Gladiator II (2024) es un regreso por todo lo alto a la épica de romanos por parte del director Ridley Scott, quien nos trae de vuelta a la Antigua Roma dieciséis años después de los eventos acontecidos en la primera entrega, con nuevos personajes pero la sensación de continuidad que se le exigía a esta película.

Hanno (Paul Mescal) y el general Acadio (Pedro Pascal) peleando en la arena del Coliseo

En esta nueva historia, el protagonista es Hanno (nombre que puede ser referencia al dios Jano, conocido por su dualidad), interpretado por Paul Mescal, quien es capturado por el ejército romano tras perder a su esposa Arishat (Yuval Gonen) a manos del general Acadio (Pedro Pascal) y caer derrotado en una batalla por defender la ciudad de Numidia. Desde ese instante, Hanno se convierte en un gladiador y, deseando vengarse de los romanos que atacaron su ciudad y, especialmente, del general responsable de su desgracia, se alía con su nuevo dueño, Macrinus (Denzel Washington) con el objetivo de llegar al Coliseo y lograr tener la oportunidad de enfrentarse al general en la arena.

Macrinus (Denzel Washington) viendo un combate en el Coliseo

Pero, como siempre ocurre en las películas de la Antigua Roma, las conspiraciones y los conflictos políticos son casi tan importantes como las escenas de acción, especialmente en una historia cuyos emperadores son los alocados Geta (Joseph Quinn) y Caracalla (Fred Hechinger).

A la izquierda Caracalla (Fred Hechinger) y a la derecha Geta (Joseph Quinn), los dos emperadores de Roma en el momento en que se desarrolla la historia de la película

Con todo ello, la película nos ofrece dos horas y media de secuencias de acción espectaculares entrelazadas con una trama dramática e intensa, a la que, lamentablemente, y como suele ser habitual en el cine histórico de Ridley Scott, le cojea la realidad histórica por todas partes (tiburones en el Coliseo aunque no ha habido nunca tiburones en el Mediterráneo o dos emperadores palidísimos cuando en realidad Geta y Caracalla son de origen norteafricano, por poner dos ejemplos), aunque no de un modo tan problemático como ocurría en Napoleón (2023), y de forma similar a lo que sucedía con la primera película de Gladiator (2000).

El Coliseo lleno de agua para que el público disfrute de una batalla naval

Aún así, es curioso que en una película cuyo principal elemento es la acción épica, lo más sorprendente resulten ser las interpretaciones. Todo el reparto está fantástico: Paul Mescal brilla en cada escena, Denzel Washington está desatado y Pedro Pascal aporta mucho corazón.

Se nota que Scott prioriza a sus actores en los proyectos que realiza, de ahí que desde hace ya un par de décadas (y especialmente con su transición al rodaje digital desde el 2012 con Prometheus) ruede con múltiples cámaras simultáneamente, al contrario de lo que suele ser habitual en cine. Pero, como le viene ocurriendo precisamente desde que empezó a emplear la realización multicámara, especialmente cuando pasó a emplearla en todas las escenas incluyendo las de diálogos, la puesta en escena pierde bastante ya que los planos dejan de estar diseñados para distribuir correctamente a los personajes u obtener imágenes interesantes compositivamente, y pasan a estar planteados con el objetivo de cruzar ángulos para captar la escena desde distintas perspectivas que permitan cortar entre sí, haciendo que, si se logra un plano bonito, sea más una casualidad por la alineación de la interpretación deseada, con la posición adecuada del actor y la luz correcta, en vez de un plano construido a propósito para ser estéticamente interesante.

En el centro vemos a Ridley Scott dirigiendo a Pedro Pascal (izquierda) y Paul Mescal (derecha)

También hay que decir que, a diferencia de sus últimas películas, casi todas ellas fotografiadas por Darius Wolski, un director de fotografía cuya tendencia a la luz suave, la oscuridad y los tonos grises que no le pegan en absoluto a la estética de Scott, caracterizada siempre por el contraste de luz y color, Gladiator II es el regreso de John Mathieson a una producción del director británico. Y hay que darle las gracias a Mathieson por no haberse adaptado a la moda actual de rodar muy oscuro o de desaturar la imagen, pues nos ofrece una fotografía excelente, casi a la par con la de la primera película (por la que fue nominado al Óscar), con colores saturados, tonos terrosos y un contraste de luz natural en el que el sol verdaderamente parece el sol del Mediterráneo que debería caracterizar a una historia situada mayoritariamente en Roma.

La fotografía de John Mathieson con colores saturados, tonos terrosos y un contraste de luz natural en el que el sol verdaderamente parece el sol del Mediterráneo

Pero, por desgracia, la imagen cojea en algunos instantes por culpa de lo que es obvio que son males del cine actual y problemas de montaje, y no porque haya un mal trabajo por parte del director de fotografía.

Estos males son la utilización excesiva de efectos digitales y la escasa planificación que hay de los planos que van a incorporarlos, efecto que en ocasiones tiene el empleo de la multicámara. Y donde se percibe más que en ningún otro momento es en los planos que implican agua o elementos que interactúan con ella. Ya sean barcos romanos navegando o tiburones nadando bajo el agua, da la sensación de que hay un problema con la simulación del agua e, incluso, en un momento, con la animación del tiburón. Y esto, como suele ocurrir cuando los problemas con el CGI (Computer Generated Imagery o imágenes generadas por ordenador) son tan puntuales, tiene pinta de ser fruto de no haber pensado en otras formas de ejecutar estas escenas, como emplear ángulos distintos que oculten la inferior calidad del modelo del tiburón, o ajustes lumínicos y de simulación de los modelos 3D de los barcos que interactúan con el agua.

Estos momentos puntuales, aunque no son excesivamente graves y algunos podrían pensar que ellos no lo notarían, sí que pueden sacar al espectador de la experiencia ya que estamos acostumbrados a ver agua y sabemos cómo se comporta, por lo que, a pesar de que son errores más que habituales en la mayoría de las grandes producciones modernas, hace considerar a uno a qué departamentos se destinan estos presupuestos tan grandes que se manejan actualmente.

El general Acadio (Pedro Pascal)

Y no olvidemos el otro problema mencionado anteriormente, el del montaje.

Es sorprendente que una película de este presupuesto, después de la tendencia a las tres horas de la mayoría de superproducciones de los últimos años, se quede en sólo dos horas y media. Pero aún más sorprendente es que salgas de la sala con la sensación de querer que dure más.

Por un lado, deseas que la película tenga más metraje porque, por supuesto, el nivel de entretenimiento que proporciona no te lo dan muchos largometrajes actuales. Y si fuera sólo por eso, sería fantástico salir con la sensación de que al metraje le hacen falta al menos quince minutos más, pero no es la única razón.

El otro motivo es que, en medio de la película, nos encontramos una escena excesivamente atropellada que necesitaría más metraje y a la que, incluso, parece que le han quitado bastantes líneas de diálogo, lo cual sorprende para mal. Y también, a pesar de que el primer plano que vemos al iniciarse la historia es uno de esos momentos sensoriales y contemplativos, muy similar a los que tenía Máximo en la primera película al interactuar con la arena o el trigo, la velocidad del montaje hace que el resto de la narración no permita respirar al espectador ni disfrutar de esos momentos que fueron tan icónicos en la primera entrega.

Lucilla (Connie Nielsen) en una escena de la película

Pero, claro, en Gladiator II la música no es de Hans Zimmer, sino de Harry Gregson-Williams, quien no llega a imponer ninguna nueva melodía y depende de los momentos en que reintroduce temas de la entrega anterior para destacar a nivel musical, lo que podría justificar que no se atrevieran a utilizar y alargar esos momentos contemplativos que, con la música de Zimmer, sí habrían funcionado.

Una multitud de ciudadanos de Roma enardecidos por un acontecimiento de la trama

Con todo ello, Gladiator II sigue siendo una película épica muy entretenida al alcance del talento y los recursos de muy pocos cineastas y muy adaptada al gusto del gran público al que aspira a conquistar.

Hanno (Paul Mescal) dispuesto a salir a combatir a la arena del Coliseo

Gladiator II se estrena en cines el 15 de noviembre.

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