Alauda Ruiz de Azúa se ha consolidado como una de las cineastas más prolíficas del cine español contemporáneo. Tras su notable ópera prima, Cinco lobitos, y la fantástica serie Querer, la baracaldesa vuelve a colaborar con Movistar Plus+ para llevar a cabo su tercera película, Los domingos, que se alzó con el gran premio del pasado Festival de San Sebastián. Con ella alcanza un nuevo escalón en su corta pero interesante carrera autoral, en un familiar e íntimo retrato de la fe en la España actual y nuestra relación con la Iglesia.

Curiosamente, hace un par de años, por estas mismas fechas, la propia Movistar Plus estrenaba otro de los grandes proyectos españoles de lo que llevamos de década: La Mesías. Javier Calvo y Javier Ambrossi, que ahora están en plena producción de su nuevo largometraje La bola negra, conquistaron a la crítica y al público con la particular historia de una familia en la que la manipulación a través de la fe acabó destruyendo por completo a cada uno de sus miembros.

En este caso, Alauda nos sitúa en un contexto muy distinto: una familia acomodada en la que una joven de 17 años, interpretada por la actriz novel Blanca Soroa, debe decidir entre ir a la universidad o atender una llamada religiosa, ingresando como monja de clausura en un convento en plena naturaleza. Esto desata un conflicto familiar que enfrenta a la Iglesia, a su padre y a su tía, interpretada por la grandísima Patricia López Arnaiz.

La fe en tiempos de Quevedo

Los domingos es una película creada para el debate. No porque sea una propuesta necesariamente provocadora, sino porque, desde su propia concepción y discurso, mantiene un hábil distanciamiento respecto a la posición que podría llegar a tener su directora.
Es una cinta llena de matices, en la que no existen los buenos o los malos, y en la que hay más preguntas que respuestas.

En este panorama gris, donde los personajes solo buscan lo que consideran mejor para el futuro de Ainara, su protagonista, la historia acaba dando pie no solo a una reflexión sobre cómo encarar la fe en estos tiempos, en los que el mundo se mueve en direcciones cada vez más radicales, sino también sobre cuál es la posición del agnosticismo y si la religión libera o encarcela.

Para ello, Alauda recurre a una puesta en escena fría y sin manierismos, siguiendo la línea de sus anteriores proyectos, pero con cierta madurez estilística en este cada vez más habitual «naturalismo vasco».
Deja espacio no solo al conflicto íntimo de una joven que duda entre dos caminos vitales, sino también a una ternura silenciosa que atraviesa a todos sus personajes. En la que, cada uno de ellos intenta comprender no solo el origen de esa llamada religiosa, sino también por qué alguien, hoy, podría sentir el deseo de apartarse del mundo.

La película respira en esos pequeños momentos de pausa, donde entre el dolor y el silencio se cuela el amor. Muchos de ellos de la mano de la tierna relación entre abuela y nieta — con una luminosa Mabel Rivera—, que aporta calidez a un relato dominado por la contención.
En el fondo, todos quieren lo mejor para Ainara, aunque sus deseos se enfrenten a sus propias convicciones. En esta familia donde lo conservador y lo progresista colisionanel miedo no es que la joven se encierre, sino que, con el tiempo, llegue el arrepentimiento; que descubra, entre rezos y rosarios, que eligió un camino sin retorno.

Una película de actuaciones

Sobre un guion que late en la duda se alzan las interpretaciones de un reparto impecable. Alauda Ruiz de Azúa, siempre meticulosa en el trabajo actoral, vuelve a sacar lo mejor de sus intérpretes, encontrando esa verdad en los silencios y en los gestos mínimos.

En medio de esa contención emocional que recorre la película, la película consigue ser profundamente emocionante gracias a una grandísima Patricia López ArnaizNagore Aranburu —brillante en su papel de monja reclutadora— y Miguel Garcés, que da vida con crudeza y vulnerabilidad al padre distante de la protagonista.
Aunque es Blanca Soroa quien sostiene el corazón de todo el relato, moviéndose con naturalidad entre la fragilidad y la convicción, entre la fe y el miedo. En su primer papel como actriz frente a las cámaras.

En un mundo cada vez más dividido, Alauda construye una sinfonía de matices, una película en la que no hay respuestas cerradas, solo preguntas que resuenan más allá de la pantalla. Sus personajes se debaten entre intervenir o permanecer al margen, en esa frontera incierta donde la fe puede ser refugio… o prisión. Contenida, emocionante y profundamente humana. Una Concha de Oro más que merecida.

«Quédate».

Puntuación: 4 de 5.

Mediaverso en el Festival de San Sebastián | Sección Oficial (Concha de Oro)

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