Otra temporada de La Casa del Dragón llega a su fin y, a diferencia de lo que fue su spin-off, El caballero de los siete reinos, esta no me ha dejado un buen sabor de boca, y eso que tuvo un inicio prometedor. Verdaderamente llegué a pensar que quizás estábamos presenciando la redención de la serie, pero otra vez me he decepcionado. Así que aquí les cuento mis breves impresiones y mi reflexión sobre las adaptaciones literarias.

Breve resumen de los primeros capítulos

Como les decía, la temporada empezó de manera prometedora. Rhaenyra (Emma D’Arcy) finalmente tomaba el Trono de Hierro, ese trono que le pertenecía no solo por voluntad del rey, sino por ley. El siguiente paso era purgar a la corte de cualquier apoyo a los verdes: Otto Hightower (Rhys Ifans) paga con su cabeza dicha traición a la corona, mientras que Alicent (Olivia Cooke), su hija Helaena (Phia Saban) y la hija de esta quedan como rehenes en la Fortaleza Roja.

Emma D’Arcy lo da todo como Rhaenyra Targaryen: vemos cómo sufre la pérdida de otro hijo, cómo obtiene finalmente lo que anhelaba y las dificultades que eso conlleva. A Matt Smith siempre es un placer verlo como Daemon Targaryen, pero la que más sufre en esta serie es Olivia Cooke, ya que su Alicent Hightower no tiene NADA de su contraparte literaria. En realidad, casi ningún personaje conserva la esencia del libro, pero su caso en particular es digno de estudio.

Una serie de cambios desafortunados

La Alicent de esta serie es un personaje sin agencia: sienta a su hijo Aegon II (Tom Glynn-Carney) en el trono solo por confundirse de «Aegon», y no por la ambición de ver a su propia sangre gobernar o por una jugada política de su propia cuenta. Esta Alicent no es la mente maestra detrás de la conspiración para usurpar a su hijastra; es un personaje encadenado por el patriarcado, los malentendidos y las ambiciones ajenas (las de su padre). Es una pena, porque la actriz habría hecho un trabajo fenomenal con el material adecuado, pero las tramas de Alicent implican un beso forzado con su hijo Aemond (Ewan Mitchell)y un trio amoroso con Alys Rivers (Gayle Rankin).

Olivia Cooke como Alicent Hightower

Tramas como la dinámica entre Alicent, Alys y Aemond no son el único cambio radical de esta temporada. Rhaenyra también sufre cambios dignos de un fanfic. Si bien anteriormente ya se había atisbado una cercanía entre Mysaria (Sonoya Mizuno) y la reina —que culminó en un beso—, en esta temporada decidieron ir más allá, llevando su relación a la intimidad en el penúltimo capítulo.

El problema no es que dos mujeres se besen o compartan un momento íntimo; sostener eso sería simplemente homofobia de mi parte. El verdadero problema es que se trata de otro cambio que no aporta NADA a la trama ni al desarrollo de los personajes. Resulta aún más incoherente que Rhaenyra le pregunte a Mysaria si es digna del trono y que apenas unos momentos antes, a Mysaria le habían recordado de forma despectiva que «siempre sería una prostituta», haciendo que el giro romántico se sienta completamente forzado e injustificado.

Una serie sin George R.R Martin

George R.R Martin

Quizás el hecho de que el autor se desentienda de una de sus adaptaciones sea la señal de alerta máxima para los fans de la obra original. Al fin y al cabo, él sabe mejor que nadie, ¿no?

En todas las adaptaciones hay cambios; eso no es un secreto y hasta el propio Martin ha declarado que el Viserys de la serie es superior al que él escribió en Fuego y Sangre. La primera temporada conservaba esos matices guiados por el autor, con detalles como la profecía del sueño de Aegon el Conquistador que tanto entusiasmó a los lectores. Sin embargo, con el paso de las temporadas, ese cuidado se fue perdiendo a medida que se hacía más evidente la brecha creativa entre Ryan Condal (el showrunner de la serie) y George R.R. Martin.

«Empeoró cada vez más y me sentí cada vez más molesto». – George R.R Martin acerca de su relación con Ryan Condal

Todo cambió en la segunda temporada (evidentemente) cuando el feedback de Martin dejó de ser tomado en cuenta: «Le daba mis sugerencias y no pasaba nada. A veces me explicaba por qué no lo hacía. Otras veces me decía: «Ah, vale, sí, lo pensaré». La situación fue empeorando y empecé a sentirme cada vez más molesto. Finalmente, HBO me dijo que debía enviarles todas mis sugerencias y que ellos le darían a Ryan nuestras notas combinadas».

El propio Martin ha explicado cómo en Hollywood es habitual que los guionistas busquen adueñarse del material adaptado para imprimirle un sello personal. Creo que eso fue exactamente lo que ocurrió con Condal: creyó estar capacitado para reescribir y darle su propio toque a una obra construida por George R.R. Martin, y el resultado final terminó siendo el que es.

Reflexión Final

The Last Of US – House Of The Dragon – HBO

No es la primera vez que algo que me gusta se desvía al ser adaptado;The Last of Us, por ejemplo, tampoco me convenció como adaptación. A menudo olvido que cuando una franquicia salta de un medio a otro, su objetivo principal es captar a esa audiencia que no está familiarizada con ella. Ni The Last of Us ni La Casa del Dragón están pensadas principalmente para el gamer o el lector. Somos parte de la audiencia, por supuesto, pero caemos en el error de asumir que estas producciones se hacen exclusivamente para nosotros.

Si una persona vio The Last of Us y le gustó tanto que dio el salto a los videojuegos, excelente; ganamos todos. Lo mismo aplica para quien vio La Casa del Dragón y, al no querer esperar entre temporadas, decidió leer Fuego y Sangre. Si tú, como espectador casual, disfrutas de ambas series, la producción ya logró su cometido y me alegro de que hayas descubierto los universos creados por Naughty Dog y George R.R. Martin. Pero yo no puedo decir lo mismo, y quizás deba aprender a apartar al gamer o al lector que llevo dentro para poder disfrutarlas.

Puedes ver La Casa del Dragón en HBO MAX.

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