¿Sabéis eso del placer culpable? Ese concepto bajo el que muchos se escudan para no reconocer abiertamente que disfrutan de música, cine o literatura que se sale de los preceptos del buen arte.

El academicismo artístico siempre ha provocado que, de alguna forma u otra, podamos llegar a sentirnos inferiores por disfrutar de contenidos que se apartan de lo “que nos tiene que gustar”. Ya ocurrió durante años con la emisión de programas del corazón como el extinto Sálvame, con las telenovelas, o incluso con el cine comercial, siempre bajo la mirada crítica de los más aferrados tuiteros, esos con imagen de perfil extraída de algún fotograma de Tarkovski.

Todo ello, en el fondo, no deja de ser una especie de miedo al disfrute. Un miedo que movimientos como el cine camp o el punk, las TV movies de los noventa, o incluso los musicales más entregados al concepto del género, decidieron esquivar. Y lo hicieron no solo para crear un entretenimiento puro y sin complejos, sino también para levantar un movimiento anti-académico que, incluso, rezuma cierto carácter político. Porque tomarse demasiado en serio a uno mismo siempre acaba lastrandonos. Y con el arte ocurre exactamente lo mismo.

La telenovela de nuestras vidas

Para muchos, The Morning Show es una de esas series guilty pleasure, aunque ha pasado por varias fases. Una primera temporada que surfeaba entre lo telenovelesco y el drama social. Una segunda en la que el drama in-COVID se cargó gran parte del encanto. Y una tercera y cuarta —la que hoy nos concierne— que, tras la renovación de su equipo de guionistas, aceptaron con todas las letras su lado disfrutón.

Algo que, sí, la ha alejado de la conversación de las grandes galas de premios, por ejemplo… pero que también la convierte en una de las series más entretenidas de la temporada. Además, como siempre, con una carga política siempre interesante.

Los nuevos episodios de la serie de Apple TV, que comienzan a estrenarse a partir de hoy, ahondan en algo que ya se dejaba entrever en la temporada anterior: la responsabilidad periodística. Esa que, con la llegada de los grandes oligarcas tecnológicos y el auge del carisma político en la ultraderecha alrededor del mundo, parece más alejada de la imparcialidad que nunca. Contraproduciendo los propios fundamentos del periodismo.

En un mundo cada vez más dividido, ¿dónde acaba la función del periodista? ¿Cómo se ordenan los poderes que sostienen el funcionamiento de una cadena generalista, que vive a los pies de sus accionistas en bolsa? ¿Acaso se puede vivir en un mundo donde la información está inevitablemente sesgada por intereses?

Esas fueron algunas de las preguntas que me venían a la cabeza mientras veía los primeros episodios de esta nueva temporada.

Una temporada donde regresa todo el elenco habitual de la serie: con una Jennifer Aniston en estado de gracia, y una Reese Witherspoon que vuelve como Bradley, aunque con menos fuerza y presencia que en pasados episodios, después de lo ocurrido al final de la tercera temporada. Sin entrar en detalles, tal vez se sienta como el papel más desencajado a nivel de guion de estos nuevos episodios, con tramas que no terminan de funcionar en el engranaje del resto de la serie, que se mueve hacia otros lugares de manera muy autoconsciente.

Sexy desquiciamiento en UBA

Porque, ante todo, estos nuevos episodios —más allá de las preguntas pseudofilosóficas que uno pueda hacerse al verlos— son la temporada más sexy y desquiciada de toda la serie. El menú es completo: engaños, profesionales y amorosos; desilusiones; peleas; relaciones que vuelven, otras que se rompen y algunas que surgen tras todos estos años en UBA. The Morning Show siempre ha tenido algo de eso, pero aquí se muestra más autoconsciente, también en su dirección y tratamiento visual, que si bien se mantiene continuista en gran parte de la misma, por momentos se transforma en escenas donde la carne toma el primer plano.

El valor de la parafernalia

Tal vez por ello, al menos los primeros cuatro episodios resultan probablemente de los más carismáticos de toda la serie: bastante ágiles en tono y forma —salvo por la mencionada trama alrededor de Bradley—, y además con la incorporación de nuevos nombres como el de Marion Cotillard, quien se convierte en uno de los rostros principales de la serie como presidenta de UBA tras la fusión de cadenas, acabando por ser uno de los personajes más grises e interesantes de esta nueva tanda de episodios.

Aún queda mucho por descubrir en los nuevos entresijos de la serie creada por Jay Carson, pero su inicio es tremendamente prometedor, con voz propia y un fuerte sentido político sin caer en lo panfletario. Y eso, hoy en día, no es un placer culpable.

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