A veces, uno se pregunta si es posible hacer cine fuera del aparatoso sistema de la industria. No en un sentido meramente creativo –con la irrupción de la cámara portátil o los teléfonos móviles, cualquiera puede iniciar su andadura en el séptimo arte–, sino en todo lo que rodea al mundo del cine: la exhibición, la venta a plataformas o la inclusión de propuestas de bajo presupuesto en festivales que vayan más allá del circuito underground.
El espectador promedio, acostumbrado a los estándares de calidad de una industria elitista e inaccesible –aunque cada vez menos–, probablemente se sorprendería al ver que una película como Reír, cantar, tal vez llorar, o cualquiera de la filmografía del director catalán Marc Ferrer, no solo se proyecte en festivales de prestigio como el Zinemaldia o el Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona, sino que además se gane el cariño del público y el jurado. Propuestas donde lo técnico puede parecer irrisorio, pero que están cargadas de carisma y mucho gusto.
Ferrer es uno de esos cineastas capaces de conjugar propuestas casi imposibles, con una filmografía que se sostiene entre presupuestos modestos y el apoyo de amigos dispuestos a aportar su grano de arena a la creatividad del director. Pertenece a un ferviente grupo de realizadores que sobreviven en el underground del cine español, y que, de vez en cuando, logran resurgir en el panorama más visible de la industria. Un ejemplo reciente de esto es el fantástico mediometraje Mamántula, que no solo se estrenó en el Festival de San Sebastián, sino que además ha sido nominado a los premios Goya en su más reciente edición. En esta producción, Ferrer figura como uno de los arquitectos detrás de esta extraña historia de arañas humanoides adictas al semen y policías lesbianas al borde de resolver un crimen en las calles de Berlín. Que merecería un artículo a parte para desentrañar lo maravilloso de esta propuesta.

Las amargas lágrimas de Toñi
Regresando a Reír, cantar, tal vez llorar, es bastante mágico –y casi imposible de imaginar– que una propuesta como la que hoy nos ocupa haya sido abrazada por tantos festivales, público y, ahora, plataformas de streaming. Lo nuevo de Marc Ferrer es una memorable comedia entre escenas musicales desafinadas, compuestas por el talentoso Adrià Arbona, vocalista de los fantásticos Papa Topo y habitual colaborador en las bandas sonoras de los filmes de Ferrer, e interpretada por un elenco completamente inexperto, que aporta ternura a una cinta profundamente entretenida y, al mismo tiempo, la más política del director y su equipo en los márgenes de la industria.
En conjunto, la película funciona como una reinterpretación con delirios camp de una clásica historia de amor de cuento, protagonizada por Toñi, una mujer trans de mediana edad, y Lahcen, un joven marroquí recién llegado a Barcelona. Todo ello entremezclado con capas de humor ácido y homenajes al cine del principal referente de Ferrer para esta obra, el alemán Rainer Werner Fassbinder, autor de títulos como Querelle, Las amargas lágrimas de Petra von Kant o Todos nos llamamos Alí, que sirve como punto de partida para la cinta, reimaginando su forma al convertirla en una comedia ácida con tintes políticos, pero sin caer en lo pedagógico.
El elenco resulta enternecedor, destacando especialmente la debutante Toñi Vargas, quien da vida a la protagonista del filme. La acompañan otros talentos noveles y algunos conocidos de Ferrer, como Lahcen Ouchad, Sandra Soro, Maria Sola, Azahara Moyano, Julia Betrián y Eduardo Gión, quienes aportan frescura a esta rara avis del cine español, que emociona pese a su buscada irreverencia, entre escenas con comidas imaginarias, bebés de plástico y botes de popper requisados por el vecino homosexual del edificio y una madre angustiada por la posibilidad de que su hija sea una drogadicta.
El mayor logro de Ferrer ya es haber llevado este proyecto adelante con éxito, probablemente el más significativo de su carrera hasta ahora. Es posible que sigamos viendo al director catalán en el circuito más indie de nuestro país durante un tiempo, pero este filme ya le ha dado un nombre que para muchos era desconocido. Reír, cantar, tal vez llorar es una película de –muy– bajo presupuesto, algo evidente en sus primeros minutos, pero que convierte esa limitación en parte de su discurso político, en los márgenes de la sociedad y la industria. Una cinta encantadora, divertida y que merece mucho la pena descubrir, como ocurre con todas sus Películas inmundas. Ya disponible en Filmin.






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