En el año 2017, Donald Trump juró su cargo como presidente de los Estados Unidos, parecía que Corea del Norte estaba a punto de iniciar una guerra nuclear, el Reino Unido se fue de la Unión Europea y salió Despacito, de Luis Fonsi. Pero, entre tanto barullo y conflicto políticosocial internacional, el mundo entero descubrió un nuevo talento que salió de entre las piedras de Christopher Nolan: un actor de ojos azules, nacido y criado en Nueva York, llamado Timothée Chalamet.
Aunque ya había tenido algunos papeles interesantes en el propio circuito cinematográfico estadounidense, su sensible, sexy y doliente interpretación de Elio en la obra maestra de Luca Guadagnino, Call Me by Your Name, lo catapultó a la fama absoluta.
Desde entonces, no solo se convirtió en un habitual de la gran pantalla tras protagonizar cintas como Dune, Mujercitas, Bones and All, Wonka y A Complete Unknown, sino que también nació un nuevo icono para la moda contemporánea y uno de los primeros referentes generacionales de la generación Z.
Pero Chalamet tenía un arma guardada. Un arma para articular aún más su ambición de, como dijo él mismo en su discurso en los premios del Sindicato de Actores, entrar en las «grandes ligas». Con un traje de sastrería hecho a medida, fraguado bajo los mandos de uno de los creadores más interesantes del indie americano contemporáneo: Josh Safdie. En una cinta que, si salía bien, podría ser su confirmación no solo como icono de feromonas adolescentes, sino como actor que marca generaciones. Y esa película se llama Marty Supreme.

Marty Supreme es la historia de un buscavidas, obsesivo y cargado de sueños, arrastrado por la ola de la meritocracia capitalista americana en su objetivo de convertirse en campeón mundial de ping-pong. América se ha encargado, a través de sus imágenes, de contarnos que si persigues tus sueños y eres bueno en ello, recogerás los frutos. Pero, en realidad —y en un ejercicio de honestidad de Safdie en esta cinta—, todo se trata de suerte, dinero y poder. Por mucho que el individualismo liberal intente vender ejemplos de éxito día sí, día también.
It’s Marty Supreme, It’s Marty Supreme, it’s Marty Su— uh
Como era de esperar, Chalamet es el alma y la fuerza de la película, donde además ejerce como productor. Su presencia no es precisamente discreta, e incluso parece que actor y personaje se han fusionado durante la campaña de promoción del filme. Algo que no sé si habla del todo bien del propio Chalamet, pues su personaje es arrogante, estridente y atravesado por una hiperbólica necesidad de pasar a la historia.
Más allá del ruido, sería falso decir que no entrega una de las mejores interpretaciones de su —todavía corta— carrera. Pero no es el único. Su plantel de secundarios no se queda atrás: Gwyneth Paltrow, de regreso al cine de autor tras su parada boxes dentro del MCU; Odessa A’zion como la radiante y eléctrica ex amante de Marty; y Tyler, The Creator como el amigo y cómplice ratero del protagonista. Entre otros muchos.
Con todo ello, la película consigue sostenerse sobre los hombros de un equipo entregado a este dardo envenenado en forma de dos horas y media de metraje, que podría parecer diseñado únicamente para elevar a Chalamet al Olimpo de las grandes superestrellas de Hollywood, pero que no se queda solo ahí.

Un nuevo Safdie ha llegado a la ciudad
Además, esta película es especial para Josh Safdie, pues es la primera vez que dirige un proyecto sin su hermano Benny Safdie —quien también estrenó en solitario la descafeinada The Smashing Machine— tras su separación creativa en 2023.
Se trata, además, de un proyecto de gran envergadura y presupuesto, con aspiraciones más altas que acabar en el catálogo de fondo de alguna plataforma de streaming, como su fantástica Diamantes en bruto, bajo cuya sombra nacen muchas de las ideas de esta nueva cinta.
Si algo define la filmografía de ambos hermanos es su pulso narrativo de aceleración y tensión constantes, que te aprietan en una habitación cada vez más pequeña con cada paso que dan sus impulsivos protagonistas. Ya ocurría con Robert Pattinson en Good Time, y con el enorme Adam Sandler en la anteriormente mencionada Diamantes en bruto. Y Marty Supreme no iba a ser menos. Aunque aquí el disparo no siempre da en el blanco.
Puesto que, si en la anterior película de los hermanos la acción se comprimía en 24 horas de estrés y ansiedad, en Marty Supreme se diluye durante meses en su prólogo y luego en una semana, donde, especialmente en su segundo acto, la ambición de exprimir la vida de este amargado buscavidas le pasa factura.
La tensión narrativa se reparte en varios set pieces diferenciados, entre los que vemos al personaje de Timothée Chalamet recorriendo de un lado a otro Nueva York en busca de financiación, pero ya no en permanente estado de alerta.

Tal vez su duración tampoco ayude. Aunque el montaje sin frenos de Ronald Bronstein y el propio Josh hace que se pase volando, el exceso —por momentos— de decisiones sobre ciertos personajes, tramas y demás artillería sobrecarga la cinta, especialmente en ese segundo acto.
Aunque, siendo justos, su prólogo y su tercer acto aciertan como un tiro en la búsqueda de esa narrativa estirada como un cable a punto de romperse, acompañada, además, de una gran puesta en escena cámara en mano, «made in NY», ya habitual en las cintas de los hermanos.
This is America
Lo que sí está más afilado que nunca en su filmografía es el discurso de la cinta. Donde se vendía una película sobre soñar a lo grande, se esconden las mentiras de ese maleficio: uno en el que el pobre sigue siendo pobre frente al poderoso; donde la meritocracia es un teatro y el sistema, la respuesta.
Tal vez no sea un dardo novedoso, ni pretenda serlo, pero sí necesario en un momento en el que los gurús han tomado las riendas de la mente colmena de algunos adolescentes y jóvenes que viven subyugados a ese sueño, mientras comen Yatekomos calentados en el microondas de una gasolinera, dentro del coche de su padre. Que, con suerte, irán a verla al cine bajo las premisas de esa misma mentira.
Con todo ello, Marty Supreme no será la mejor cinta de Josh Safdie, y ciertas decisiones lastran su camino hasta ahí, pero tal vez es la película que necesitamos ahora. Y, sobre todo, para Timothée Chalamet. Al cine a verla. Y soñad grande, siempre, pero con cautela.
Estreno el 30 de enero, solo en cines.





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