«Today this could be, the greatest day of our lives». Con este verso de la canción Greatest Day de Take That da comienzo un huracán que ha sacudido hasta los rincones más insólitos de la cinefilia: la esperadísima Palma de Oro y, más importante aún, nueva cinta de Sean Baker: Anora.
Nacido en Summit, Nueva Jersey, hace 53 años, el director norteamericano ha revolucionado las bases del cine indie estadounidense desde su salto a la fama con Starlet (2012), su primer largometraje en solitario. En esa película, Baker inició su agudo y compasivo retrato del otro lado del sueño americano, aquel que Hollywood ha evitado filmar desde los inicios de la industria y que, por lo general, queda relegado a dramas y tramas secundarias.
Anora es una de esas nuevas historias. Tal vez la más cercana a un largometraje tan insólito como Tangerine (2015) , grabado enteramente con su iPhone, es una comedia feroz y divertidísima que retrata a dos trabajadoras sexuales transgenero, una de ellas recién salida de la cárcel y dispuesta a encontrar a su novio, que ha comenzado a salir con otra mujer. Son cintas profundamente políticas en su subtexto, comprometidas con el retrato cándido de personajes imperfectos, y expuestas al espectador para el disfrute de todos, y la comprensión de los que se muestren abiertos a reflexionar sobre la vida de todos estos personajes, puesto que Baker huye del subrayado.

Lo nuevo de Sean Baker
Anora, conocida por todos como Ani, es una joven de origen ruso que trabaja en un club de alterne en Nueva York. Un día, aparece por dicho lugar Ivan, un joven de 21 años, hijo de un oligarca ruso, cargado de dinero hasta las trancas, y acompañado de sus amigos. Como Ani es la única trabajadora del local que habla ruso, Ivan la contrata para mantener relaciones sexuales. Tras el encuentro, queda tan contento que decide contratarla para que vaya a su casa, y después de varias ocasiones, finalmente le propone pagarle $15,000 para que Ani pase dos semanas junto a él.
En medio de un frenético viaje a Las Vegas, Ani e Ivan se casan en una clásica capilla de la ciudad, desencadenando un conflicto familiar que trasciende lo personal, llevando las diferencias de clases sociales, lo mediático y la jerarquía del estatus al corazón de la cinta. Así, lo que parecía ser una película romántica se transforma en un thriller de tono profundamente cómico, con la aparición de los tres guardaespaldas de Ivan, quienes se encargan de protegerlo durante sus desenfrenos por América.

A contrarreloj
La cinta es una desenfrenada, excitante y divertida comedia a contrarreloj que esconde una profunda crítica social sobre las diferencias de clase, el aprovechamiento y la mirada altiva del poder, desembocando en una escena final desgarradora que da sentido a toda la película. Baker construye a sus personajes con un respeto absoluto por sus vidas y experiencias. Son encantadores, pero llenos de matices, lo que consagra al director como uno de los mejores retratistas de la condición humana en nuestro cine moderno.
Mikey Madison, protagonista del filme, ofrece una interpretación combativa, rabiosa, emocionante y, por momentos, brillante. El resto del reparto no se queda atrás, con un Mark Eidelstein, que interpreta a Ivan, que resulta todo un descubrimiento en un papel que transita entre lo infantil y lo irritante. Yuri Aleksándrovich Borísov encarnando al, desde fuera, estoico Igor, mientras que Vache Tovmasyan y Karren Karagulian protagonizan algunas de las escenas más divertidas y memorables de la cinta en sus roles como los vigilantes del joven ruso.
Baker coloca la cámara con destreza, buscando una dirección frenética y descontrolada, aunque por momentos, emocional e intima, al servicio de las actuaciones, más cercana a la que fue su película de consagración internacional, The Florida Project (2017), especialmente en su sección final. Todo ello acompañado de una fotografía sin miedo al neón, a cargo de Drew Daniels, quien trabajó con Baker en su anterior filme, también estrenado en el festival de Cannes, Red Rocket (2021). Además, Daniels ha colaborado en otros proyectos como Euphoria (2019-), The Idol (2023) y Swarm (2023), con destellos que también se aprecian en Anora.

La nueva Palma de Oro
Sin embargo, puede que, en conjunto, y a pesar de todas las alabanzas escritas anteriormente por mi puño y teclado, no resulte ser la obra crepuscular e intachable que muchos describieron tras su visionado en Cannes. Es imperfecta, pero eso también la hace grande. Quizás le sobren algunos momentos valle en el transcurso de las dos horas y veinte de metraje, o tal vez su primer acto le cueste arrancar. Sin embargo, es una gran y digna Palma de Oro, especialmente por el reconocimiento que se le otorga a un director que ha estado mucho tiempo en la sombra, pero que siempre ha brillado por los demás.
El cine de Sean Baker es un abrazo para aquellos que no han tenido suerte. Desde que la cámara de cine llegó a las manos de los empresarios que crearon lo que hoy conocemos como Hollywood, nos han vendido la idea de que con esfuerzo, nuestros sueños pueden hacerse realidad. La idea del éxito y la vida perfecta norteamericana. Pero a veces, ese esfuerzo no basta. Esa es la verdadera cara B de la mal llamada «América», la que Baker retrata en todas sus películas. Por eso, su cine resulta profundamente emocionante en el fondo. Incluida Anora, aunque no sea la obra incontestable que muchos describieron en Cannes. Ante todo, larga vida a Baker y a su cine.






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