Siempre he sentido un extraño rechazo hacia el concepto del superhéroe bondadoso. No sabría explicar exactamente por qué, pero me ha acompañado desde la infancia. Esos héroes casi invencibles, cuya franqueza y sentido del deber rozan lo inhumano, se presentan como justicieros altruistas sin admitir —al menos no de forma consciente— el ego que, en realidad, les infla el pecho cada vez que escuchan un «¡ayuda!» a kilómetros de distancia. Nunca logré conectar con lo que siempre me pareció una forma de narcisismo gris, disfrazado de hazañas valientes y mallas demasiado ajustadas. Quizá por eso repetí tantas veces que odiaba a Superman, aunque probablemente solo era fruto de mi desconocimiento de su verdadera idiosincrasia.
Por eso mismo, siempre me mantuve alejado de los grandes cómics clásicos del personaje. Incluso cuando se anunció esta película —y pese a que amigos me recomendaban historias clave— apenas logré terminar un par. Sin embargo, a pesar de mi recelo hacia el tipo de figura que representa, resultaba imposible apartar la mirada de un proyecto firmado por Gunn, alguien criado en los márgenes más salvajes de la Troma y siempre al filo de lo políticamente incorrecto. Encargada a uno de los directores más relevantes y con más personalidad del subgénero actual, comprometido con el matiz y lo político, esta película quizá era más necesaria de lo que podíamos imaginar.

La bondad como acto subversivo
Superman siempre ha sido una especie de estandarte idealista de la cultura estadounidense: un símbolo de libertad. La imagen del inmigrante que llega para construir un mundo mejor; una metáfora de los cimientos sobre los que se erigió Estados Unidos.
Ahora, en un momento que parece elegido con precisión casi divina, su regreso al cine contrasta con una ideología dominante que ya no apoya al otro, sino que lo teme, lo señala y lo convierte en enemigo. Él, venido de otro planeta, tiene como única misión ayudar a unos seres que, en parte, le miran con recelo por no ser de este mundo. Y aun así lo hace, como encarnación viva de un idealismo que hoy resulta casi subversivo.
Gunn, con perspicacia e ironía, aprovecha esa figura no solo para hablar del inmigrante, sino también del poderoso. De ese que ya no necesita matices para justificar su ambición. Durante años pedimos villanos grises, complejos, pero la realidad ha hecho lo contrario: algunos poderosos se han convertido en caricaturas de una maldad sin filtros, capaces de arrasar con todo solo para aumentar sus márgenes de beneficio. Frente a ellos, Superman actúa por puro principio. Y eso, en estos tiempos, es profundamente político.
La película no tiene miedo a mostrarlo. Aunque la complejidad con la que se aborda el tema no es mayor que la de una aventura familiar, donde el viaje del héroe se cumple de principio a fin. Sin embargo, tal vez sea precisamente esa sencillez lo que permite que el mensaje llegue a más generaciones y personas. Aun así, en ciertos momentos, esa misma sencillez generalizada se convierte también en su propio enemigo.

El viaje del héroe
La primera mitad de la película peca de necesitar explicar demasiado y contar poco. Por momentos, parece que la única forma que ha encontrado su director y guionista para establecer las bases —tanto del contexto interno de la propia cinta como del futuro universo—, sin hacer compleja la experiencia, es lanzar dicha información al espectador a lo bruto. Peca de reiterativa y sobreexplicativa, con monólogos completos donde los personajes necesitan, por fuerza mayor, mostrar sus inquietudes y aspiraciones constantes, sin dejar mucho hueco al propio análisis del público. Algo que cambia, sin desaparecer nunca, con la entrada de cierta sutileza en su segunda mitad, donde la cinta comienza a respirar poco a poco.
Tal vez sea un mal necesario para el amplio público al que aspira esta cinta, pero otros proyectos que apuntaban a la misma diana lograron encontrar un mejor equilibrio. Aquí hay tal saturación de conceptos —con la intención de presentar no solo el universo, sino también las piezas con las que Gunn pretende jugar en la propia cinta— que resulta difícil desarrollarlos todos en apenas dos horas. Esto no solo entorpece la narración por momentos, sino que también condiciona el propio estilo del director.
Acostumbrados a su humor soez, la saturación musical y la violencia explícita, Gunn, en un posible acto de madurez estilística, dedica la primera hora a explicar todo lo necesario para no descolocar al público con tanta información, pero está tan concentrado en ello que acaba sintiéndose algo vacía e impersonal. No es hasta la segunda mitad cuando empezamos a reconocer verdaderamente su pluma: la del director de una de las trilogías superheroicas más importantes y aclamadas del siglo, Guardianes de la Galaxia. Sin llegar a los extremos vistos en The Suicide Squad o Peacemaker —porque aquí juega en otra liga—, aparece comedia mejor construida, grandes temazos pop, ironía y una emoción genuina nacida de la necesidad de hacer el bien.

La personalidad en el mainstream
Aunque visualmente su impronta está presente desde el minuto uno, la película recuerda especialmente a la tercera entrega de la saga que lanzó a Gunn a la fama (Guardianes de la Galaxia Vol. 3), con deformaciones visuales, uso de lentes gran angular, movimientos de cámara veloces y un montaje picado que se ha convertido en su sello personal. Es una película que no baja jamás su ritmo: dos horas que pasan volando y casi sin que te des cuenta. Además de darle un look muy particular que la distancia de los grandes blockbusters estrella de la última década.
En el cine de superhéroes actual es muy complicado innovar dentro de las grandes escenas de acción que hemos visto en la última década. Y aunque Gunn no reinventa la rueda, demuestra un gran pulso para narrar una violencia cruda sin necesidad de recurrir a lo explícitamente sangriento. Hay una escena en particular —probablemente la más oscura del film— que, en medio de tanta fantasía, impacta profundamente por su tono y conecta de nuevo con la idea del poderoso como un ser sin miedo a la violencia.
En la fotografía, Gunn vuelve a contar con un habitual en todas sus cintas desde Guardianes de la Galaxia Vol. 2: Henry Braham. Contrario a la tendencia oscura y dramática que hemos visto en los últimos años en el cine de acción, Braham abraza el color sin importar si resulta poco realista para algunos espectadores, buscando ese aire comiquero que se refuerza a lo largo de toda la película. Esto se evidencia especialmente al ver a la mayoría de los personajes vistiendo de manera formal y colores grisáceos, mientras Superman parece un niño aislado intentando salvar el mundo.

Sin miedo al éxito
Porque sí, Superman (2025) no tiene miedo de abrazar lo ridículo, kitsch y pop que supone que el hombre más poderoso del mundo use calzoncillos rojos por encima del traje. De hecho, se ríe de ello, al igual que hizo Joel Schumacher, pero de forma mucho más extrema, en su Batman y Robin (1997). En conjunto, la película parece sacada de un episodio de aquellas series animadas o cómics donde lo sobrenatural y lo imaginativo entraban sin temor. Probablemente sea la película más sci-fi que hemos visto del personaje en acción real, con kaijus gigantes, portales y mucha imaginería propia de una cinta noventera de ciencia ficción. Esa honestidad es uno de sus grandes valores, porque no pretende cambiar el género, sino traer de nuevo un tipo de película que hace tiempo no se ve en el mainstream: un entretenimiento veraniego que llegará a muchísimas personas.
También vuelve a colaborar con Gunn el compositor John Murphy, quien recupera el tema original de John Williams como leitmotiv central de la cinta. Aunque su composición no resulta especialmente memorable más allá de la inclusión de este tema icónico —obra, probablemente, del compositor más influyente del blockbuster americano contemporáneo—, funciona a la perfección a lo largo de la película. En lugar de recurrir a la abundancia de canciones no originales, como en anteriores trabajos de Gunn, aquí se opta por un enfoque más clásico y orquestal, más cercano al cine superheroico tradicional. Lo que refuerza el tono solemne y emocional que tiene la cinta por momentos, pero perdiendo algo de personalidad.

Gran parte de la cinta se sostiene sobre los hombros de un elenco muy bien seleccionado: David Corenswet encarna al hombre de acero con gran solvencia, en su versión más humanista y emocional, mostrando una química radiante junto a la carismática Rachel Brosnahan. En los ojos de Corenswet, por momentos, se vislumbra a una persona solitaria, rota e incluso abrumada por los acontecimientos, reforzando así la idea de llevar a tierra la humanidad de un personaje que parecía invencible. Pero quien realmente se lleva el protagonismo es Nicholas Hoult, que, tras una carrera imparable en los últimos dos años, entrega una actuación memorable como el supervillano de la cinta, Lex Luthor, completamente despiadado.
Todos, incluido el elenco, dan vida a una cinta que, a pesar de sus imperfecciones y de las trabas que a veces parecen imponerse a sí misma, logra emocionar. Su mensaje es contundente y la segunda mitad tan efectiva que crean una experiencia que hará feliz a mucha gente durante estas semanas de calor infernal, aunque no termine por ser del todo memorable.
Parafraseando a Clark Kent, parece que el nuevo punk es la bondad. Porque en un mundo cínico, un héroe sincero y desinteresado resulta hoy casi subversivo. Quizá por eso nunca conecté con él en el pasado, pero hoy, es más político que nunca.






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