz.
LA BANDA SONORA
La música de Ludwig Göransson no está mal ni bien. No en vano estamos hablando de uno de los mejores compositores de bandas sonoras que tenemos en la actualidad, con el ya icónico tema de The Mandalorian (2019-2023) y la banda sonora de Oppenheimer (2023) con la que ganó el Óscar. Y hay detrás un intento, ya habitual en Göransson, de intentar acercarnos al sonido del periodo en su música.
Pero resulta sorprendente en una gran épica como esta que no nos deje ningún tema icónico ni recordable. Si bien es cierto que tenía por delante un año con dos estrenos (la otra película es The Mandalorian and Grogu, dirigida por Jon Favreau), es una lástima porque en Oppenheimer había ayudado con sus composiciones a la narración de la historia y aquí su música pasa bastante desapercibida.
¿Merece la pena la visita al cine? Es una película de una escala monumental y, por tanto, como experiencia en sala de cine merece la pena, especialmente si la visita permite su visionado en IMAX o en proyección analógica de 70mm (Cine Paz en Madrid, Palafox en Zaragoza o Phenomena Experience en Barcelona). Pero es una película que tiene muchas y muy variadas carencias a nivel técnico que hacen que no sea, ni de lejos, uno de los mejores proyectos de su director.
La narrativa, por otro lado, también tiene sus fallos y aciertos que comentaremos en detalle en la segunda parte, la cuál se publicará esta misma semana.





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