Un grupo de adolescentes de Salem (con Natalia Dyer y Asa Butterfield) descubre una daga maldita capaz de liberar a un demonio. Este los obligará a participar en versiones crueles y sangrientas de los míticos juegos infantiles: no habrá ganadores, solo supervivientes.
Sinopsis oficial de «Juega o muere».
Hay veces en las que, pese a las buenas intenciones, los proyectos quedan en la nada. No es nada nuevo. Ocurre desde que la industria de Hollywood se fundó sobre las soleadas laderas de California. Películas que jamás salen de la mesa de negociaciones, otras que se pierden en discusiones interminables, e incluso algunas que, rodadas al completo, quedan guardadas bajo la escuálida mirada oportunista de ejecutivos cuya única misión, en definitiva, es cerrar el año en positivo. Quizás mi juicio personal me nuble por momentos, pero, con total honestidad, cuando salí a las abarrotadas calles madrileñas tras ver el pase de Juega o muere, me pregunté cómo una película con tan poco que decir había acabado saliendo adelante.
La maldición de Salem
Juega o muere (2023) es la ópera prima de los directores Eren Celeboglu y Ari Costa, quienes ya habían trabajado juntos en varios cortometrajes, como The Internet Kills (2020), con los que lograron hacerse un pequeño nombre en festivales de género de todo el mundo. Gracias a AGBO, la productora fundada por los hermanos Russo, directores de Vengadores: Infinity War y Endgame, entre otras, donde Costa ya había estado involucrado en algunos de sus proyectos, pudieron sacar adelante esta cinta que oscila entre el slasher tortuoso —aunque con pocos litros de sangre— y una película de brujería poco convincente y a la que le falta fondo.

Quizá este sea su fallo más evidente: la historia resulta tan vacía que ni siquiera su montaje conscientemente acelerado, con una intercalación de flashbacks bastante tormentosa, logra convertir esta hora y media de terror en algo verdaderamente entretenido. Además, su tono, cercano al thriller pero alejado de una comedia que podría haberle beneficiado, lastran un proyecto que, en su base, no tiene la suficiente fuerza para despegar. Ambientar la historia en Salem es una declaración de intenciones, pero es un recurso tan trillado en otros tantos proyectos que aquí solo resuena como «uno más», y probablemente del montón malo.
Aunque la construcción narrativa no alcanza un resultado especialmente bueno, tras las cámaras, sus directores, y en especial el director de fotografía, Ricardo Diaz, se desenvuelven por momentos con cierta solvencia, gestando un aura de terror que eleva mínimamente un producto fallido en el que ni siquiera destacan sus actuaciones principales. Asa Butterfield y Natalia Dyer están simplemente correctos, al igual que Laurel Marsden. Benjamin Evan Ainsworth, verdadero protagonista de la cinta, lleva sobre sus hombros algunos de los momentos más intensos de la película, que no terminan de funcionar, no tanto por su calidad actoral, sino debido a un guion mediocre.
Juega o muere resulta, en conjunto, hueca, sin gracia y con poco que contar. La historia, cuyo punto de partida no es especialmente llamativo, se ve aún más perjudicada por una narración que no logra entretener ni sumergir al espectador en una trama terrorífica, a pesar de los esfuerzos de sus directores tras las cámaras. Sencillamente, decepcionante.






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