El jovencito Frankenstein (1974) es una icónica película escrita y dirigida por el legendario (y desde hace unos días centenario) Mel Brooks, quien tiene en su haber muchas grandes comedias entre las que destaca, además de esta, Sillas de montar calientes (también de 1974) clasificada recientemente por el AFI como la mejor comedia de la historia del cine.

En El jovencito Frankenstein nos encontramos con una adaptación libre de la novela de Mary Shelley, cuya adaptación más reciente fue la de Guillermo Del Toro en 2025, y que aquí es transformada en una ingeniosa comedia que roza por momentos la parodia.

En parte inspirada por la icónica adaptación de Frankenstein de Universal de 1931 dirigida por James Whale, Brooks transforma el género del texto original y cambia de personajes para contarnos cómo un descendiente de Victor Frankenstein, llamado Frederic Frankenstein (o Fronkensteen según el personaje), al que interpreta el excelentísimo Gene Wilder regresa a la tierra donde su antepasado sembró el caos con su monstruo: Transilvania (es decir, donde Drácula sembró el caos porque la broma también está ahí).

Y desde ese truco con los nombres pasando por todas las bromas, chistes y momentos humorísticos que se le puedan ocurrir, Brooks emplea el humor para contar una historia humanista sobre persecución del diferente e inocente por miedo y como prevención ante peligros aún por suceder, para lo que emplea a los pueblerinos y al personaje del Inspector Kemp (Kenneth Mars) como representantes de la sociedad y de una autoridad marcial, lo cual encaja a la perfección con la esencia del Frankenstein de Shelley, aun incluso con los diversos cambios.

Hablamos de una película con un humor diverso, que incluye técnicas como el humor por repetición, como la situación de los caballos relinchando por miedo a Frau Blücher (Cloris Leachmann); el humor que se aprovecha de la sorpresa o expectación; el humor cómplice con el espectador como es habitualmente el de Igor (Marty Feldman); o el humor físico que encontramos en diversos puntos de la historia y que tiene uno de sus primeros momentos destacados en un juego entre Frederic y el bastón de Igor.

Sobra decir que, en Brooks tenemos a un director excelente dentro de lo simple que es su lenguaje audiovisual, pues no sólo de bromas textuales está llena la película, sino también de humor físico y trucos de cámara que aportan a la narración.

La estética icónica de las películas de monstruos de Universal (incluida la Frankenstein de 1931) está muy inspirada por el expresionismo alemán y, en este caso, Brooks junto a su director de fotografía, Gerald Hirschfeld, emplean un blanco y negro excelente, compuesto para un formato más panorámico de unos 1,85:1 que el Academy Ratio (casi idéntico a 4:3) de la adaptación de 1931.

Pero ese cambio para hacer la imagen más rectangular y acorde a lo esperado en 1974, no quita que nos encontremos un uso expresionista de la luz con sombras duras y profundas, claroscuros pronunciados y alto contraste, y planos holandeses que contribuyen a crear una atmósfera ideal para una historia de monstruos de la que Brooks se aprovecha también para el humor.



Y no podemos olvidar otros elementos clave con los que el propio Brooks también juega con el espectador y el humor: la música y la mezcla de sonido. Ambos son elementos importantísimos en cualquier película, pero, mientras que en una narración seria y directa únicamente contribuyen al desarrollo de la historia, en la comedia y la parodia se vuelven herramientas con las que reforzar o remarcar lo gracioso de una escena, e incluso, se pueden convertir en herramientas que producen momentos humorísticos por sí solas (de nuevo, referencia a los relinchos de los caballos que, cuando veáis la película, entenderéis).


Y por supuesto, no olvidar al que quizá sea el elemento clave en una comedia, un elemento sin cuya colaboración es imposible hacer humor, que es el reparto. En cualquier película es esencial que los actores cumplan con su rol al interpretar a su personaje y en la comedia, esto tiene que alcanzar un alto nivel de complicidad. Es por eso que Mel Brooks coescribió el guion con Gene Wilder para que él fuera su protagonista. Es necesaria esa sintonía especial pues el humor requiere de gran precisión y, por tanto, debe de haber una simbiosis entre actores y director, lo que aquí se logra hasta el punto de alcanzar cotas de excelencia al nivel de los mejores dúos de director y actor (Billy Wilder con Jack Lemon por ejemplo).

Pero no sólo es Wilder quien encaja y asume perfectamente el tono esperado de él. También lo hace Marty Feldman al interpretar a Igor; Teri Garr, (la madre de Phoebe en la serie de Friends) como Inga; Cloris Leachmann como Frau Blücher; Madeline Kahn como Elizabeth; Peter Boyle como el Monstruo; o Kenneth Mars como el Inspector Kemp, por mencionar sólo a algunos.







Pero quizá el elogiar esta película puede resultarle extraño a algún lector, pues una crítica muy habitual en las adaptaciones es el modificar puntos clave de las obras originales.

Sin embargo, lo que importa no es sólo el qué se modifica, sino el cómo y el por qué.

Y en el caso de El jovencito Frankenstein, el objetivo es acercarnos el tema humanista del original desde el humor y el entretenimiento, pero conservando esa esencia subyacente en todo momento.

Y también hay que decir que, otro punto clave que determina lo que es una buena película (sea una adaptación de algún otro medio o no), y que a veces olvidamos al criticar intentando al buscar atribuirle un valor numérico en forma de nota, es el objetivo de los cineastas.

No es lo mismo pretender hacer una adaptación seria, comprometida con el original y de gran presupuesto que pretender hacer una adaptación en tono de parodia que se vende desde el primer momento como tal, ya que a la primera se le perdonan mucho menos los deslices que la alejen de su intención y las modificaciones innecesarias del original que a la segunda, ya que sus aspiraciones como películas, su público, y sus intenciones son totalmente diferentes y no comparables (tengo pensado escribir pronto un artículo sobre cómo hacer críticas de cine en el que profundizo en este debate de qué hace que una película sea buena o mala).

Es por eso, que El Jovencito Frankenstein no sólo es y ha sido siempre una gran película, sino que hay motivos de sobra por los que se ha convertido en una obra icónica y muy reconocida aún 52 años después de su estreno.
El Jovencito Frankenstein podéis verla en DVD y Blu-Ray, a menudo en reposiciones en TV en abierto, y está casi garantizado que la encontraréis en las bibliotecas municipales y universitarias.





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