El próximo 15 de mayo, Un hijo (2025) aterriza en cartelera no solo como un simple estreno más, sino como una de esas historias destinadas a quedarse a vivir con nosotros durante un tiempo.

Basada en la aclamada novela homónima de Alejandro Palomas —galardonada con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2016—, la película de Nacho La Casa trasciende la etiqueta de “juvenil” para ofrecer un relato universal que habla directamente al corazón, independientemente de la edad del espectador.

La trama nos sumerge en la historia de María, una orientadora en sustitución en un centro de Educación Primaria, cuya labor da un giro inesperado cuando recibe el aviso de un profesor preocupado por un alumno. A partir de este momento, María asume la tarea de desentrañar las circunstancias personales del niño de 8 años y explorar la compleja relación que mantiene con su padre tras la dolorosa partida de la madre.

Interpretaciones que cobran vida

Sin duda, uno de los mayores aciertos de la película reside en la verosimilitud de cada uno de los personajes protagonistas. Cabe mencionar el trabajo de Macarena García en la piel de la orientadora, aportando una mezcla de empatía y dedicación por su trabajo que resulta conmovedora para el espectador. A su lado, Hugo Silva demuestra su gran rango interpretativo a través de una actuación intensa que consigue incomodarnos y enfadarnos cuando la historia lo requiere.

Sin embargo, la gran revelación de la película es el joven Ian Cortegoso. A pesar de su corta edad y de ser su primer proyecto, logra transmitir un universo interior inmenso, comunicando toda la carga emocional del personaje a través de sus expresivos.

El dolor desde la infancia y la paternidad

La película aborda la complejidad de las relaciones familiares desde una doble perspectiva que enriquece enormemente el relato. Por un lado, nos sitúa en el punto de vista del niño, quien se ve obligado a asumir responsabilidades que no le corresponden por su edad. Así, descubrimos cómo utiliza la magia como un refugio ante la adversidad y cómo su sensibilidad, a pesar de chocar con el rechazo social hacia la vulnerabilidad en los hombres —representado a través de la figura del padre—, se revela como su verdadera fortaleza. Por otro lado, explora el dolor desde el lado del adulto a través de la incapacidad del padre para gestionar sus propias emociones. Esto le lleva a tomar decisiones y actitudes que, aunque buscan la protección del menor, terminan empeorando la situación.

La escuela como refugio y guía

Asimismo, la obra subraya la figura del orientador y orientadora dentro de los centros educativos. De esta manera, destaca la importancia de la detección temprana de las circunstancias que rodean al alumnado y que afectan a su vida cotidiana y, por ende, a su desarrollo. Continuando con esta línea, expone la realidad de esta labor, la cual se enfrenta a enormes dificultades, más aún cuando la protagonista no es valorada por el profesorado por tratarse de una sustitución o cuando el rechazo de las familias se convierte en un obstáculo en lugar de un apoyo. Este enfoque funciona como una crítica realista a la escasez de recursos personales en el sistema educativo, donde la ratio de alumnado por orientador supera con creces la capacidad de un solo profesional para poder brindar la atención y el acompañamiento necesario que cada alumno y alumna merece.

En definitiva, Un hijo nos invita a reflexionar sobre la importancia de los cuidados, la gestión de las emociones y la comunicación en la familia, al mismo tiempo que reivindica el papel fundamental de los centros educativos y sus profesionales a la hora de atender al alumnado en todas las facetas de su vida.

15 de mayo en cines.

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