Alas blancas (Marc Foster, 2023) nos reintroduce al mundo de la escritora neoyorquina Raquel Palacio, cuyas puertas nos fueron abiertas por primera vez con la historia de Auggie Pullman, narrada en la maravillosa Wonder (Stephen Chbosky, 2017).
En este caso, tenemos un director distinto a los mandos, el suizo Marc Foster, cuya nota dominante en sus películas es tomar la sensibilidad por bandera a través de las dificultades y desafíos que puede presentar la vida, como podemos ver en obras tales como Monster’s Ball (2001), Descubriendo Nunca Jamás (2004) o la más reciente El peor vecino del mundo (2022). Incluso su estilo puede notarse en obras más comerciales y de encargo como Quantum of Solace (2008) o Guerra Mundial Z (2013). La especialidad de Foster en sus películas, es poder mostrar una pequeña luz dentro de una espiral de desgracia, lo cual le convierte en el idóneo para dirigir esta película.
La historia comienza con Julian, uno de los chavales que maltrataron a Auggie Pullman. Por este motivo, Julian fue expulsado, y, una vez en su nuevo colegio, se encuentra con la encrucijada de si volver a incurrir en los errores del pasado. Es decir, ir con los “populares” y maltratar a todo aquel que luzca diferente o aparentemente más débil, o bien juntarse con los que son denominados por los anteriores como “pringaos”. Esta indecisión coincide con la visita de Sara, la abuela de Julian, interpretada por la siempre maravillosa y oscarizada Helen Mirren, la cual decide darle una lección de humildad y humanidad contándole la historia de su vida. Al igual que Julian, cuando Helen Mirren habla, nosotros callamos y escuchamos.

Dicha historia conduce a la Francia de principios de los años 40. Es decir, la Francia víctima de la ocupación nazi. Una rejuvenecida Sara es una estudiante de colegio procedente de una familia judía acomodada que será testigo del desarrollo de lo que se conoce como la Solución Final, el proceso de exterminio sistemático de los judíos por parte de los nazis. Viéndose despojada de todas sus pertenencias, expropiadas por los nazis, y de su familia, arrestada por los mismos, Sara se encuentra arrinconada y desesperanzada. Sólo la ayuda de su compañero de clase, Julian, un chico cojo a consecuencia de la polio, que le esconde en el granero de su familia, mantendrá un hilo de esperanza para sobrevivir.
El verdadero éxito de la película es la pareja protagonista: Julian y Sara, interpretados respectivamente por Orlando Schwerdt (La verdadera historia de la banda de Kelly de Justin Kurzel, 2019) y la debutante Ariella Glaser, ya que nos consiguen transmitir ese aluvión de sensaciones que pretende la película: enfado, tristeza, alegría, esperanza, empatía, humanidad… Ya que ellos, en base a la desgracia externa, construyen su propio mundo dentro del granero donde los dos se sienten libres y pueden ser ellos mismos. Este dúo se ve reforzado por la figura de la madre de Julian, interpretada por la célebre Gillian Anderson, archiconocida por su personaje de Dana Scully en Expediente X (Chris Carter, 1993-2002, 2016-2018), a la que creo que se le podría haber sacado un poco más de partido.

En conclusión, Alas Blancas nos da una lección de historia y otra de humanidad, en la que se nos revela que el bullying no es algo reciente, es una figura que históricamente siempre ha estado ahí. Y que, al final, los nazis, se reducen a eso, unos matones y abusones. En la otra cara de la moneda, nos enseña que aunque en el ser humano pueda haber crueldad, también tiene cabida para la bondad y la empatía, ya que sin ellas, no se nos podría llamar humanos.
“Mi tema, en todos mis libros, es sobre el poder y el impacto de la bondad humana. Para mí, la capacidad de esa bondad es lo que nos une a todos como seres humanos. Es lo que todos esperamos de otras personas, es de lo que dependemos como sociedad”.
R. J. Palacio






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