Hace poco más de año y medio, quedé para almorzar con una amiga en pleno barrio de Bilbao, en Madrid. Era una de esas hamburgueserías gentrificadas que, poco a poco, han ido inundando la ciudad. En aquella mesa, rodeado de neones, olor a fritanga y hamburguesas aplastadas, los dos bromeábamos con la idea de escribir una versión española de The Crown. Como fan estético y litúrgico de la monarquía, no puedo negar que siempre me he sentido atraído por ese ritual incestuoso que representa la realeza europea a todos sus niveles. Especialmente hacia la rama británica y la española, donde la prensa rosa salta por las nubes con cada pisada de cualquier familiar de los Borbón, una familia conformada por supuestos cocainómanos, pseudo-influencers, corruptos y hasta experiodistas.

En un punto de la conversación, mi amiga me dijo: «Por mucho que soñemos, jamás podrá hacerse aquí». Me quedé en silencio, mojando una patata especiada con un supuesto mejunje cajún en una salsa de la que prefiero no acordarme. «Bueno, con la que está cayendo, no creo que tarden mucho en hacer alguna», respondí. Ella asintió. Yo le di un mordisco a la hamburguesa. Y ahí acabó nuestro pequeño sueño de exponer a la familia más protegida mediáticamente de nuestro país. Para salvaguardar la constitucionalidad, algunos dirán. Aunque está claro que en realidad, por miedo.

Es curioso que, un año y medio después, estemos en pleno estreno de dos series basadas, de alguna forma u otra, en la historia de nuestra monarquía. Y no solo como otras que se han hecho en los últimos años, sino ridiculizando su extraño privilegio oligárquico. En el pasado, La vida breve, de Movistar Plus, y en nuestro presente, Su Majestad, disponible el próximo 27 de febrero en Prime Video, la que hoy nos concierne.

Princesas pijas y reyes corruptos

Su Majestad es la nueva creación de uno de los dúos creativos más exitosos de la industria española en lo que llevamos de siglo: Borja Cobeaga y Diego San José, acompañados de José A. Ledo en el guion. Los autores de la cinta española con mayor recaudación de la historia, 8 apellidos vascos, se reencuentran en esta serie después de varios años sin sentarse juntos frente al ordenador, que lleva gestándose desde 2019, antes de que estallaran algunos de los escándalos que han sacudido con más fuerza a la familia real española desde su restauración tras la dictadura franquista.

Partiendo de una historia con personajes ficticios, pero con hechos que resuenan en nuestro presente, estos magos del humor han puesto todo su talento al servicio de Prime Video para una de las series españolas más esperadas del año. Aunque, quizá, no llega a ser lo suficientemente redonda como cabría esperar.

Las piezas parecían encajar a la perfección: una serie con presupuesto, protagonizada por una de las actrices más talentosas de su generación, Anna Castillo; creada por los autores de la comedia más vista de la década pasada en nuestro país y con una historia de base que daría para diez temporadas loquísimas, con relaciones con vedettes, defraudación de impuestos y hasta caza de animales exóticos. Pero, en su conjunto, el juego no acaba de funcionar. Le falta algo de acidez, mala leche y riesgo. Puede que, por algo de miedo a la que se podría montar si hubieran ido con todo a través del humor, la serie se siente irregular, con poca gracia y algo plástica.

Puede que en parte sea su protagonista: una aspirante a reina frívola, pija hasta las trancas y poco conciliadora, cuyo dibujo algo extremo no casa con el resto de una serie que, por momentos, se mueve hacia el terreno de lo emotivo. O tal vez sea su guion, que tarda en encontrar su tono y arrancar con fuerza hasta la mitad de la serie, dejando un regusto algo insípido al mirarla en su conjunto. Además de una dirección y fotografía que no sobrepasan lo convencional, y que no aportan a un proyecto algo fallido desde su base.

Sí, es una serie entretenida y que probablemente escocerá a más de uno. Y hay cierta valentía en Prime Video por querer sacar adelante un proyecto que, como me dijo mi amiga, habría sido imposible ver hace unos años producido por una major de ese calibre. Pero es una pena que no se haya podido exprimir todo el jugo que habría dado. Al menos, para quien escribe estas palabras, le ha faltado acidez y le ha sobrado algo de pijismo. Aunque escuchar el himno de España en versión electrónica, con un montón de cayetanos coreando el nombre de la princesa Pilar, tuvo su aquel. Así como la crítica hacia la censura de la comedia sobre la monarquía en uno de los episodios o la protección de la justicia hacia la Casa Real, con dos jueces metiéndose cocaína en el piso donde el rey acudía a tener encuentros con vete a saber quién. Ernesto Alterio, que interpreta al asesor mediático de la futura reina, también es uno de los puntos fuertes de la serie, aportando el toque más humano dentro de ese palacio de cristal donde el clasismo reina por encima de todas las cosas.

Su Majestad es una serie a la que le cuesta arrancar y coger ritmo. Le falta algo de acidez y encontrar su tono con más agilidad, pero, al menos, cuando lo consigue, se convierte en una entretenida comedia sobre la protección institucional de la monarquía y en un retrato mediático de la familia real en los últimos años de nuestro país. Puede que aún nos falten unos años para tener nuestro The Crown, pero, mientras tanto, podremos entretenernos con Pilar y sus chaquetas reflectantes.

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