He de reconocer que soy un ávido fanático de la ciencia ficción desde que era niño. Mi infancia fue un refugio de grandes películas y libros intergalácticos que, durante mucho tiempo, fueron mi obsesión infantil más arraigada. Y se que no estoy solo en esto. A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas cuyo interés por las ciencias, el espacio o la biología nació —o se vio reforzado— a través del cine o la literatura sci-fi. Pero, en los últimos años, ese mismo interés parece haber tomado otro rumbo.

Cuando hace unos años nos enfrentábamos a visiones futuristas de nuestro presente, había en ellas cierto componente aspiracional. Una idea de progreso, incluso de promesa. Pero ahora vivimos en una era de terror tecnológico, donde el futuro ya no se imagina: se teme. Donde nos genera, como mínimo, una incomodidad persistente. Y, en ese contexto, la ciencia ficción ha adoptado —casi de forma paradójica— un cierto inmovilismo estilístico.

Revisando una lista de películas de ciencia ficción, me cercioré de que, en los últimos diez años, el género no ha pasado precisamente por su mejor momento. Y no porque no hayamos tenido grandes títulos, como Dune, Nope, Ad Astra o High Life. Sino porque su interés generalizado ha sido más bien reducido. Los cambios de tendencia han mermado el número de proyectos que llegan a salas y, además, muchos de ellos han quedado relegados a dos únicas vías: o bien autores consagrados que pueden permitirse hacer exactamente lo que les da la gana, o franquicias establecidas que, en demasiadas ocasiones, también han terminado estampándose contra la pared.

Evidentemente, los costes de producción no ayudan. Son películas extremadamente caras por sus necesidades artísticas, de dirección y de efectos visuales, lo que dificulta que una ópera prima pueda irrumpir con una idea original y, de paso, catapultar a un nuevo autor.

Pero claro, en medio de este ecosistema, aparece de repente un caballo de Troya silencioso —no tanto por sus semanas previas de promoción, que han sido considerablemente masivas, sino por el relativo desconocimiento que rodeaba al proyecto durante años—: Project Hail Mary; en España, Proyecto Salvación.

Nuestro Proyecto Salvación

Proyecto Salvación es el nuevo trabajo de dos de las grandes promesas del cine mainstream en las últimas dos décadas: Phil Lord y Chris Miller. Sus trabajos —entre ellos, las geniales cintas familiares Lluvia de albóndigas y La LEGO película, además de su papel como productores y guionistas en las últimas entregas animadas de Spider-Man: Into the Spider-Verse y Spider-Man: Across the Spider-Verse, por las que ganaron el Óscar— han marcado época en la forma de entender un cine para todos los públicos.

Este, sin renunciar al espectáculo, introduce cierta complejidad ética, política, estética y, sobre todo, narrativa dentro de lo esperable en este sector de la industria.

Bajo esas aspiraciones, se ponen a los mandos de este proyecto, una nueva adaptación de Andy Weir, autor de The Martian, cuya traslación a la gran pantalla a manos de Ridley Scott fue todo un éxito. Aquí, de nuevo en clave de ciencia ficción y bajo la mirada de Drew Goddard en el guion, se nos plantea la historia de un profesor de instituto —interpretado por el radiante y siempre maravilloso Ryan Gosling— que se ve arrastrado, literalmente, a una misión desesperada: intentar comprender por qué nuestro sol se está apagando.

Todo ello se articula a través de dos líneas temporales: una en la que el personaje de Ryan Gosling despierta de un coma inducido en la nave espacial, completamente desmemoriado. Y otra que nos sitúa catorce años atrás, donde se desgrana el cómo —y el por qué— acaba formando parte de dicha misión.

Un recurso que, lejos de ser un mero artificio estructural, funciona especialmente bien dentro de la película. No solo porque ordena el relato, sino porque lo tensiona; porque convierte lo que podría haber sido una narración lineal —y, probablemente, más plana— en un constante juego de reconstrucción. Y, de paso, le insufla un ritmo muy necesario a sus casi dos horas y media de duración, que en ningún momento llegan a sentirse como tal.

Project Hail Mary

Es aquí donde empieza a notarse, de forma bastante obvia, la mano de Phil Lord y Chris Miller. No tanto en lo evidente —el gag, el subrayado emocional (que nunca falta en su cine), la ligereza—, sino en algo más difícil de configurar: en cómo manejan la información, en cómo dosifican el relato para que nunca termine de asentarse del todo. Hay una voluntad constante de mantener al espectador en un ligero desequilibrio, en esa sensación de estar siempre un paso por detrás de lo que está ocurriendo. Aunque luego sus resultados sean algo evidentes, dada la naturaleza del proyecto.

Y luego está la imagen. El trabajo de Greig Fraser —que, a estas alturas, ya no es solo un gran director de fotografía, sino casi un tótem en sí mismo dentro de la ciencia ficción contemporánea, como ha demostrado en DuneThe Creator o Rogue One: A Star Wars Story— no se limita a embellecer la propuesta. La define. Con decisiones de puesta en escena que van de lo íntimo —casi europeo por momentos a lo espectacular sin rodeos, e incluso con cambios de formato que no buscan tanto el impacto como reforzar esa dualidad constante entre lo humano y lo cósmico, entre lo que se recuerda y lo que se ha olvidado. Y de paso, impresionar con las grandes postales espaciales que crean en la película.

Pero, sobre todo, con un uso del color muy interesante. Puede que sea una de mis debilidades como espectador, pero hay algo profundamente inteligente en cómo la película maneja su paleta cromática a lo largo de todo el metraje: jugando, por un lado, con ese grisáceo aséptico del interior de la nave —casi clínico, casi muerto— y, por otro, con una Tierra que vive en un estado constante de alarma, de miedo contenido.

Y, en contraste, aparecen esos otros momentos que rompen con todo lo anterior: lo infantil, lo galáctico, lo abiertamente extraterrestre. Instantes en los que la película parece permitirse otra textura, otro lenguaje visual, casi como si necesitara escapar —aunque solo sea por momentos— de ese encierro físico y emocional que domina el color el resto del relato.

Project Hail Mary critica

Sacrificio y Mercedes Sosa

Todo ello sostiene un relato que funciona en clave de buddy movie intergaláctica, con alma de cine ochentero, que sabe jugar con el humor sin volverse complaciente. Y se completa cuando Gosling descubre que no está solo allí arriba, y que un alienígena en forma de roca amorfa comparte su destino, surgiendo una relación divertida y sorprendentemente conmovedora —preparad los clínex, amigos—.

El planteamiento de la película recuerda a algunas obsesiones temáticas del sci‑fi contemporáneo, como en Interestelar, con la que se le ha comparado, tal vez, demasiado; aquí, la película evita la solemnidad angustiosa de Nolan y mantiene una mirada más tierna sobre lo que significa enfrentarse a lo desconocido. Incluso hay ecos de Arrival, no tanto en la forma como en el interés por cómo la comunicación puede cambiar nuestra percepción de la otredad, siempre sin sacrificar el ritmo ni la diversión que sostienen la historia.

Aunque, para sostén, Ryan Gosling, que se carga a sus espaldas todo el peso narrativo de la película en la encarnación de un personaje que huye en su pasado y sobrevive en su presente. Acompañado de James Ortiz como Rocky —el alienígena, para que nos entendamos—, pero, sobre todo, de Sandra Hüller, actriz titánica que participa en su primera superproducción de Hollywood con un papel frío y fantástico, con momento musical incluido en una de las mejores escenas de toda la película.

Música que, además, tiene una presencia constante: tanto por la BSO de Daniel Pemberton, que acompaña muy bien la cinta aunque por momentos peque de cierto subrayado, como por las canciones que utiliza el dúo creativo, que a más de uno harán saltar de la butaca. Vamos, que hasta hay una canción de Mercedes Sosa.

Con todo, Proyecto Salvación funciona. Tiene ritmo, personalidad estética, grandes actuaciones y un trabajo de efectos visuales notable —con ese guiño a lo práctico que tan bien dialoga con su espíritu ochentero—. Pero quizá ahí reside también su mayor límite: en su comodidad. Porque, en un contexto donde la ciencia ficción parece haber perdido su capacidad de imaginar futuros deseables, la película no intenta tanto revertir esa tendencia como esquivarla. No hay en ella una verdadera pulsión de ruptura, ni una necesidad de redefinir los márgenes del género. Lo que ofrece, en cambio, es algo más reconocible: una historia eficaz, emocionalmente honesta y formalmente sólida, que se mueve dentro de coordenadas muy claras.

Y, sin embargo, eso no la convierte en irrelevante. Al contrario. Proyecto Salvación evidencia, precisamente, el momento que atraviesa el sci-fi contemporáneo: uno en el que incluso sus mejores propuestas parecen más interesadas en perfeccionar fórmulas conocidas que en arriesgarse a imaginar otras nuevas. Puede que no sea la película que vaya a salvar el género. Pero sí es una que entiende perfectamente cómo sobrevivir dentro de él.

Que, visto lo visto, ya no es poco.

27 de marzo, solo en cines.

Puntuación: 3.5 de 5.

Crítica a Proyecto Salvación | Project Hail Mary (2026).

Deja un comentario

Tendencias

Descubre más desde Mediaverso - Blog de cine, series, cómics y más

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo