«Dónde sea que haya infortunio, Dios envía un perro». Con estas palabras del escritor y político francés Alphonse De Lamartine, comienza la nueva fábula con poso animalista y kilos de maquillaje del director francés Luc Besson, conocido por su trabajo en cintas como El quinto elemento (1997), Le Grand Bleu (1988) o Lucy (2014).
Tras cuatro años desde el estreno de Anna (2019), el parisino regresó a las pantallas mediáticas con Dogman (2023), en el Festival Internacional de Cine de Venecia, donde la película obtuvo una recepción mixta por parte de la crítica especializada. Tras varios meses de espera, finalmente, el nuevo proyecto del director llegará a los cines españoles de la mano de Diamond Films el próximo 2 de agosto.

Perros y drag queens
Douglas (Caleb Landry Jones) era un niño que creció en un pueblo rural de Estados Unidos, donde su padre, violento y agresivo, se dedicaba a las peleas de perros. Su hermano lo ayudaba a preparar a los animales para los combates, manteniéndolos en condiciones insalubres. Doug, a diferencia de ellos, les mostraba cariño; se encargaba de darles de comer a escondidas, los acariciaba y, en definitiva, los trataba como seres vivos. Un día, al ser descubierto alimentando a los perros, su padre lo castigó encerrándolo en una jaula con ellos, sin comida ni libertad.
Con el tiempo, el arte, especialmente el teatro, se convirtió en su única vía de escape y lo llevó a descubrir su faceta como drag queen. Sin embargo, sus traumas lo arrastraron hacia una vida descontrolada y delictiva. Vive entre escombros, luces de neón, pelos de labrador y pelucas, sin amigos ni familia. Sus únicos confidentes son aquellos canes.
Con esta premisa, la película se desarrolla mediante una serie de entrevistas entre Doug y una psiquiatra, interpretada por Jonica T. Gibbs. Utilizando constantes saltos en el tiempo, Besson teje un thriller con un profundo fondo dramático –por momentos algo excesivo–, explorando la caída de Doug hacia la locura, destacando su compleja psicología y las circunstancias que lo llevaron hasta convertirse en quien ahora está encerrado entre cuatro paredes de cemento.

A medio gas
Como espectador fanático de propuestas con este corazón artístico, especialmente en el mundo del travestismo, siento que el nuevo trabajo de Besson se inclina más hacia el drama emocional que hacia un thriller excéntrico que podría caber en su premisa. Por momentos resulta algo excesiva, pero no logra perturbar las miradas de un espectador al que, muy probablemente, el desarrollo de su historia le lleve a recordar películas como la polémica Joker (2019). Aunque esta última termina siendo una especie de (genial) macedonia de referencias fílmicas de su director Todd Phillips, sale mejor parada en la búsqueda del impacto, algo en lo que Besson se queda ciertamente corto.
Sin duda, la interpretación de Caleb Landry Jones es lo más destacable de esta cinta. El actor estadounidense se entrega por completo a este complejo personaje, que navega entre la criminalidad y el trauma, todo bajo capas de transformismo que dotan a la película de un prisma queer que la eleva. En particular, una preciosa escena de interpretación drag me dejó pegado al asiento y realmente emocionado.
Y es que, Besson crea a lo largo de la cinta varias escenas con un profundo impacto tanto emocional como simbólico, que se aleja de una dirección convencional que no cabe esperar viendo la evolución fílmica de su carrera, aunque no resulte sumamente radical, al igual que su narrativa.
Puede que, en conjunto, Dogman resulte algo irregular y menos audaz de lo que aparenta en la superficie, pero siempre es un lujo poder disfrutar de propuestas que buscan ir más allá de lo convencional, incluso si el resultado final no es del todo redondo. Larga vida a estas rarezas, y al travestismo.






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