Las relaciones interpersonales son una de las facetas más complejas del ser humano. Desde que nacemos nos relacionamos, conocemos y amamos; pero conforme vamos creciendo y adquiriendo capacidad de análisis vamos percibiendo conductas que no son compatibles con nosotros y personas que preferiríamos mantener lejos. Esto no debería suponer ningún problema: sacamos a estas personas de nuestras vidas y continuamos viviendo. Sin embargo, el conflicto reside en el cariño que podemos seguir denostando hacia ellas; todo el mundo sería capaz de realizar un ejercicio así con un desconocido, pero hay que tener verdadero valor para hacerlo con un familiar, hermano o mejor amigo.
Nadie, por mucho que presuma de ello, está preparado para algo así; y siempre es necesario apoyo por parte del resto, pero muchas veces la ficción nos puede servir como un reflejo y aprendizaje de cara al futuro. Es por ello que vengo hablar del fenómeno «dejar ir» en la ficción, y como puede ser tremendamente valioso si te encuentras en una situación parecida.
Este año hemos tenido entre las nominadas al Oscar a mejor película de animación la que, para mí, es una de las mejores piezas de la ficción española de los últimos años: Robot dreams. Esta película, dirigida por Pablo Berger y basada en el cómic del mismo nombre de principios de los 2000, nos muestra un relato sencillo y silencioso sobre la amistad, de principio a fin. El personaje principal es un perro, cuya soledad le lleva a comprar un robot para hacerse su amigo y tener compañía. Una vez le da vida, van estrechando su relación: salen todos los días, ríen y bailan al ritmo de «September». Pero esto no es suficiente para el perro, ya que un día deciden ir a la playa; y el agua y la arena comienzan a dificultar la agilidad del robot, hasta dejarlo sin ningún tipo de movilidad, obligando al perro a tener que dejarlo en la playa hasta encontrar la forma de sacarlo de allí.
El tiempo pasa: los días se convierten en semanas, y las semanas en meses; y el robot sigue en la playa, con la imposibilidad de que el perro lo saque de allí debido a su peso. Finalmente, el robot termina siendo rescatado por otra persona y el perro no tiene más remedio que continuar con su vida, junto a otro robot de compañía. Es así que, pese al dolor, ambos continúan: son felices pese a esto. El problema para el robot vendrá cuando, un día de tranquilidad, vea al perro por la ventana de casa. Nada más verlo le llegan de nuevo todos sus recuerdos y el amor que sigue sintiendo hacia él; pero demuestra una madurez absoluta, cuando, consciente de que ambos son felices ahora junto a otras personas, acepta que todo aquello es parte de su pasado, y él necesita no estancarse y seguir adelante. Es aquí, de hecho, donde reside el punto clave: amar los recuerdos que te haya dado esa persona, no renunciar a ellos, y aceptar que son parte de tu pasado y te ayudarán a crecer a nivel individual, aunque de ahora en adelante la persona a la que querías no vaya a estar a tu lado.
Por supuesto, esta no es la primera obra de ficción en la que se habla de este tema; entre las más conocidas tenemos La la land o 500 days of summer, pero ambas tratan el tema desde una perspectiva romántica, y creo que es muy necesario que sigamos siendo conscientes de que esto no solo pasa en el amor, sino en cualquier relación interpersonal en la que dos personas compartan tiempo y espacio. Todo tiene un fin, y muchas veces se nos olvida que la gente a la que queremos no va a estar a nuestro lado para siempre.
En definitiva, pese al dolor y la melancolía que pueda generar una situación así, muchas veces la perspectiva más sensata ante la imposibilidad de solucionar el conflicto es esta: dejar ir. Dos personas que se han querido siempre lo harán de alguna forma, pero hay veces en que el amor es esto también; y en cuanto aceptemos que manteniendo a cierta gente lejos podemos conseguir que ambos seamos felices desde la lejanía, todo este proceso se hará más sencillo y maduro.






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