A mediados de 2023, me topé con un tweet deslizando a las dos de la mañana que me recordó la existencia del documental Pamela Anderson: Una historia de amor (2023). Siempre me ha interesado la historia y vida de uno de los mayores iconos de la televisión noventera, y su caída mediática tras la filtración de una cinta sexual con su pareja de aquel entonces, Tommy Lee. Sin pensarlo mucho, entré a Netflix y le di al play. Acabaron siendo las cuatro de la mañana, llorando emocionado al ver a Pamela de regreso sobre un escenario, y esta vez, aclamada por el público. Ese documental me sorprendió y se grabó, en cierta medida, dentro de mí, tal vez por la entereza con la que la actriz y modelo narraba su vida, o por esas extrañas casualidades que hacen que a uno le impacten más ciertas series o películas. Desde entonces, proceso un especial cariño hacia Anderson y su figura.

Pamela fue alzada y posteriormente asfixiada por un enemigo común con otras grandes figuras en la década de los 2000: la industria del entretenimiento estadounidense. El neoliberalismo salvaje impulsaba estrellas latentes para luego abandonarlas a su suerte, como si no les hubieran dado miles de millones de dólares. Eran abandonadas porque pasaban de moda, se volvían mayores, o simplemente se negaban a lo que parecía que estaban destinadas a hacer en una industria que esconde lo brutal entre diamantes. Anderson fue el ejemplo de ello. Parece que solo se acordaron de ella para un pequeño cameo en el remake de Los vigilantes de la playa (2017), donde, aunque suene paradójico, ni siquiera llegó a decir una sola palabra.

Varios meses después de ver el documental, me llegó la noticia de que la canadiense iba a protagonizar su primera película en más de dos décadas, The Last Showgirl (2024), dirigida por Gia Coppola, nieta del mítico director de El Padrino (19729 o la reciente y polémica Megalópolis (2024). Aunque su filmografía es breve, habiendo dirigido varios videoclips y tres largometrajes anteriores a este, tiene varios proyectos interesantes dentro de la estela indie estadounidense, como la película Popular (2020), protagonizada por Andrew Garfield.

Probablemente este sea su proyecto más importante a nivel mediático hasta el momento, no solo por la cinta en sí, sino por lo que implica resignificar a alguien como Pamela Anderson, y llevándola hasta premiaciones como los Globos de Oro —donde estuvo nominada a mejor actriz en película dramática— o a festivales internacionales de todo tipo, como el de San Sebastián, donde tuvimos la oportunidad de ver la película que llegará a los cines españoles el próximo 14 de marzo.

Born In The USA

The Last Showgirl narra la historia de una bailarina afianzada en Las Vegas —interpretada por Pamela Anderson— a la que le llega la noticia de que el espectáculo en el que ha trabajado gran parte de su vida cierra sus puertas. Ahora, con cincuenta años, debe volver a adentrarse en la carnicería salvaje que es la industria del entretenimiento, que, a pesar de sus treinta años de carrera, la rechaza debido a su edad y estado físico. Algo que probablemente recuerde, en cierta medida, a la cinta The Substance (2024), de la francesa Coralie Fargeat, con la que establece un interesante diálogo. Aunque, en la película protagonizada por Demi Moore, el rotulado es mucho más brutal, divertido y disruptivo.

La cinta de Coppola, que, como curiosidad, fue rodada en tan solo 14 días y con un presupuesto bajísimo para el cartel de estrellas que tiene y la industria americana, es hija directa de la tendencia independiente del cine estadounidense en las últimas décadas: intimista, emotiva y con algunos toques de humor para aliviar el drama intrínseco de unos personajes acabados por el sueño americano. Curiosamente, no han sido pocas las películas que han rozado de alguna forma u otra esta temática este año: AnoraThe SubstanceThe Brutalist, entre otras —que, paradójicamente, han sido aupadas y galardonadas por esa misma industria—. Y aunque las ideas de todas ellas son más complejas y están mejor desarrolladas que en la cinta que hoy nos ocupa, su mayor relevancia la adquiere por el hecho de que Anderson sea su protagonista, debido a la forma en que, de alguna manera, representa su propia vida.

Es una historia pequeña, y aunque esto no debería ser algo malo, es cierto que le falta empaque y no logra despegarse de sus referentes más cercanos, lo que se convierte en el mayor problema de una cinta que emociona, pero no deja huella. No todas las películas aspiran a ello, y definitivamente The Last Showgirl tampoco, pero no resulta una cinta especialmente llamativa, ni en su puesta en escena ni a nivel técnico, buscando toda su fuerza en el plantel actoral que tiene, con una Jamie Lee Curtis fantástica y, por supuesto, la propia Pamela Anderson. Pero le falta ambición y fuerza, tanto como película como a nivel de discurso, para ascender a algo mayor que una propuesta correcta, especialmente en el tsunami de contenidos que tenemos hoy en día.

En conjunto, está lejos de ser una película excelente; de hecho, es probable que para algunos ni siquiera supere el aprobado y acabe relegada al catálogo de fondo de alguna plataforma de streaming que se haga con los derechos de forma anecdótica. Sin embargo, más allá del cine, su fuerza reside en esa capacidad casi frankesteiniana de revivir al ícono. Y nunca está de más retratar ese lado oscuro del desgastado sueño de Hollywood.

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