Los que se quedan (‘The Holdovers’, 2023) es la película más reciente del director Alexander Payne, conocido por Entre copas (2004), Los descendientes (2011) o Nebraska (2013).
En esta historia, protagonizada por un Paul Giamatti que colabora de nuevo con el director casi veinte años después de la primera vez, la gran Da’Vine Joy Randolph a la muchos conocerán por su papel en la brillante Sólo asesinatos en el edificio, y por un joven debutante llamado Dominic Sessa, es la historia de aquellos solitarios a los que parece que nadie quiere en Navidad.
La mayor parte de la historia se desarrolla en un internado de Nueva Inglaterra en el que el personaje de Sessa se ve obligado a quedarse en la escuela durante las fiestas navideñas al descubrir que su madre se va de vacaciones sin él. En sus dos semanas en el internado, se ve obligado a lidiar con la única compañía del muy amargado profesor de Historia Antigua, de ojo danzarín y serios problemas con el mundo al que interpreta Giamatti, y de la cocinera de luto por la muerte de su hijo interpretada por Da’Vine Joy Randolph.

Esta, al igual que anteriores películas de Payne, es un relato sobre personas gestionado con una eficacia y un talento poco frecuentes en el cine independiente actual.
Las interpretaciones de los actores, algunas de las cuales han sido ya justamente premiadas, son fantásticas, permitiendo (en la humilde opinión de este escritor) que incluso un público acostumbrado a explosiones o persecuciones cada cinco minutos pueda sentir saltos emocionales y mantener el interés en una película que no trata de otra cosa que de gente.
Es por eso que hay que decir que Payne está brillante en la película, combinando momentos tiernos, con otros cómicos o trágicos sin ningún problema y demostrando una técnica para gestionar los momentos que no es habitual en el cine independiente actual, acostumbrado a la cámara en el hombro y la sucesión constante de primeros planos sin ninguna razón.

Pero es que no sólo de dirigir actores vive este gran director, sino que, además, técnicamente la película es exquisita.
El periodo en el que se desarrolla la trama es el de las Navidades que ocurrieron entre 1970 y 1971. Cualquier otro director habría optado por hacer lo que normalmente calificamos como una «película de época» en la que se habría vestido muy claramente todo con elementos del periodo hasta llegar al exceso.
En cambio, el planteamiento de Payne es otro: hacer que la película pueda pasar por haber sido hecha en 1970 asegurándose de que todos los elementos parecen propios del día a día de los personajes y su mundo.
¿Cómo logra esta hazaña en un mundo de historias de época fotografiadas de la forma más moderna posible y recargadas de decoración y vestuario que parecen totalmente nuevos y recién fabricados?
Su primer paso, desde el inicio, son los carteles de las productoras, llevados de vuelta a aquellos que se emplearon en los años setenta, así como jugar con el cartel del copyright indicando que se registró en 1970 en lugar de 2023.
A continuación, la siguiente impresión es auditiva, pues en un cine con muy buen equipo de sonido pude percibir que no existía mezcla en estéreo sino que, siguiendo los estándares de los primeros años de la década de 1970, una película independiente se mezclaba en mono.

En tercer lugar, está el aspecto de la imagen, rodada en una relación de aspecto muy empleada por Kubrick o el cine europeo de los sesenta y setenta, el 1,66:1, un recuadro bastante similar al 16:9 de hoy pero que se alejaba en su momento del estándar de producciones caras panorámicas, e ideal para juntar dos o tres personajes en el plano, así como para mostrar rostros.
A este punto de la imagen hay que sumarle alguno más: el uso de lentes desarrolladas en la propia época y empleadas en cine independiente del momento, como en Taxi Driver; el empleo del 50mm para los primeros planos, la lente más habitual para fotografiar retratos entre 1960 y 1980; el uso de los «crash zooms» que tanto le gustan a Tarantino por cambiar rápidamente de un primer plano a uno general o viceversa; y las transiciones con fundidos que se han ido abandonando con los años y que aquí, como entonces, se emplean para mostrar el lento paso del tiempo.

Por último, y no por ello menos importante, aun estando ante una película rodada digitalmente, el tratamiento del color y la imagen es perfecto, replicando de forma impecable el aspecto que tienen los clásicos del cine independiente setentero que seguimos viendo hoy.
Aún así, la principal fortaleza de la película no es su estética setentera, sino la historia que cuenta, un brillante relato de la soledad y la familia escogida con algunas de las mejores interpretaciones que se hayan podido ver, incluyendo un debut como actor co-protagonista que apunta muy alto.
Si podéis verla en pantalla grande, descubriréis un nuevo tipo de cine del que querréis ver más.






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