La gran escapada (Oliver Parker, 2023) nos brinda la oportunidad de asistir a un último baile, a una última función de dos leyendas. No son únicamente leyendas del cine británico, sino leyendas del cine en general. Hablo, nada más y nada menos que de Michael Caine, el cual anunció su retirada del mundo de la actuación el pasado año, y Glenda Jackson, tristemente fallecida también el año pasado.
Dirige Oliver Parker, director británico que saltó a la primera línea del cine inglés con la adaptación de William Shakespeare de Otelo (1995), seguida de varios éxitos a finales de los años 90 y principios de los 2000 como son varias de las adaptaciones de Oscar Wilde: Un marido ideal (1999) y La importancia de llamarse Ernesto (2002). Podríamos decir que La gran escapada puede suponer un soplo de aire fresco a su carrera, ya que desde entonces ha cosechado algún que otro fracaso, destacando otra adaptación de Oscar Wilde, como es El retrato de Dorian Gray (2009), así como la desfasada secuela del agente secreto británico más ridículo, es decir, Johnny English Returns (2011). En su beneficio, cabe destacar que dirigir a dos leyendas no es fácil, y Parker, desde luego, ha sabido sacarles partido.
La trama de La gran escapada está basada en la historia de Bernard y Rene, dos ancianos nonagenarios que viven de manera pacífica sus últimos años en una residencia de ancianos ubicada en una localidad costera de Gran Bretaña. Bernard es un veterano del ejército británico que participó en uno de los episodios más importantes de la Segunda Guerra Mundial, el Desembarco de Normandía, y con conocimiento de Rene, decide fugarse de la residencia para acudir al homenaje que se va a realizar en la propia Normandía por el 70 aniversario del desembarco.
El mayor éxito de esta película es, sin ningún género de duda, la pareja protagonista, Bernard y Rene, interpretados de manera sobresaliente por Michael Caine y Glenda Jackson. Michael Caine, dos veces oscarizado al mejor actor de reparto, por Hannah y sus hermanas (Woody Allen, 1986) y Las normas de la casa de la sidra (Lasse Hallström, 1999), además de participar en películas increíbles como La huella (Joseph L. Mankiewicz, 1972) o El hombre que pudo reinar (John Huston, 1975), entre otras. Por su parte, Glenda Jackson, aunque de filmografía más reducida, también tiene en su palmarés dos premios Oscar, en este caso a la mejor actriz, por Mujeres enamoradas (Ken Russell, 1969) y por Un toque de distinción (Melvin Frank, 1973), además de verdaderos papelones como en Domingo, maldito domingo (John Schlesinger, 1971) o su maravillosa interpretación de Isabel I de Inglaterra en María, reina de Escocia (Charles Jarrott, 1971), manteniéndole el pulso a nada más y nada menos que Vanessa Redgrave. Ante esto, un servidor solo puede quitarse el sombrero.
Hay que apuntarle otro tanto a Oliver Parker, en este caso compartido con el guionista Billy Ivory, ya que han conseguido hacer una película antibelicista sin ser una película de guerra, es más, es una película antibelicista no de guerra y con pinceladas de road movie, no es algo sencillo lograr esto. Este aspecto se ve plasmado en el viaje que realiza Bernard a Normandía. Al principio de la película, Bernard nos es presentado como un hombre amable y con sentido del humor que, a medida que va avanzando en su aventura, va reviviendo recuerdos de la guerra y se va resquebrajando poco a poco. Paralelamente, se nos muestra como Rene también va abriéndose. Como pega, por ponerme puntilloso, podríamos acusar una pequeña descompensación en lo que respecta a la presencia de los personajes, probablemente debido al frágil estado de salud de Glenda Jackson, ya que a pesar de ser un personaje principal, actúa más como un refuerzo de Michael Caine. A pesar de ello, su trabajo es encomiable.
Los dos protagonistas, basándose en sus experiencias durante la guerra, nos muestran todas las desgracias y desventuras que pueden causar una guerra, alejándonos del ideal de lo gloriosas que pueden llegar a ser, teniendo en cuenta que las guerras se llevan vidas, destrozan otras tantas y dejan una marca que no se puede borrar nunca, seas del bando que seas, ya que la conciliación es otro de los temas que se nos muestran en esta película.
En conclusión, La gran escapada es una película crepuscular en la que dos leyendas del cine deciden, como quien dice, morir con las botas puestas. Es una película amable y sencilla, eso no implica que sea mala, pero tiene la virtud de contar mucho con poco, y eso es lo difícil en este oficio. Tenemos una sucesión de momentos enternecedores a través de los cuales se nos habla de la vejez, de lo mediático, del miedo, de salud mental, de humanidad, de pérdida, de olvidar y, sobre todo, de cerrar heridas.










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