AVISO: Esta crítica a The Drama evita detalles argumentales de la trama, pero analiza abiertamente el (sensible) tema central de la película.

Hay un mal latente en América. Uno que recorre un país atravesado por el dolor, la pérdida y el duelo. Y que enfrenta a quienes defienden la libertad —véase entre muchas comillas— y la profunda necesidad de poder vivir sin miedo. Un mal llamado las armas.

En su canción God Control (2019), del vilipendiado álbum Madame X, Madonna describe con mucha coherencia este dolor, que va más allá de una legislación, y que entiende la cultura armamentista contemporánea como un fallo propio de la democracia moderna. Una que ha fallado a sus conciudadanos, donde se nos prometió acabar con nuestras grandes penas, pero el sistema terminó por devorarnos:

«Todo el mundo sabe la maldita verdad. Nuestra nación mintió, perdimos el respeto. Prepara a los niños, llévalos a la escuela. Todo el mundo sabe que no tienen ninguna posibilidad. Creo que entiendo por qué la gente consigue un arma. Creo que entiendo por qué todos nos rendimos».

Crítica a The Drama: ¿Cómo llegamos aquí?

En esa verdad incómoda, se instalan las propias consecuencias de esa misma libertad. Como la violencia instalada en el país, cada día más ferviente. O, en un caso aún más extremo, las matanzas estudiantiles en colegios e institutos. Algo que el cine ha retratado en muchas ocasiones, y de maneras radicalmente dispares. Tuvimos el seguimiento silencioso y frío de la ganadora de la Palma de Oro Elephant (2003) de Gus Van Sant. La escalofriante Tenemos que hablar de Kevin (2011) de Lynne Ramsay. O enfoques más maniqueístas y centrados en las consecuencias dolorosas de The Fallout (2021) de Megan Park.

Aunque su cúspide, probablemente, se encuentre en el género documental con el impresionante Bowling for Columbine (2002), donde Michael Moore esclarece que el problema de estos atentados infantiles reside, precisamente, en la facilidad y normalización cultural y estética de esa misma cultura armamentística, tan instalada socialmente en USA.

Zendaya, Robert Pattinson y el perverso juego de Kristoffer Borgli

Bajo esos mismos preceptos, llegamos a 2026, en un momento donde los atentados se siguen superponiendo entre ellos, y donde el gobierno de la mayor potencia del mundo continúa en el inmovilismo legislativo frente a una industria peligrosa, pero muy rentable. Y en ese contexto, nos llega una película como The Drama. Una que desde fuera podría parecer una romcom más, pero que en el fondo esconde una radiografía de la América del siglo XXI, propia de alguien tan inteligente como su director, Kristoffer Borgli.

Borgli saltó a la fama con la algo irregular pero divertidísima Sick of Myself (2022), pero su posicionamiento cultural llegó cuando estrenó al año siguiente la notable y divertidísima fábula sobre la cultura de la cancelación, Dream Scenario, con un Nicolas Cage que se introduce, sin explicación, en los sueños y pesadillas de medio planeta. Todo ello, con una personalidad bastante arrolladora en el uso de temáticas y formas, y un montaje ecléctico a cargo del propio director (y en esta cinta, junto a Joshua Raymond Lee) que recuerda al mejor Harmony Korine.

Con todo ello, llegamos a este nuevo largometraje. Con dos superestrellas como Zendaya y Robert Pattinson, que además están pletóricos en la cinta, junto a la maravillosa Alana Haim. Y nos preguntamos, o al menos uno se lo pregunta como espectador al entrar en la sala: ¿qué narices tiene que decir Borgli sobre todo esto?

La estética de la miseria en The Drama

Y es que su director es muy inteligente. Porque sitúa toda la cinta alrededor de la duda, el miedo y la doble moral. Durante una cita doble de parejas, días antes de la boda de los protagonistas, estos participan en un banal juego de confesiones que deriva en una paradoja satírica y surrealista de perversión, profundamente entretenida, sobre el dolor y el perdón, la estética de la tragedia, la ambigüedad moral y el protagonismo vicario. En un estado social de anemia emocional, en el que la pregunta es: ¿sirve de algo purgar el pecado o viviremos en él para siempre?

Para ello Borgli se vale de una construcción de puesta en escena muy alineada con sus obras anteriores, pero más presente, cercana. Durante la mayor parte del filme, nos situamos frente a frente con los protagonistas, atravesando sus dudas y su dolor en un juego de tensión y especial incomodidad que es como un accidente al que no puedes dejar de observar.

Un juego de confesiones

Tiene un punto de juego maníaco, no en términos estrictos (esto no es Funny Games), pero sí que nos cede, como espectadores, un nivel de participación raro de ver en películas que hablen sobre estas temáticas. En parte, lo logra precisamente por ese montaje, donde el espacio fílmico se estira, retrocede y se adelanta a través de sus propias conversaciones (de ahí la mención a Korine y su Spring Breakers), y por esa puesta en escena veloz que la tensiona escena tras escena, introduciéndonos de forma constante en la mente de los protagonistas. Todo hasta llegar a un tercer acto apoteósicamente incómodo y dolorosamente entretenido, sin perder nunca el rumbo político ni satírico de esa misma sociedad estadounidense, que en épocas de polarización, es más extrema que nunca.

Especialmente me interesa, como espectador Z criado en internet, la representación de algo de lo que muchos no quieren hablar: la estética de la miseria. Esta sobrevuela toda la cinta, construyéndose alrededor de la iconografía de la violencia, los vídeos confesionales y la belleza aberrante de las armas. Algo que, nacido desde la cultura de internet y el forismo, surge precisamente como respuesta a todo ello. Si matar es «cool», yo también lo quiero hacer. Una reflexión profundamente triste, pero que esgrime la necesidad de control de ciertas narrativas instaladas en USA, donde precisamente las armas son vistas, especialmente por un sector conservador, como un elemento más, casi de la cultura pop estadounidense.

La paradoja de la intimidad

Una atmósfera visual que, en parte, es compartida por la dirección de fotografía del fantástico Arseni Khachaturyan (AprilBones and All), quien establece una propuesta pulidísima —uno de los mejores trabajos que hemos podido disfrutar en lo que va de año— apoyada en una especie de disonancia urbanita. Esto también se refleja en su diseño de producción, el cual comparte cierto hedonismo con la cultura de internet y el modernismo neoyorquino que podíamos ver en videoclips de, por ejemplo, Aidan Zamiri, por llevarlo a un extremo radicalmente distinto; salvando las distancias, claro está.

Todo ello, explorado a través de la dinámica de pareja y la paradoja de si llegamos a conocer verdaderamente a la persona con la que vamos a convivir el resto de nuestras vidas. Esa pregunta dolorosamente retorcida que la mayoría de nosotros no nos hacemos, y que es un bofetón que pone en duda nuestro sistema al completo.

Tal vez esa sea la tarea que alguien le encargó en este mundo a Borgli: retratar nuestra moral desde la verdad más incómoda. Y por suerte, mientras sigamos aquí en las trincheras, intentando no caer por el abismo más absurdo, podremos seguir disfrutando de su trabajo, mientras por dentro nos ponemos a todos nosotros en duda. Pero, en todo momento, sin hacernos tomar partido y confiando en la imagen.

Una de las películas más interesantes que podremos disfrutar este año.

Mañana, 29 de mayo, solo en cines.

Puntuación: 4 de 5.

Crítica a The Drama, 2026.

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