“La llamo mañana mejor”, “En otro momento lo hago”, “Ya otro día quedo con ellos”: afirmaciones que todos, en nuestro día a día, hacemos más de una vez. Y es que el ser humano es procrastinador por naturaleza; tendemos a posponer todo con tal de escapar del presente y huir a un futuro que, en nuestra mente, será mejor. ¿Pero y qué si ese futuro imaginario al que enviamos todo se desvanece ante nosotros? ¿Qué ocurre entonces si el presente del que queremos escapar constantemente es la única realidad que nos queda?
Partiendo de este concepto, John Crowley nos regala una cinta que, si bien puede recordar a otras historias melodramáticas que hemos visto en Hollywood con anterioridad, desafía al género con una sensibilidad muy especial. Con Andrew Garfield y Florence Pugh como protagonistas, la cinta emana una sensación de realismo y espontaneidad entre la pareja que es verdaderamente complicada de lograr a la hora de crear ficción.
La premisa es muy simple: Tobias y Almut son una pareja enamorada que se casa, tiene una hija y, cuando parece que todo va increíblemente bien, ella es diagnosticada con cáncer. Una historia que, si bien es dura, no deja de ser el relato melodramático prototípico que tenemos todos en mente. Hemos visto ya en múltiples ocasiones historias de este tipo, en que alguien es diagnosticado con cáncer y cuyo desarrollo gira entorno al dolor que produce algo así para su entorno. Pues bien, aquí está el verdadero punto a destacar de la película: la distinción a la hora de contarlo.
El montaje es la clave absoluta de todo este asunto. No es lineal, por lo que la película comienza a saltar a momentos específicos de la relación durante 10 años: desde que se conocen hasta que finalmente ella fallece. Aunque a simple vista pueda parecer caótico, en cuanto el espectador entra a la propuesta comprende de inmediato que todo esto tiene una intencionalidad muy concreta; y es la de hacernos sentir parte de toda esta conexión romántica como si estuviéramos dentro de la propia relación; casi como si estuviéramos en algún punto futuro de nostalgia, recordando todos los momentos ya pertenecientes al pasado.
Volviendo a las interpretaciones, Pugh en concreto destaca por su trabajo, dando la que, para mí, respetando a la de “Midsommar” y “Little Women” es una de las mejores actuaciones de su carrera. Garfield también está genial, y admiro por encima de todo la química entre ambos, que prácticamente salía de la pantalla en ese teatro de Donosti cuando la vi por primera vez.
La carga emocional de la película se ve incrementada, además, por la forma en que Crowley comienza a deconstruir la vida de estos personajes y, sobre todo, la de Almut. Es maravillosa la forma en que, tras un conflicto de este calibre, ambos personajes terminan decidiendo que la mejor solución para todo es, sencillamente, vivir el momento. Seguir trabajando. Seguir cocinando. Seguir cuidando. Seguir amando.
Vivimos constantemente abstraídos del mundo que nos rodea; alienados de todo y todos, y, de vez en cuando, tenemos que permitirnos parar y vivir. Cerrar los ojos, respirar y sentir todo lo que tenemos a nuestro alrededor. Porque quizás mañana ya no tengamos oportunidad para hacerlo.






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