Hoy vamos a hablar de la obra de teatro que más tiempo lleva en cartel desde su estreno, sin pausas o cancelaciones, de toda la historia del teatro. Se trata de La Ratonera (The Mousetrap), una obra escrita por Agatha Christie, la famosa escritora de novelas policíacas, quien logró que se representara esta obra por primera vez el 6 de octubre de 1952.

Por aquel entonces, uno de los personajes lo interpretaba un jovencísimo actor llamado Richard Attenborough, ahora conocido por muchos como John Hammond en Parque Jurásico (Dir. Steven Spielberg, 1993) o «El Gran X» en La Gran Evasión (Dir. John Sturges, 1963), además de por haber dirigido la fantástica película biográfica de Gandhi (1982).
Todo esto, lo comento para que os hagáis una idea del tiempo que ha pasado desde la primera representación.

Pero es que, no sólo ha pasado mucho tiempo, sino que durante todos estos años, la obra ha seguido representándose sin pausa alguna (exceptuando ese breve periodo en el que se paró el mundo por la pandemia, cuando nadie podría haber ido a actuar o a verla), encontrando su hogar actual en el teatro St. Martin’s, en el corazón del West End de Londres.
«Pero, ¿por qué escribe sobre esta obra tan vieja?» os preguntaréis. Muy sencillo, porque hace unas semanas tuve la oportunidad de asistir a una representación, concretamente la representación número 29787 (indican el número en el hall del teatro antes de cada sesión).

Y, si alguno ha supuesto que, si estoy escribiendo sobre una obra que he visto, será porque pretendo dar mi opinión al respecto, habrá acertado.
Siendo breve, me divertí como un enano, como le habría ocurrido a cualquiera que disfrute con las historias policíacas.
«¿Por qué?» os preguntaréis. Y tendríais razón al hacerlo dado que, cuando eres seguidor de un tipo de narración, ya sea la policiaca, la de espías, la de terror, la fantástica, o cualquier otra, sabes que no todo lo popular es bueno y que, a veces, incluso los grandes maestros de un género te pueden decepcionar.
Por suerte, en este caso, no ocurre.
Para los que no hayan visto nunca la obra representada, La Ratonera se divide en dos actos que suceden en ambos casos dentro de una misma sala, permitiéndonos sólo conocer aquello que ocurre dentro de ese espacio y obligándonos a fiarnos o desconfiar de lo que los personajes dicen haber hecho durante aquellos instantes en que abandonan dicho escenario. Y para que todo ello funcione hace falta que el reparto esté al más alto nivel, lo que no puedo sino elogiar ya que todos los actores participantes daban la nota con facilidad.

Esto, de por sí, obliga al espectador a ponerse en alerta y tratar de averiguar de quién puede uno fiarse.
Por otro lado, hay que hablar de la puesta en escena y de los recursos que tiene la compañía que produce la obra.
Normalmente, cuando hablamos de valores de producción, todos pensamos en cine o series, ya que en teatro siempre se ha visto que con dos paneles pintados y un vestuario adecuado, se asume que la representación funciona.
Pero esto, en lo que a esta obra se refiere, no tiene nada que ver con la realidad, ya que no sólo el escenario no parece un escenario, sino una habitación real, con suelos específicamente diseñados para cuadrar con lo que ocurre, paredes de verdadero ladrillo, escaleras empedradas de verdad y muebles e, incluso, puertas con apariencia de usadas.
Por ello, la sensación que transmite la obra es de una inmersión total, no sólo porque la apariencia sea real, sino porque a nivel sensorial, los pasos de alguien sobre el suelo del escenario suenan como lo harían en una habitación de esas características, la luz (muy trabajada también) rebota como lo haría al hacerlo sobre superficies del material real, y la resonancia de las voces se parece un poco más a la que tendrían si estuviéramos en la misma estancia que ellos que la que habría si el escenario fuera más sencillo y menos realista.
Además, esta ambientación permite que la puesta en escena sea increíblemente elaborada y, al mismo tiempo, muy inteligente, ya que desde mi asiento pude estimar que, si hubiera estado ubicado en cualquier otro punto, habría podido seguir la historia sin problema alguno , ya que nunca habría visto a un personaje tapar a otro, ni me habría perdido ninguno de los gestos o acciones que pudieran haber llevado a cabo los personajes, lo que nos evita tener que escoger asientos discriminando por visibilidad en lugar de por precio, cosa que es de agradecer.

Una puesta en escena de estas caracterísiticas, aunque parezca muy lógica, no es nada fácil cuando el conjunto de personajes en escena es, en ocasiones, de hasta ocho. Y, si alguno está acostumbrado a ver teatro, sabrá lo poco habitual que es ver que esto ocurre, especialmente cuanto más grande es el número de actores en escena.
Finalmente, no puedo acabar este relato de mis peripecias viendo La Ratonera sin mencionar lo fantástico de la experiencia.
Desde que entras sientes que estás en un teatro que trata de emular la época del estreno, sin que ello signifique que no se haga un mantenimiento para que todo parezca en perfecto estado. A eso le sigue lo que ya he mencionado antes, encontrarte un cartel con el número de la representación que vas a ver, pero también otro con los actores que van a interpretar a cada personaje en la sesión a la que vas a entrar.

Junto a ellos, está la taquilla, donde te pueden dar tu entrada física y lo que podemos considerar una tienda donde te permiten adquirir una bebida, algún que otro recuerdo, y el panfleto de la obra, el cual sellan con el número de representación a la que vas a asistir si así lo deseas.
Una vez en la sala, resulta fascinante encontrarte un panel de madera aislando el escenario del público, en lugar de la tradicional cortina, y en la parte trasera un pub en el que puedes pedir unas pintas, cosa que hicieron la mayoría de espectadores británicos.

Y, por último, la experiencia se completa cuando, al aceptar los aplausos al final de la representación, uno de los actores agradece la asistencia y pide que, manteniendo la tradición de La Ratonera, ahora que sabemos el secreto de quién lo hizo, seamos cómplices y nos lo guardemos.
Así que, si queréis averiguar el secreto y tenéis un buen nivel de inglés, tendréis que ir a ver la obra en el St. Martin’s Theatre del West End de Londres.






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