El Festival de Cannes siempre ha sido uno de los grandes hervideros de los títulos que acaban marcando la conversación cinematográfica cada año. Ya sea por su calidad, relevancia, discurso o polémicas –Emilia Pérez scare-jump–, el encuentro de cine más importante del mundo no lo es por casualidad.
En la pasada edición, si hubo una película que despertó expectación entre la prensa y la industria, esa fue Un simple accidente. No solo por ser obra de un director tan relevante para nuestro cine contemporáneo como Jafar Panahi, sino porque representa la supervivencia frente al intento de sumisión de un gobierno que lo encarceló y torturó por denunciar sus abusos, dentro y fuera de su cine.
Es por ello que Un simple accidente es una película de doble discurso, interno y externo. Nadie sabía siquiera si su director, escondido en Irán, podría presentar la película en persona el pasado mes de mayo. La propia existencia de esta cinta es un milagro. Y cuando ganó la Palma de Oro en Cannes, otorgada por el jurado presidido por Juliette Binoche, no fue solo una victoria para su cine, sino también para su resistencia. Especialmente porque, en la propia película, esa rabia ante la censura y el dolor está presente, aunque no de la manera en que muchos podían imaginar.

Un complejo accidente
Panahi, en un inteligente ejercicio semi-autobiográfico, construye con Un simple accidente una comedia rabiosa –que por momentos recuerda al mejor cine de Berlanga– sobre un hombre que secuestra a su verdugo para vengarse, pero que, una vez lo tiene retenido, comienza a dudar de si realmente era la persona correcta.
De ahí nace una comedia a contrarreloj en busca de respuestas: no solo sobre si ha elegido bien a su objetivo, sino también sobre por qué tuvieron que soportar la tortura física y mental del encarcelamiento. Por momentos, la película resulta tremendamente divertida y, en otros, profundamente dolorosa.
Sobre todo porque hay un sufrimiento latente en todos sus personajes, traumatizados de por vida por las represalias de un régimen censor, que intentan ocultar para poder vivir con un mínimo de paz.
Y ahí es donde Panahi demuestra su mano autoral: no solo desde el guion –fantásticamente construido entre lo humano, el absurdo y la barbarie– sino también en la puesta en escena, canalizando esa rabia sin mostrarla directamente al espectador, y entrega una película que, pese a sus largos planos secuencia y tiempos pausados, se siente, ante todo, tremendamente entretenida.
Rompiendo las expectativas de una película con esta temática: al inicio podría parecer una «simple» comedia sobre un secuestro erróneo, pero en su segunda mitad imprime un dolor subyacente que atraviesa toda la historia y a sus protagonistas, hasta desembocar en un tercer acto que dejó al Teatro Principal de San Sebastián en completo silencio. Impacto que gesta a lo largo de todo el film, a través de un motivo sonoro cuyo sentido prefiero no desvelar, dado su peso en el desarrollo.

Especialmente en una de las escenas finales, ese golpe de realidad se materializa en una de las mejores escenas del año, encabezada por la impresionante actuación de Maryam Afshari, acompañada por Vahid Mobasseri, quien entrega una interpretación memorable y sorprendentemente tierna.
Y es que ese contraste es en parte lo que hace tan rica la propuesta del director iraní, porque en vez de realizar una película convencional, narra ese dolor a través del humor, una de las pocas cosas que nos conecta a todos como humanidad.
La nueva Palma de Oro
Cuando se anunció que dicha película acababa de ganar la Palma de Oro, muchos salieron clamando que se trataba de un premio político. Y aquí debo incluirme. Pero no como algo necesariamente negativo –aunque siempre deba primar la calidad fílmica sobre el discurso externo–, sino más bien como un aplauso hacia la resistencia de su creador y productores por realizar el filme con la libertad que finalmente se ha podido rodar.
El cine, como todo en esta vida, está inequívocamente influenciado por lo político. Dar una Palma de Oro a una película u otra no es solo una declaración fílmica, sino también un statement social. Al igual que lo ocurrido en este mismo Festival de Venecia con La voz de Hind, que perdió el León de Oro frente a lo nuevo del gran Jim Jarmusch, generando polémica en redes sociales.
Sin embargo, en este caso, y al contrario que con la película anteriormente nombrada, lo nuevo de Panahi sí que tiene el valor cinematográfico suficiente para recibir ese premio, que además posee una importancia cultural más allá de las imágenes.
Y claro que podrá haber debates sobre si había películas mejores, pero quizá el debate debería centrarse más en si había películas que nos hablaran de esta forma sobre cómo la crueldad ha acabado moldeando un país entero. Convirtiendo la barbarie en comedia, el miedo en ternura, y el dolor en memoria colectiva.
Mediaverso en el Festival de San Sebastián | Sección: Perlak






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