«Toda acción moral implica una relación con la realidad en donde se lleva a cabo y una relación con el código al que se refiere, pero también implica una determinada relación consigo mismo; […] en la que el individuo circunscribe la parte de sí mismo que constituye el objeto de esta práctica moral, define su posición en relación con el precepto que sigue, se fija un determinado modo de ser que valdrá como cumplimiento moral de sí mismo, y para ello actúa sobre sí mismo, busca conocerse, se controla, se prueba, se perfecciona, se transforma»
Michel Foucault, El uso de los placeres: Historia de la sexualidad, vol. 2 (1984).
Citando también al filósofo francés arranca After the Hunt —Caza de brujas en España, aunque no sea la traducción más adecuada—, la nueva película del fantástico Luca Guadagnino, que regresa a la gran pantalla tras Queer, con un thriller moral protagonizado por Julia Roberts, y que, tras su estreno en el Festival de Venecia, ha levantado todo tipo de reacciones por su complicada temática en la era post-Me Too.
El cineasta italiano siempre ha tendido a cierta provocación temática. Ya lo hizo con Call Me by Your Name, donde la relación de poder que se creaba entre sus protagonistas —de 17 y 25 años— fue tildada por muchos como problemática o romantizada. También en Bones and All y su relación caníbal. O, más recientemente, con Queer, donde lleva a la gran pantalla los relatos de un ya de por sí polémico y complejo William Burroughs. Pero en su nuevo trabajo, la interpelación con el espectador es diferente: nos pone en tela de juicio también a nosotros, como sujetos pasivos de la película.
Sin entrar en detalles específicos de la cinta, nos encontramos en una de las grandes universidades de Estados Unidos: Yale, un lugar de clasismo imperante —económico y cultural—. Julia Roberts interpreta a una profesora de filosofía, cuya alumna de oro, encarnada por la fantástica Ayo Edebiri, denuncia que un profesor de la facultad, interpretado por Andrew Garfield, gran amigo del personaje de Roberts, ha abusado sexualmente de ella.
Arranca así un thriller que gira no tanto en torno a descubrir quién dice la verdad, sino a cómo el personaje de Roberts debe posicionarse ante todo ello.

El dilema moral
After the Hunt es una película compleja, pues sus lecturas pueden llegar a ser radicalmente diferentes. Y, en parte, ese es el juego en el que se adentra abiertamente la cinta. Con un guion escrito por la actriz —y ahora también guionista— Nora Garrett, Guadagnino se sumerge no solo en un terreno moralmente ambiguo, como es el del cuestionamiento de los abusos sexuales, sino también en la posición que debemos tomar en nuestra vida diaria ante ellos, cuando un caso así nos toca de cerca.
Puede que su guion, por momentos, resulte algo pedante –e incluso tedioso– en sus elocuentes y extensos dardos filosóficos dentro de ese entorno clasista que es Yale, pero, más allá del debate que generará al salir de la sala, la cinta no solo se sostiene por su polémica, sino también por el excelente trabajo de Guadagnino al desentrañar la psicología de los personajes escritos por Garrett a través de la puesta en escena.
El cineasta italiano abandona ciertos manierismos que se apreciaban en sus últimos trabajos, dando como resultado una obra más sobria y fría que la sediente sexualidad que desprendían los encuadres de Rivales o Queer. No solo porque, a nivel temático, no habría tenido sentido, sino porque, en un ejercicio muy inteligente, Guadagnino enmarca esas largas conversaciones jugando, no al juego de la verdad, sino al de los secretos que esconden sus personajes, en un entorno donde la racionalidad se premia. Por momentos, todo resulta frío y distante. Cuando las emociones explotan, sus rostros ocupan toda la pantalla. Y en esos debates éticos, Guadagnino muestra mucho más de lo que los personajes llegan a verbalizar.

En parte, la magia de que las dos horas y veinte minutos de metraje se sostengan reside también en el increíble trabajo de una Julia Roberts en estado de gracia, que toma toda la duda, el dolor y la rabia de su personaje y los transforma en una interpretación sorprendentemente sobria y, por momentos, también explosiva. Lo mismo ocurre con Ayo Edebiri, que ya demostró ser una gran actriz en The Bear, pero que aquí lo confirma con una interpretación contenida, algo fría, pero también vulnerable.
Andrew Garfield, en cambio, puede resultar incluso algo sobreactuado por momentos, siendo probablemente el personaje más extremo de la película; aunque, dentro de la propuesta, no desentona en su esfuerzo –propiamente sobreactuado– por justificar sus acciones.
Todo ello, además, viene acompañado del nuevo trabajo de Trent Reznor y Atticus Ross en la banda sonora original, que, aunque no alcanza los cielos del tecno-rave de Challengers, acompaña con solvencia —aunque de forma menos memorable— el nuevo trabajo de Guadagnino.
Debate y polémica
Aunque, de nuevo, y desde la lectura de quien escribe estas palabras, no creo que la película ponga en tela de juicio ni las acusaciones de agresión sexual ni los avances sustanciales del movimiento Me Too, donde cayeron las máscaras de grandes magnates de la industria del entretenimiento en Estados Unidos y se desveló la hipocresía de un sistema que ocultó durante décadas los abusos contra las mujeres.
De hecho, la duda central de la película reside en el lugar desde el que la posición personal interviene en estos casos, sobre todo cuando existe una relación con ambas partes. Y es ahí donde se encuentra el principal dilema moral de la cinta, y el eje emocional por el que transita el personaje de Roberts.
Puede que la cinta no sea obvia en su discurso, también como parte del propio conflicto que Nora Garrett construye. Pero si algo precisamente no es esta película, es una obra de lecturas veloces o sencillas. Sus personajes se encuentran en una constante encrucijada: no saben si lo que hacen es correcto o no, si lo que han dicho lo es, o si deben apartar a una u otra persona de sus vidas.
Porque, además, entran en juego cuestiones de clase, identidad y privilegio que no buscan crear un entramado más complejo, sino lanzar preguntas que no se responden de forma explícitamente directa con palabras, pero sí con la cámara.
Puede que, por momentos, Caza de brujas resulte algo tediosa y pedante entre sus entrelazados diálogos y conversaciones filosóficas, pero su complejidad moral, una puesta en escena brillantemente resuelta y las grandes interpretaciones de su elenco principal sostienen una propuesta concebida para el debate, y también para la provocación. Incómoda. Dará que hablar.






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