La muerte de Robin Hood (2026) dirigida por Michael Sarnoski (de quien ya critiqué su entrega de Un Lugar Tranquilo: Día Uno en 2024) es un conjunto de puntos positivos y negativos, inconexos y con el potencial para haber sido un proyecto mucho mejor.

Empezando por la historia, en la que se nos narran las últimas aventuras del legendario forajido Robin Hood (como era de esperar gracias al título y que nos sitúa en un momento similar al de la película de Richard Lester titulada Robin y Marian del 1976 con Sean Connery como Robin Hood), encontramos los primeros problemas.
No sólo estamos ante una historia que desvirtúa y manipula un personaje icónico siguiendo el ya habitual comportamiento del cine reciente hasta el punto de quitarle toda la esencia, sino que, además, aunque teóricamente estamos ante una historia basada en una balada del siglo XVII sobre cómo Robin acude a una abadía a que la hagan una sangría (procedimiento «médico» medieval por el que se extrae sangre para limpiar el cuerpo de la enfermedad), el que lea aunque sea el resumen de esa balada (aquí el enlace) y espere encontrarse con esa historia en la película quedará decepcionado.

Estamos ante lo que es claramente una historia original de Michael Sarnoski, quien leyó la balada, cogió muy pocos elementos de la misma, y se inventó algo completamente diferente.

Y hay que decir que hacer eso no es incorrecto en sí mismo, pues el problema reside en qué se inventa exactamente y no tanto en el hecho de que se invente una historia basada en un personaje legendario.

Y ese problema se debe a que por el camino Sarnoski decide que a Robin Hood le vamos a tratar desde el principio de la historia como a un villano que se inventaba sus propias leyendas para tener al pueblo de su parte, pero que, en realidad, era un asesino violento, egoísta y sin escrúpulos.

Esto supone directamente destruir el personaje y quitarle toda su esencia porque así se ha decidido y es entrar en lo que comentaba antes, la práctica reciente del cine de desvirtuar y eliminar las características básicas de un personaje pero conservar su nombre porque el nombre es lo que va a atraer al público.

Estamos, por tanto, ante una historia de un personaje que ha sido violento, manipulador y egoísta, quien debe redimirse y asumir sus errores en sus últimos días.
No parece una mala historia y, sin embargo, al colocarle el nombre de Robin Hood delante, da la sensación (aunque no sea necesariamente lo ocurrido) de que esa ruptura del personaje se debe, principalmente, a que Sarnoski quería contar esa historia de arrepentimiento y sólo con un nombre atractivo para el público como el de Robin Hood le iban a dejar rodar la película.

Esto nos lleva al segundo problema de la narrativa: el cómo está estructurada.
Aquí entramos en territorio conflictivo, pues nos encontramos ante una narrativa episódica, que no fluye del todo entre sus distintas partes y que parece más un conjunto de capítulos independientes de entre cinco y diez minutos cuyo nexo en común es el protagonista y algún elemento puntual que se haya introducido en alguna parte anterior de la trama.
Esto rompe con el concepto de la trama por secuencias sobre la que se han cimentado desde siempre los guiones de las películas (y también otras formas narrativas como el teatro o la novela), en las que cada bloque no es independiente, sino un paso entre lo ocurrido antes y lo que ocurrirá después, que aún desordenado (como ocurre en ciertas películas de Tarantino), siempre permite a la audiencia conectar mentalmente los eventos de la película.

Este es un error narrativo muy habitual actualmente por la influencia de las series de televisión en los guionistas, con un inconveniente del que pocos son conscientes, que es que las series fluyen bien de capítulo en capítulo sin una conexión clara que lleve de uno a otro porque, al menos, cada fragmento episódico es una unidad narrativa de larga duración y no una o dos escenas aisladas del resto de la trama. Y también es un problema bastante habitual en las películas que le interesan a la productora y distribuidora A24, quien compró los derechos de esta película para su distribución: narrativas a veces inconexas con tono oscuro y, muy a menudo, violento (sin que ello sea necesariamente un problema ya que han hecho y distribuido muy buenas películas en los últimos años).

Esto me lleva a otro punto que ya se adentra más en el terreno de la dirección, diseño de producción y fotografía: la oscuridad y violencia con la que se representa todo.
De hecho, aunque entraré después a hablar de ella, la fotografía en sí no es mala, sino que el problema con la oscuridad tiene su origen en cómo se trata la Edad Media.
Se la llama los Años Oscuros pero no porque toda Europa estuviera siempre encapotada, nublada, y llena de oscuridad, sino porque fueron años en que los grandes avances culturales que habían ocurrido en épocas anteriores (Roma, Grecia, Egipto…) sufrieron una desaceleración que duró casi mil años.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el cine ha decidido que si una historia es Medieval, de inmediato estamos ante una época llena de frío, oscuridad ambiental por cielos llenos de nubes oscuras y apenas nada positivo en el ambiente.

Y sí, es cierto que la historia de La Muerte de Robin Hood se desarrolla en Inglaterra, país conocido por sus nieblas y lluvias. Pero también es cierto que cualquier persona que recorra el país, su campiña y sus diversos ecosistemas verá que, no sólo esa ambientación tan oscura es injustificada porque no siempre hace ese tiempo, sino que, además, aun habiendo sido rodada en Irlanda del Norte (Reino Unido), la gran mayoría de la geografía mostrada en la película tiene más en común con la Península Escandinava que se representa en El hombre del Norte (Dir. Robert Eggers, 2022), que con las características estéticas habituales en Inglaterra.

Hasta es posible que esto fuera una decisión consciente ya que otro movimiento muy habitual en el cine moderno al producir historias medievales es seguir la influencia de series como Juego de Tronos (2011-2019) y Vikingos (2013-2020) que también vinculan lo medieval con lo escandinavo (especialmente porque Vikingos se desarrolla mayoritariamente en esa Península aun habiendo sido rodada en su mayoría en Irlanda y Canadá).

Y otro punto que ya he mencionado como conflictivo es la violencia, la cuál de nuevo parece influenciada por todo lo anteriormente mencionado, hasta el punto de que hay escenas de combate entre ingleses que cortarían perfectamente con algunas de las escenas de guerra civil en la serie de Vikingos.

Este conjunto de elementos son lo que hacen que la película tenga muchos problemas que la alejan de ser perfecta o, incluso, entrar en la categoría de “muy buena”.
Sin embargo, no todo son sombras en esta oscura historia que nos narra Michael Sarnoski.

Su dirección visual no es necesariamente mala. Y su dirección de actores, además, les hace destacar en muchas escenas, empezando por Hugh Jackman como Robin Hood, quien sostiene muy bien el papel, aunque era de esperar ya que es un actor con grandes y muy variados recursos interpretativos.

Igualmente, Jodie Comer como la hermana Brigid actúa a su habitualmente alto nivel aunque es cierto que con menos exigencia que en su otra (también oscura) película medieval El último duelo (Dir. Ridley Scott, 2021), la cual es bastante superior en casi todos los aspectos.

También Bill Skarsgård (casualmente, o no, actor escandinavo) como El pequeño Juan, amigo inseparable de Robin Hood en la leyenda, está bien en las escenas en las que le toca actuar desde la emoción, aunque entra en un terreno más propio de un vikingo cuando se trata de las escenas de combate.
Y sin olvidar a Noah Jupe, de quien ya hablé en su momento en las críticas de Benjamin Franklin y The Night Manager, y cuyo trabajo siempre es bueno independientemente de que su participación en una trama sea mayor o menor.

Pero, sin lugar a dudas, la película la sostienen mayoritariamente las miradas y la presencia de Faith Delaney como la pequeña Margaret, quien a pesar de ser una niña rodeada de actores muy experimentados, resulta de lo más interesante por lo mucho que puede decir sólo con la expresión de su rostro.

Otro punto positivo es la cinematografía, realizada por Pat Scola, quien también fotografió Sing Sing (Dir. Greg Kwedar, 2023) y Pig (Dir. Michael Sarnoski, 2021).

Aquí, Scola utiliza (entre otras) la nueva película analógica introducida por Kodak hace apenas un par de meses (Kodak Verita) por primera vez en un largometraje (quien quisiera haberla visto antes pudo hacerlo en la cuarta temporada de la serie Euphoria de Sam Levinson).

Esta película analógica está diseñada para aportar un resultado muy cercano a la imagen final deseada sin tener que etalonar (manipular el color digitalmente) o hacer una copia en positivo (para lo que están diseñadas la mayoría de las películas analógicas para cine, como las empleadas por Christopher Nolan en sus proyectos), y además se caracteriza por colores de piel con tonos cálidos, buen contraste y mayores niveles de saturación.

Y, si bien estamos ante una fotografía de luz suave, bajo contraste y ambientes poco coloridos, en los momentos en que la luz del sol directa se vuelve la fuente principal de luz, se puede notar lo muy interesante que va a ser emplear esta película, especialmente para aquellos proyectos en que la ambientación vaya a aprovechar mucho más la riqueza del color.

En definitiva, el conjunto es un desaguisado incoherente que, como decía al principio, tiene un gran contraste de luces y sombras, puntos positivos y negativos. Incluso, es posible que lo que pueden parecer puntos negativos resulten elementos atractivos para un espectador al que le importe menos la manipulación de personajes icónicos y la estética oscura y fría que se trata de vincular al medievo.

Quizá la mayor pega que se le pueda poner a La muerte de Robin Hood es que, por las fechas en que ha sido estrenada, pero también por culpa de que como historia de Robin Hood no sea excesivamente atractiva para los amantes del personaje, probablemente se sume a la lista de películas “no exitosas” basadas en leyendas medievales y sirva como justificación para que se hagan aún menos esfuerzos en lo que a cine histórico se refiere. Y esto resulta decepcionante porque, si se hiciera un análisis pausado sobre el contexto, se podría ver que muchas de estas películas medievales fallidas lo han sido por estar mal ejecutadas, por estar mal planteadas de origen, o porque las circunstancias de su estreno no facilitan que el público acuda a verlas (como la falta de interés del estudio en hacerles publicidad o su estreno en malas épocas como la pandemia).

Y sería una lástima que no volviéramos a ver una verdadera adaptación de Robin Hood u otras historias medievales que han tenido su impacto como pudo ser El reino de los cielos (Dir. Ridley Scott, 2005), por errores del tipo de los que se han cometido con otras producciones medievales recientes.
La Muerte de Robin Hood se estrena en cines el 3 de julio.






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