Es curioso cómo cada año parece que hay una temática común que sobrevuela algunos de los proyectos más interesantes de cada cosecha. Funciona más como una elucubración casual que como algo premeditado, pero habla mucho de cómo las problemáticas sociales cambian a través del tiempo y del cine.

En 2024, el tema fue la muerte digna: La habitación de al ladoPolvo seráLos destellosEl último suspiro… por nombrar solo algunos títulos. Y, en este año que está por terminar, muchas películas han navegado por las crisis de adicción de los años 70 y 80 y la masacre epidémica del sida, además de hacerlo de formas y tonos muy distintos, como el realismo mágico de Romería, el wéstern de venganza en La misteriosa mirada del flamenco, comedias sobre vivir sin rumbo como Urchin, o las visiones radicales de la serie Silencio o Alpha, la nueva película de Julia Docurnau.

Docurnau, en su corta carrera, ha dedicado esfuerzos a confeccionar comings of age que rebasan los estándares de una etiqueta que todos conocemos. A través del cuerpo, su destrucción y su lirismo, en sus dos primeras películas, Crudo y, especialmente, Titane, abordaba de forma extrema y ciertamente críptica temas como la bulimia, el género o la familia, siempre desde lo íntimo.

Sin embargo, en Alpha, desplaza ese foco hacia algo mucho más generacional y colectivo: una niña en un mundo de adultos al que no pertenece y que, como otros tantos jóvenes de la época, acabó adentrándose sin casi siquiera saber lo que significa estar allí.

No es la primera película que narra la crisis de los opioides, la heroína y la incipiente expansión del VIH a nivel mundial. De hecho, es probablemente una de las temáticas más recurrentes del —por poner un simple ejemplo— cine queer, en cintas y series como 120 pulsaciones por minutoIt’s a SinPose, el documental La belleza y el dolor, o una de las más recordadas, Filadelfia, de Jonathan Demme.

¿Qué podía entonces hacer Docurnau en esta nueva película? ¿En una temática tan masticada por cientos de proyectos a nivel mundial? Pues hablar de la pérdida como algo no unidireccional hacia el recuerdo o la nostalgia, sino como algo tangible, férreo. Como esculturas de mármol que no se esfuman: se fracturan, se exponen, se restauran, pero no se pueden borrar. Solo erosionar con el tiempo.

Espaldas de mármol

Docurnau narra la historia de Alpha, una niña que vive en una pequeña ciudad de Francia en plena crisis de la heroína y las epidemias del VIH. Ella acaba siendo tatuada en medio de una fiesta llena de drogas, poniendo a su madre, médico especializada en la epidemia, en alerta ante un posible contagio por el contacto con una aguja contaminada. Ese miedo retrotrae el recuerdo de su hermano fallecido por esa misma enfermedad, que en la película convierte a los enfermos en estatuas de mármol cristalizadas.

El mármol es el elemento clave de Alpha. No solo porque sea visualmente impactante y creativo, sino porque en su específica elección se articula el discurso completo de una película arriesgada; no tanto en formas, como en sus anteriores trabajos, sino en su narrativa y en los temas que la sobrepasan.

Por momentos, Docurnau convierte la cinta en un melodrama familiar algo confuso, que acaba articulando en una media hora final para intentar dar sentido no tanto a la película, sino a los pensamientos de la verdadera protagonista —la madre de Alpha—. En una conclusión que la eleva a un plano poético y sensorial, desmontando todo lo que hemos visto en sus dos horas de duración.

¿Eso la convierte en una película fallida? Imperfecta, como todo. Y menos redonda que sus anteriores filmes. Pero también con un compromiso férreo por parte de la directora en entregar una propuesta algo más accesible en comparación con sus largometrajes anteriores, aunque construyendo un puzzle que muchos podrían calificar de pretencioso, pero que, personalmente, prefiero titular de arriesgado.

Visualmente es sucia; incluso algunos podrían calificarla de «fea». Con contrastes donde el color es el recuerdo y el presente es más oscuro, en un juego de reevaluación cognitiva que plantea Docurnau a través del trabajo de su habitual director de fotografía, Ruben Impens. Que, aunque algo evidente, funciona dentro de los términos de una propuesta menos lírica que Titane, pero más abiertamente comprometida y rasposa que sus anteriores trabajos.

Además, continúa siendo un proyecto comprometidamente pop, especialmente en esas canciones —completas— que resuenan empastadas en varios momentos de la película y que revuelven aún más una obra sobrecargada de temas y reflexiones; algunas obvias y otras en las que solo el poso hará el resto. Con intérpretes completamente entregados a la causa, especialmente sus principales protagonistas: la revelación de Mélissa Boros, la fantástica Golshifteh Farahani y Tahar Rahim, en el que probablemente sea su mejor papel hasta la fecha.

El destino de Alpha

Alpha es la historia del mundo en el que muchos vivieron y se esfumaron. Pero también el de sus familias. El de sus miedos. El de la vergüenza, de la que también hablaba Carla Simón en Romería. El que hemos querido tapar para poder vivir sin pensar qué estúpida fue esa persona por sus errores. Pero, como reflexiona aquí la francesa, ¿acaso fueron decisiones erróneas de uno, o el empuje de un sistema? Y ese mismo sistema, ¿fue consecuente con lo que ocurrió? ¿Se destinaron los recursos necesarios? ¿Pudieron no solo curar a un enfermo, sino… curar un mal social?

Tal vez no haya respuestas claras. Sobre todo cuando los estigmas paralizaron a una parte de la sociedad, especialmente privilegiada, que vivía eyectada de ese mismo mal. Por eso, sus recuerdos viven paralizados entre el miedo, la ira y el perdón, en una sociedad enferma de forma estructural que permitió que la crisis fuera lo que fue.

Un riesgo mayúsculo, intenso y enardecido que, en sus imperfecciones, construye una película extrema; pero no en sus charcos de sangre, sino en la radicalidad de encontrar belleza en el dolor.

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