Ayer, a las seis de la mañana, me paseaba por las bellas calles de Donosti aún de madrugada. Acababa de llegar a esta ciudad del cine después de varias horas subido a un autobús infecto, sin apenas haber dormido. En mis auriculares sonaba una de mis playlists fetiche: la música de The Worst Person in the World. La misma que escucho ahora en la sala de prensa, antes del siguiente pase del día, mientras escribo estas palabras.

Con muy pocas películas me pasa esto: que me quede con su música —sea original o no— y la integre en mi vida diaria. Pero aquellas melodías, de todos los géneros y formas, que sonaban de fondo mientras asistíamos a la destrucción y el renacimiento de Julie, siempre me han llegado mucho. Lo mismo que la película que dio fama a Joachim Trier, el director del que hoy también hablaremos.

De origen danés y con apenas seis proyectos como director a sus 51 años, Trier se ganó la atención del público y de la prensa internacional gracias precisamente a aquella película, presentada en la Sección Oficial de Cannes en 2021. Su actriz protagonista, Renate Reinsve —quien repite como papel principal en la cinta que hoy nos ocupa— se llevó allí el premio a Mejor Actriz. Desde entonces, su ascenso ha sido meteórico: dos nominaciones a los Óscar y el respaldo internacional necesario para rodar su siguiente proyecto, Sentimental Value.

El peor padre del mundo

Sentimental Value es una película de resquebrajos: de esos pequeños conflictos que acaban engendrando un mal venenoso en una familia; de cómo, por mucho amor que exista, el odio puede hacerse más fuerte; y de cómo la distancia puede hundirnos en la soledad o el extravío, avanzando sin rumbo y sin destino claro. Todo ello a través de un triángulo emocional que engloba a dos hermanas y un padre, todos vinculados al mundo del cine de formas distintas desde el inicio de la cinta. Pero unidos únicamente por una cosa: el silencio.

Ante todo, estamos frente a una película de actores y actrices. Renate Reinsve regresa junto al director que la lanzó al reconocimiento internacional, interpretando a la hermana que ha dedicado su vida al arte, principalmente al teatro. Por otro lado, Inga Ibsdotter Lilleaas encarna a la hermana con una vida más convencional, completamente alejada del mundo del espectáculo. Y, finalmente, Stellan Skarsgård da vida al padre, un director de cine, en el que quizá sea el mejor papel de su carrera.

A ellos se suma la fantástica Elle Fanning, que interpreta a una actriz dentro del universo de la película. Todos juntos construyen un drama familiar que por momentos evoca al cine bergmaniano y en otros se acerca al melodrama, especialmente gracias al uso incisivo de la música en ciertas escenas. Sus imperfecciones y lirismos son apenas pequeñas piedras en el camino de una película que logra conmover desde un pragmatismo —y, a ratos, una frialdad— que no busca la emoción inmediata, sino la compasión del espectador.

Resquebrajos en la pared

Que las interpretaciones sean el motor de la cinta no resta valor al trabajo de puesta en escena y al apartado técnico de Trier y su equipo. En una evolución lógica respecto a su anterior película, el director noruego no solo propone un retrato cámara en mano de sus personajes —marca de la casa—, sino que también construye una narrativa alrededor de los espacios. Lugares como la casa de las protagonistas o el mar adquieren vida propia y se convierten en parte fundamental de los conflictos, algo que Trier deja claro desde los primeros minutos.

En esta tarea resulta clave Kasper Tuxen, que vuelve a encargarse de la fotografía tras su excelente trabajo en La peor persona del mundo. Aquí ofrece una continuidad estética respecto a aquella, aunque con una mayor madurez visual y, en ciertos momentos, un uso del color más atrevido.

Aunque puedan existir similitudes, no estamos ante una secuela espiritual de su anterior trabajo. Ni en forma ni en fondo. Trier, nuevamente acompañado en el guion por su colaborador habitual Eskil Vogt, firma aquí una película coral, con muchos personajes. Incluso algunos que, sin aparecer nunca en pantalla, se mantienen siempre presentes en las paredes de esa casa.

Si La peor persona del mundo exploraba el paso hacia la verdadera adultez, sus dudas y la belleza oculta de la autodestrucción, Sentimental Value se adentra en otra etapa: la de la madurez. Allí donde los silencios que un día guardamos ante la injusticia terminan acumulándose hasta corroernos y, casi, paralizarnos. Todo ello con un carácter más frío que en los trabajos previos de Trier.

Una herida abierta

Y quizá ahí resida uno de los mayores logros de esta cinta: no es lo que probablemente esperas —porque en mi caso tampoco lo fue—, pero termina conquistándote a lo largo de sus casi dos horas y cuarto de metraje. Para algunos espectadores puede suponer un reto, ya que su ritmo es pausado y busca la emoción desde un lugar distinto al de los anteriores trabajos del director. Pero ese rezo a la cura familiar, sostenido por el impresionante trabajo de su elenco y por los lirismos de la puesta en escena, convierte a Sentimental Value no solo en un proyecto interesante, sino, tal vez, en la mejor película de Joachim Trier.

Mediaverso en el Festival de San Sebastián | Sección: Perlak

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