Almodóvar es uno de esos autores que marcan generaciones completas. Sus obras, de huella imborrable, trascienden la relación entre creador y público, y nos han acompañado a muchos a lo largo de nuestras vidas. Seguramente, algunos de quienes estén leyendo esto acudieron al cine para ver Mujeres al borde de un ataque de nervios, o celebraron con emoción el Oscar que recibió por su Todo sobre mi madre, que, por raro que parezca, y aunque aún no estaba ni en trámites de concepción cuando se estrenó en el año 1999, se ha convertido en una de las cintas más importantes de mi vida.
Yo, como tantos otros, pertenezco a una generación que descubrió el cine de Pedro en casa, a través de las colecciones de su obra que se vendían con periódicos o en plataformas de streaming. Sin embargo, de alguna manera, y aunque nuestras realidades sean tan diametralmente distintas, siento una profunda conexión con su particular forma de retratar la vida. Ahora, en su etapa creativa más crepuscular y madura, el manchego se ha alejado del estilo punk de sus primeros trabajos, como Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, que lo emparentaba con el espíritu irreverente de John Waters, y del melodrama de obras maestras como la anteriormente nombrada Todo sobre mi madre. Desde Julieta, su cine ha transitado hacia un estilo más comedido, minimalista y casi místico, donde el existencialismo cobra protagonismo. Algo que le ha acercado a muchos, y le ha alejado de otros tantos. Tan radical como siempre, y tan vivo como nunca.

Estar en La habitación de al lado
La habitación de al lado es su primer largometraje escrito íntegramente en inglés, aunque, para tranquilidad de muchos, sin perder un ápice de su esencia. Al principio, yo también me mostraba algo escéptico ante esta rareza en la trayectoria de un director que, durante años, rechazó innumerables ofertas de Hollywood por no sentirse preparado para rodar una película en otro idioma que no fuera el español. Sin embargo, el tiempo le ha dado la oportunidad de demostrar que eso no era un obstáculo, como bien se vio en sus más recientes incursiones en el cortometraje: como La voz humana, protagonizado por la enigmática Tilda Swinton, quien también forma parte de esta nueva cinta, y su especial western queer, Extraña forma de vida.
El nuevo largometraje de Almodóvar es una íntima y contenida catarsis sobre la muerte digna, el poder curativo del acompañamiento y la necesidad de partir de este mundo en paz, sin sufrimiento. En un alegato a favor de la eutanasia, Pedro aborda, con un profundo minimalismo, cómo este debate trascendental que ha ganado relevancia en las últimas décadas va más allá de religiones o creencias. Se trata de la vida y de la libertad individual ante una decisión tan compleja. Alrededor de este tema central, el manchego construye un armatoste de referencias fílmicas, literarias y pictóricas, desde el hiperrealismo de Hopper hasta el nuevo realismo de Wyeth, o con la nevada Dublín retratada por John Huston en su película Dublineses, pero aquí, en Nueva York.
Aunque en realidad, quienes sustentan toda esta nueva obra son sus dos protagonistas: la ya mencionada Tilda Swinton, con su mirada complacientemente magnética, y una fantástica, aterrorizada por la muerte, Julianne Moore. Como mencionó Pedro en su discurso de agradecimiento tras recibir el León de Oro en Venecia, «convocaron un milagro muchos días de rodaje». Es su relación, que trascendió los límites del rodaje llevado a cabo entre Madrid y Nueva York, el verdadero corazón y coraje de una película profundamente política, donde el rechazo a la ultraderecha y la necesidad de actuar contra el retroceso también se hacen evidentes.

Almodóvar presenta un retrato reflexivo que, tras un primer acto que no termina de funcionar del todo –incluyendo varios flashbacks que, aunque comprensibles en sus referencias estilísticas, no logran plasmarse completamente en pantalla– culmina en los últimos días de una mujer que padece un grave cáncer y decide poner fin a su tratamiento con el objetivo de no continuar sufriendo. En este proceso, se ve acompañada por su amiga, interpretada por Julianne Moore, quien también enfrenta sus propios conflictos y terror hacia la muerte.
Como casi todo su cine, es imperfecto, pero eso también lo hace único. Es un relato político, que, por momentos, sobresalta, puesto que Pedro no tiene miedo de hablar a través de sus personajes. Se deja ver la reflexión de un hombre en su etapa creativa más madura, invitándonos, a nosotros, sus espectadores, a luchar por un mundo mejor. Algo que recuerda, siendo profundamente opuesta formalmente, a la recientemente incendiada, experimental y algo naïf Megalópolis de Francis Ford Coppola. Todo ello, rodeado de su tradicional uso del color, más minimalista que nunca, pero aún presente: esos labios escarlata de Tilda Swinton, que probablemente se convertirán en una de las imágenes más icónicas de su filmografía, y su forma única de ver nuestro mundo a través de sus líricos diálogos.
La habitación de al lado es un retrato imperfecto y crepuscular sobre la muerte que, como sucede con cada una de sus películas, no dejará a nadie indiferente. Algunos la tildarán de lenta e irregular, otros la verán como una obra magna de perfección estilística. Sin embargo, lo que realmente la define es su emocionante autenticidad y su clara intención de retratar un futuro más justo para el momento de nuestra partida de este mundo, pero también para quienes dejamos atrás. Pedro lo ha vuelto a hacer.






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