Netflix vuelve a tener una oportunidad de reivindicarse como plataforma con una gran serie
El pasado 17 de noviembre aterrizó en Netflix una de las series del año. 1899, el nuevo proyecto de los creadores de Dark (Baran bo Odar y Jantje Friese, Netflix, 2017-2020), ya está aquí, y en Mediaverso venimos a reseñarla.
Por poner un contexto alrededor del hype que engulle a este proyecto a pesar de que no ha tenido una gran campaña por parte del gigante del streaming, la expectación viene por parte del equipo que ha creado la serie. Baran bo Odar y Jantje Friese hicieron posible hace años que una serie de producción generalmente alemana, con una trama basada en fenómenos paranormales y protagonizada principalmente por un grupo de adolescente pasara por encima de Stranger Things. Tres temporadas magníficas y lo que es más importante: la consagración como una de las series rompecabezas más relevantes a nivel de crítica de los últimos años. Un proyecto ambicioso pero a la vez intimista, con un estilo propio y fiel a sus raíces germanas.
Pero no hemos venido aquí a hablar de Dark, ya que 1899 nada tiene que ver con ella más allá del equipo creativo y alguna que otra cara conocida. La trama (sin spoilers) nos sitúa a bordo del Kerberos, un transatlántico rumbo a Nueva York que trata de encontrar el Prometheus, un navío desaparecido años atrás. Los pasajeros se caracterizan por un aura misteriosa que envuelve a cada uno. De distintos orígenes y con diferentes destinos y secretos que ocultar, cada uno de ellos piensa únicamente en sí mismo. Entre ellos destaca Maura Franklin (Emily Beecham), una doctora inglesa que tiene pesadillas recurrentes relacionadas con un hospital psiquiátrico, y Eyk Larsen (Andreas Pietschmann) el capitán del barco.
¿Cómo crear un rompecabezas cuando la gente ya sabe lo que esperar?
Aviso de posibles spoilers. Es aquí donde encontramos una de las grandes virtudes de la serie, una vez más en su creativa ejecución y simpleza a la hora de llevar a cabo una idea. Si bien en Dark la serie se basaba en viajes en el tiempo y realidades paralelas, una idea adaptada innumerables veces en la ficción, en 1899 encontramos una trama centrada en la exploración del cerebro y su relación con el mar. La contraposición de ambos conceptos nos llevan a una serie mucho más introspectiva de lo que parece en un comienzo, pero con una trama que tampoco resulta tan difícil de seguir. El espectador más “preparado” cae preso de sus propias teorías, mientras que el “nuevo” se deja sorprender, funcionando en ambos casos. Las referencias a otras obras que exploran estos conceptos, como Westworld o Matrix (más allá de la canción de la intro) dejan claro que la serie no pretende acercar un concepto nuevo, sino ejecutar una idea ya revolucionaria en su día de una forma distinta pero igual de efectiva. El final promete más revelaciones y misterios de cara a una segunda temporada que llegará a la plataforma más pronto que tarde.
A nivel técnico, uno de los elementos que más engrandecen la serie además del innegable cuidado de la fotografía, es la música. De nuevo relacionándolo con Dark, los creadores mantienen una elección de canciones para cada episodio impecable, funcionando siempre como un momento de conexión con la serie previo al verdadero final del episodio. Las actuaciones son correctas, no necesariamente superiores, aunque la serie no lo necesita porque no depende de ellas. El gran acierto de los creadores es que en ningún momento prometen más de lo que dan, y consiguen mantenerte pegado a la pantalla hasta el final, en el que crees haber encajado todas sus piezas… de momento.







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